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18 de octubre de 2018

Diario 10 de Septiembre

10 de septiembre
Me despierto a las cuatro y media de la mañana por culpa de unos picores en la piel. Se trata de una treintena de picaduras de mosquito. Una ducha de agua caliente solo me alivia momentáneamente, pero al menos me limpia el sudor. Vuelvo a la cama y me pongo a leer “El extranjero”, de Albert Camus. Recuerdo que esta novela la leí hace treinta años y no me gustó. Desgraciadamente sigue sin gustarme. No la soporto. La cambio por una antología de poemas de T.S. Eliot. Me emociona el que se titula “A los indios que murieron en África”, sobre todo los cinco primeros versos: “El destino de un hombre es su aldea, // su propio fuego y lo que guisa su mujer; // sentarse delante de su puerta al atardecer // y ver a su nieto y al nieto del vecino // jugando juntos en el polvo.” Sobre las seis me quedo dormido. Sin embargo, los picores que no cejan me despiertan a las ocho y media. Me levanto y trato de escribir hasta las doce. 
A las doce acompaño a Nora a la farmacia. Compramos un bote de “talquistina”, una pomada alergógena y una caja grande de ibuprofeno. Entramos en el supermercado en busca de unos yogures y una bolsa de nueces. 

                           
CUENTO DE NAVIDAD

Me excedía con la última fresa del pastel cuando entró su marido. La cara se nos descompuso a los tres. Lo primero que se me ocurrió, sorprendentemente, fue fijarme en las cortinas de la habitación. Eran verdes y llevaban un estampado floral demasiado chillón para mi gusto. Sin embargo, decidí que serían un buen refugio, no para mi seguridad, sino para ocultar la desnudez. La desnudez ante los demás, sobre todo cuando no va con ellos, es la causa primera de la vergüenza humana. Adán y Eva se avergonzaron, ruborizándose,  cuando, después de cometer la pifia injustificable de la manzana, se vieron desnudos delante de Dios. Pero lo peor fue el sonido seco de aquel disparo. Ese tipo ya venía avisado y, por tanto, con la mano bien llena de balas y milímetros parabellum. El médico me dijo que los pliegues de la cortina, como la arrugué en un acto reflejo, acolcharon y desviaron la bala destinada a entrar por la vaguada del ombligo, lo que me hubiera supuesto una muerte súbita por hemorragia. Pues bien, mientras uno se recupera de una depresión postraumática, el matrimonio recompone su relación en Palma de Mallorca. He preguntado por ahí acerca de quién es el tonto de la historia. La verdad, no sé a qué viene una pregunta tan estúpida.

Sábado, 6 de octubre
Después de recuperar por unos días la alegría de vivir, vuelvo a caer, no en el spleen mágico de los poetas, sino en el cansancio inexpresivo de los vagos. La ciudad provinciana se ha manifestado hoy en forma de “maratón”. Cortan la vía principal y las calles se convierten en laberintos experimentales para ratones de cuatro ruedas. Y todo para que unos tarados mentales se abarquillen las rodillas a costa del presupuesto. No hay tiempo más derrochado que el que se utiliza para correr en pos de una meta. Todas las metas de este mundo, no solamente llevan marcado el precio, sino que en el fondo son como trampas de furtivos. Solo me fio de aquel que camina sin saber hacia dónde camina. Mi voluntad desfallece, el trabajo se atasca y el rencor me atosiga contra el mundo. 
Así que me permito la licencia dietética de disfrutar con un cruasán de mantequilla, untado de mermelada, y un café con leche. Después trato de dormir. Estoy tan bajo de moral que ni siquiera el cansancio me lleva de la mano hacia un sueño profundo. He de conformarme con un duermevela de escasa eficacia reparadora. 
A las diez quedo con unos amigos para cenar, pero ni el vino consigue su objetivo. Llego a casa a las dos de la madrugada y leo hasta bien entrada la noche. Es probable que en invierno viaje hacia el sur.


9 de septiembre de 2018

Viernes, 3 de agosto. 
Durante el día no hago otra cosa que leer y escuchar a Billie Holiday. Este calor excesivo me parece perfecto. La verdad es que estoy entusiasmado con el cambio climático. Por lo menos hay algo que se mueve en mi vida. 
Por la noche, bajo la maravilla natural de una palmera plastificada, escucho la octava de Beethoven. Todo el mundo habla de la tercera y la novena como las mejores sinfonías de la historia. Puede que sea cierto. No lo dudo, pues no soy entendido en la materia. Pero también en esto de la música se manifiestan sentimientos muy personales, y a mí la octava me parece sublime. Con permiso de los melómanos.
Leo en un libro espléndido, “Magnífica miseria”, del profesor Molinuevo, que la naturaleza humana sufre conflictos con las instituciones burguesas. La mía no, desde luego. Me entusiasman las instituciones burguesas. Por ejemplo, los bancos son maravillosos: te guardan el dinero, te conceden créditos y en verano tienen aire acondicionado. La verdad es que estoy encantado de ser burgués. Confieso que mi verdadera aspiración en la vida siempre fue ascender de la categoría de burgués a la de viejo verde. Aún me faltan algunas lecturas, pero lo conseguiré.

