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2 de junio de 2011

CATALONIA IMPERIAL

Alguna vez hemos dicho que Cataluña es más que una nación. Cataluña ya es un imperio y su primera colonia se llama o se llamaba España. Es decir, la España melancólica, enferma y depauperada que ahora vivimos, sentimos y vemos morir. Sólo hay que asomarse a la ventana para escuchar y oír los sollozos de los inversores en bolsa, los silencios de los treinta empresarios entregados y simplones recibidos por Zapatero y otros bultos sospechosos del patio de Monipodio en que se ha convertido este régimen socialista de cerebros y braguetas caídas. Cataluña es hoy la reina del baile porque Zapatero les ha otorgado el honor del dinero, la inversión pública y el estatuto separatista y castrador del pan con tomate y ese horrible pernil de la Plana de Vich.
Como era de esperar, después de la experiencia de tener a un charnego cordobés como cachicán de la Generalitat, circunstancia que les ha reportado exagerados dividendos, los catalanes por fin han elegido a uno de los suyos, un chiquet de pura cepa catalónica y perteneciente a una familia en constante bullicio entre Cataluña y Suiza, arrastrando maletines repletos de valores eternos entre los vítores entusiasmados de sus votantes. Pero Cataluña es diferente y el dinero, venga de donde venga, siempre supone un valor añadido para el héroe portador. En consecuencia, a punto ha estado ese tipo tan mandibular de conseguir la mayoría absoluta. Un par de millones más en la talega y hubiera llegado a los setenta escaños.
El caso es que Cataluña, gracias a Zapatero, se ha convertido, como decía, en algo más que una nación. Cataluña ya es una nación imperial con su rey Arturo, los caballeros de la tabla redonda y Durán Lleida en plan mago Merlín con piso en Madrid para vigilar al Borbón y señalarle después el camino de Roma o de Estoril, según convenga a la estrategia futbolera del señor Guardiola. Porque esa es otra. Guardiola en plan Gran Capitán, al frente de su ejército azulgrana, ha vengado aquel vapuleo de Almansa y el duque de Berwick arrollando a la tropa madrileña por un cinco a cero sin más paliativos, excusas arbitrales ni tío páseme usted el río. Y ya van demasiadas batallas perdidas, fuera y en casa, frente al invasor catalán y otros mercenarios boludos de tango y acento latinoché (Umbral).
Sin embargo, el partido se jugó el lunes, y en lunes sólo trabajan las putas de Laporta y los hijos de los traperos. Porque Cataluña, como todo el mundo sabe, es una nación de traperos desde aquello de los telares de Matesa y Juan Vilá Reyes, un señor, por cierto, que fue víctima de codicias ajenas porque era del Español y no de la mafia franquista y culé que entonces mandaba. Una mafia formada por los padres y abuelos de estos nacionalistas de CIU, una mafia con el uniforme azulenco de Burgos, brazo en alto, misa de campaña y excusión al Valle de los Caídos. Y, como digo, para nosotros los españoles, los lunes sólo sirven para descansar a conciencia del fin de semana. En lunes, un señorito español no está para nada y menos para la vaina de un partido contra traperos y las gallofas okupas del señor Hereu.

Antonio Civantos

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