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5 de junio de 2011

DICTADURAS MODERNAS

La política es un juego cuyo premio final es la ocupación del poder. Cuando la burguesía, americana y francesa, puso en práctica la democracia moderna, había unas reglas muy bien marcadas para que ninguno de los contendientes cruzara el rubicón de la trampa. Montesquieu, pongo por caso, fue uno de sus inspiradores. La división de poderes era una garantía para que ningún político levitara por encima de las leyes. Uno de los ejemplos que la historia reciente nos ha legado fue el tremendo asunto del Watergate. Nixon, como ustedes recordarán, fue expulsado de la Presidencia de los Estados Unidos por transgredir las leyes electorales de su país. Pero, curiosamente, uno cree que fue este caso lo que alertó a los políticos de todo el mundo. Si la ley era capaz de darles una patada en el trasero y expulsarlos de sus tronos y privilegios, habría que inventar algo para impedirlo. ¿Y qué mejor solución que amordazar al poder judicial? En España, naturalmente, fue la izquierda quien emponzoñó la norma al politizar la designación de los miembros del Consejo del Poder Judicial. Desde 1985 el partido que gana las elecciones controla el mecanismo del nombramiento de los jueces en casi todas las magistraturas. Montesquieu ha muerto, exclamó ufano Alfonso Guerra una vez perpetrado el crimen. Obviamente, pervertida la democracia, el político vencedor campa por la vida pública bajo la capa española de la impunidad. Recuerden ustedes cómo se salvó de la quema el máximo responsable del GAL. También, hace apenas un año, el Fiscal General del Estado miró al tendido mientras los comunistas vascos representaban a Batasuna, partido ilegalizado, en el Parlamento de Vitoria. Un poder judicial independiente no lo hubiera consentido. Tampoco nos olvidemos del juez Javier Gómez de Liaño, que por instruir una causa contra un magnate español, dueño y señor de las voluntades socialistas, fue insultado, humillado y expulsado injustamente de la carrera judicial.
Pues bien, amigos míos, la manipulación de la vida política vuelve a estar de actualidad. La imagen del líder de la oposición, Mariano Rajoy, mezclada entre imágenes de torturas a presos iraquíes, estremece de nuevo los cimientos de la democracia española. Obviamente, el Fiscal General del Estado, siempre tan solícito a la conveniencia gubernamental, ha mirado hacia el rincón de la desvergüenza. Tanto desgarrarse las vestiduras liberales por el trabajo de Urdaci, ¿se acuerdan?, y ahora dejan en pañales al mismísimo Goebels. ¿Por qué no interviene el Consejo Audiovisual de Cataluña? Mis queridos amigos, las nuevas dictaduras se levantan sobre las viejas democracias. Ya no se precisa un golpe militar para detentar el poder. Ahora se camufla una dictadura manipulando hábilmente la Constitu-ción, las leyes y los reglamentos. El proceso electoral ya no es un obstáculo para la voluntad dictatorial. Las urnas sólo son una respuesta fiel a la propaganda organizada. Las imágenes de Rajoy entre torturados y torturadores es el primer paso para ganar las próximas elecciones. Las últimas, las del 14 M, son un nítido ejemplo de cómo se puede cambiar la voluntad de los electores. Espero que no se ponga de moda llegar a la Moncloa en trenes de cercanía. Y es que las dictaduras modernas son tan sutilmente crueles como burdas eran aquellas de uniforme, brazo en alto y cornetín. Incluso el dictador actual puede pasar por un librepensador de toda la vida. El objetivo, claro está, es conseguir la permanencia en el poder sin descuidar las apariencias democráticas. Obviamente, la clave radica en el control disimulado de la libertad de expresión, poniendo el poder de la información al servicio de hábiles manipuladores. Ya han empezado en Cataluña mediante la creación de un órgano de censura. Naturalmente, terminarán con otro semejante en el mismo corazón de Madrid. Sin embargo, muchos estaremos alerta.

Antonio Civantos

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