Domingo, 12 de agosto
Me escribe Dora Malengo desde una playa brasileña. Junto a la carta me envía una foto para que le admire el vestido sublime que lleva. Cada día me gusta más esa chica. Las tempestades no pasan por ella. Sigue tal cual, como en aquellos años en que nuestras almas jóvenes se entendían como si vinieran del mismo limo. 

Lunes, 13 de agosto
Físicamente me encuentro como un campo de trigo después de la mordida de una segadora hambrienta. No puedo dar un paso. Aprovecho la quietud para leer un relato de Théophile Gautier titulado “La muerta enamorada”. La literatura romántica está repleta de historias de necrofilia y vampirismo. Ahora recuerdo, por ejemplo, aquella sonata de Valle en la que el marqués de Bradomín hace el amor con una moribunda que entrega la vida bajo sus ansias. También me viene ahora a la memoria el cuento de Poe, “La caída de la Casa Usher”, una maravilla que casi todo el mundo ha leído. No es tan popular la lectura de los relatos de Henrich Heine. Les recomiendo el titulado “Noches florentinas”. Sorprendente el personaje de Maximilian, que cuenta sus amores con las estatuas, sobre todo con la mujer de “La noche”, una escultura de Miguel Ángel que podemos ver en la iglesia de san Lorenzo de Florencia. Naturalmente, la historia termina con una escena de  necrofilia.
Lo cierto es que estoy en un estado mental algo depresivo y siento con cierta preocupación el placer que me ha proporcionado la historia de Gautier.
Tanto que de Gautier me voy a Poe y releo “El gato negro”. No me gusta el final. Con el permiso del gran escritor me permito la licencia de crear otro desenlace. Un atrevimiento intolerable, se mire por donde se mire. Pero el gato no tiene por qué aparecer emparedado. No se sostiene. Basta con que el minino, el “chat noir”, se presente de improviso, delante de los policías, y maullando inconteniblemente arañe la pared donde está emparedada la mujer del asesino. Así todo resulta algo más razonable. Vuelvan a leer el relato y díganme si no llevo razón.

Jueves, 16 de agosto.
Hoy es mi cumpleaños. Cena y baile de verano. Ya solo salgo a la pista en ambientes privados. No es por presumir pero bordo en oro esa cosa del “Me va me va”. Para la historia de la danza. 
Antes me he pasado el día leyendo el Fedón. Dice el profesor Trías que el “Corpus Platonicum” es la verdad revelada de la cultura grecolatina. De modo que de ser así no me queda otro remedio que creer en ella. Claro que el verdadero filósofo no trabaja sobre revelaciones sino utilizando la razón, el lenguaje puramente lógico. Sin embargo, todo el mundo debería leer, al menos una vez al año, la narración de la muerte de Sócrates.

Viernes, 17 de agosto
Como no me han dejado dormir, me arrastro por la casa como cargado de cadenas. Vamos que me siento como Charles Laughton en el fantasma de Canterville. 
Por la tarde trato de encontrar una película aceptable entre los trescientos canales disponibles. Parece mentira, pero es una navegación imposible por un mar lleno de mediocridades. Al menos puedo ver un documental sobre la ciudad italiana de Portofino. 


Sábado, 18 de agosto.
Me he pasado la amanecida en casa del duque de Aumale. Para comprender el significado de esta visita es obligatorio leer a Proust.  Un mal día como el mío no lo tiene cualquiera. Aun así me deleito leyendo alguna cosa de la antología sobre estética de José María Valverde. 
         Hablo por teléfono con Charito Ruano. Nuestra conversación trata sobre la necrofilia latente en Vértigo, la película de Hitchcock. Creo que ya he comentado algo al respecto en este diario. Pero ella no lo ve demasiado claro. Para mí que el tema le aterra. A mí también, claro, pero sin duda es algo que resulta de un cierto interés literario. Ambos estamos de acuerdo.
         Por la noche, antes de apagar la luz, leo una fábula de Ambrose Bierce. Concretamente la que se titula “El principio moral y el interés material”. Tampoco que es sea demasiado brillante. Me ha gustado más la siguiente, “La máquina voladora”, más inteligente, más original, más irónica. 

Domingo, 20 de agosto
Antes de leer el resto de la obra platónica he decidido leer el “Tractatus Logico-Philosophicus” de  Wingesttein. En realidad será la segunda vez que lo lea, si bien la primera no entendí gran cosa. Me consuela saber que Bertrand Russell tampoco le sacó provecho en su primera lectura. Por cierto, el libro contiene un epílogo de Rusell que pretende aclarar ligeramente el camino tomado por Wingesttein. Por cierto, de Wingesttein me atraen, sobre todo, sus cometarios acerca de la mística como una forma superior de conocimiento. 

Miércoles, 22 de agosto
Vuelvo a mis paseos matutinos por el camino de Méséglise. Me divierte enormemente la carta que el barón de Charlus escribe a Amado, director del hotel de Balbec, explicándole los regalos que se perdía por no haber atendido sus requerimientos.
         Por la tarde regreso a la filosofía. Cuando Platón establece el concepto de “idea” no hacew otra cosa que establecer el verdadero problema de la metafísica. Naturalmente, nuestra estructura cognitiva racional no ha dado la talla para resolver la cuestión. Digamos que se ha quedado sin aliento, sin herramientas lógicas, ante el muro de una frontera infranqueable. Nuestro pensamiento, que al expresarse no puede ir más allá del lenguaje hablado, como dice Wingesttein, solo nos sirve para andar por casa, que nos es poco. Todo el territorio existente más allá de la frontera limítrofe del idioma es tierra baldía. Otra cosa es que desde ese territorio impenetrable nos llegue a la consciencia en forma de revelación o intuición algunos principios que los filósofos, salvo excepciones, no están dispuestos a contemplar. Desde mi punto de vista, solamente Shopenhauer construye una teoría bastante razonable. Dice que el conocimiento a priori, las ideas, que obviamente no se ha obtenido empíricamente, solo adquiere presencia activa a efectos de la experiencia. Quiere decir que cuando el hombre contempla por primera vez un árbol, la idea de árbol se activa en su mente y lo reconoce. Es como si las ideas fueran moldes vacíos que hay que rellenar con la experiencia. De hecho es la misma explicación que Jung confiere a su teoría de los arquetipos. 
         Me gusta leer de vez en cuando esta pequeña obra de Schopenhauer: “Fragmentos de historia de la filosofía”, pero sobre todo por su manera tan desenfadada de insultar a los colegas. Charlatán, por ejemplo, llama a Aristóteles. Supongo que es de los pocos en este mundo con licencia para un atrevimiento semejante. 

Jueves, 30 de agosto
Maldita sea, pero hoy he sufrido unos cuantos ataques de ansiedad. Naturalmente, eso quiere decir que disfruto de todas las comodidades de una neurosis algo más que razonable. Me receto lecturas sencillas con historias sencillas. Proust, a pesar de sus frases largas y sus digresiones constantes, siempre me pareció un escritor de historias sencillas. Por ejemplo cuando cuenta las artimañas dialécticas que ha de utilizar para que el matrimonio Verdurin no le acompañe de vuelta a Balbec; y todo porque está en compañía de Albertine y piensa meterle mano en el asiento trasero del coche que tiene alquilado. Más sencillo imposible. Estoy completamente convencido de que cualquier editor de nuestros días mandaría al limbo del olvido a una obra como la proustiana. Recuerden que incluso en los primeros años del siglo pasado, un tipo tan refinado como André Gide impidió, con su juicio de editor plenipotenciario, que la publicara Gallimard. 
Por cierto, resulta magnífica la relación de peras que Proust, por boca del barón de Charlus, nos ofrece en ”Sodoma”. Me refdiero a la “Bon Chrétien”, la “Louise-Bonne d´Avranches”, la “Doyenné des Comices”, la “Trionphe de Jodoigne”, la “Virginie-Baltet”, la “Passe-Colmar”, y la “Duchesse-d´Agouléme”. Que me aspen si conozco la distinción entre unas y otras. 

1 de agosto de 2018


2 de julio
En coche durante mucho tiempo. Compruebo que los grupos de ciclistas circulan, con absoluta comodidad y desfachatez, por el medio de la carretera. Desde luego son carne de cañón. No me extraña que hayan respondido incorporándose a las filas más “victimistas”. El victimismo se ha convertido en la solución más rentable para cualquier minoría: causan pena y obtienen subvenciones. Ciclistas, mendigos, feministas, homosexuales y “animalistas”, entre otros grupos, hoy día ya son verdaderos “lobies”, que debidamente atendidos pueden ser una cantera inagotable de votos. Tenía razón Oscar Wilde cuando decía que no se debería querer a nadie que haya sido golpeado.
Me aterra ese joven voluntarioso que acaba de llegar a la Moncloa de la mano de comunistas, separatistas, terroristas y oportunistas. El último socialista que ocupó ese mismo trono surgió de las cenizas de varios trenes. Incluso un pucherazo habría sido más decente, como en febrero de 1936. Pero lo peor de este chico, ¿cómo se llama?, ¿Sánchez?, no es su mirada hueca, sino ese gesto inconfundible de los que se proponen cumplir con su deber. El sentido del deber en manos de cualquier socialista es, a mi juicio, como una bomba de relojería. Tarde o temprano estallará en nuestros bolsillos. De manera que opto por cerrar los postigos, meterme en la cama, encender la lámpara de la mesilla y leer al padre Orlandis.


Viernes,  12 de julio
 Me gustan las flores de plástico. Ni producen alergia ni son cómplices de las avispas. Así que le he dicho a Nora que cambie la naturaleza natural del jardín por otra con signos de vitalidad artificial. De otra manera evitaré en lo posible jugarme la vida a la intemperie. 
Por fin he terminado el trabajo que llevaba entre manos: la adaptación al cine de una novela de Henry James. Necesito productores que no sean artificiales, como mis flores, sino de carne y hueso.
De modo que paso la mañana leyendo a Fenelón. Me conmueve lo que escribe sobre la educación de las niñas. Se trata de un libro maravilloso. Sólo hay que practicar todo lo contrario a lo que aconseja para que dicha educación resulte plenamente efectiva.
Viene a tomar el té mi amigo Jxxx, uno de los hombres más aburridos de Madrid. Me trae un regalo inesperado. Un hachero del siglo 15. Me dice que lo robó de la sacristía de la catedral de Autun, siendo huésped del obispo. No es gran cosa, pero sólo el hecho de que un esteta como él se atreva a una acción tan sacrílega, conmueve mis principios. 
Me acuesto temprano. Sobre las ocho. Traté de ver una película romántica, pero mis párpados claudicaron a la primera cursilada. 

Sábado, 21 de julio.
Me atraco de fresas a la hora de la merienda. Dicen que las mejores del mundo son las de San Petersburgo. Lo comprobé el año pasado durante un viaje que me organizaron para visitar el Ermitage. Al fin el Palacio de Invierno devuelto a una causa noble. Una pena que estuviera asolado por cinco mil turistas chinos. ¿Quién puede disfrutar del arte con semejante marabunta? Aún así me emocioné al contemplar “La educación de la Virgen”, de Guido Reni. En dicho cuadro podemos ver a la Virgen, sentada en una silla, enseñando costura a unas jóvenes de su misma edad. Una pena que la belleza no se pueda explicar. Sentimos que algo es bello, pero no sabemos por qué. En cualquier caso, necesitaba que me conmoviese una escena tan femenina. Resulta tan extraña en estos tiempos. Sobre todo ahora en que las señoras se mueren por superar a los hombres en su bestialidad . En realidad el feminismo es su justificación para llegar a ser sargentos de la Guardia Civil. Y eso que el tricornio no les favorece en absoluto. Hablando de feministas, me conmuevo hasta los fondos más abisales de mi ser cada vez que veo por TV a la González Sinde. ¡Qué mujer! Eso sí, sólo dice tonterías, pero las dice tan deliciosamente, ay, que no puedo evitar media docena de suspiros.

Domingo, 22 de julio
No tiene razón Cyril Connolly cuando escribe que, al llegar a viejos, solo cuentan aquellas personas que contribuyen a la emancipación del espíritu. Connolly es uno de mis escritores habituales, pero me gustaría decirle que también hay quien ha contribuido a nuestro bienestar material, físico, terrestre. Son personas sin interés intelectual, pero tan importantes que sin ellas no habríamos podido dedicarnos ni al estudio ni mucho menos a la creación. No se qué haría a la hora de elegir entre unas y otras. En todo caso estaría condicionado por la conveniencia, es decir, por puro egoísmo. El egoísmo bien entendido empieza por uno mismo. Los pies en el suelo, los objetos y su utilidad, el calor de las cercanías, ¿quién podría vivir si ellos? ¿No son nuestras anécdotas cotidianas? Precisamente, como dijo Ortega, siempre podremos elevar la anécdota a categoría. Quien haya leído los cuentos de Raymond Carver sabe lo que quiero decir. Sin olvidarnos, claro está, de nuestro Ramón. Y en pintura, por ejemplo, ¿no es lo que hizo Vermeer? También lo dice Connolly: ¡Espiritualiza lo prosaico, Palinuro, y no apuntes demasiado alto!