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4 de junio de 2011

VARGAS LLOSA

El Premio Nobel de Literatura fue creado para otorgárselo a una sola persona: Mario Vargas Llosa. Los demás escritores premiados hasta la fecha sólo han sido una excusa para dar más solemnidad, categoría y distinción al escritor peruano, quien sólo ha venido a este mundo para recibir semejante dignidad.
¿Quién es Mario Vargas Llosa? Se lo voy a decir. Mario Vargas Llosa es el escritor que todos los escritores desearíamos ser. Es el escritor por antonomasia. Cada novela que publica es distinta a la anterior: otra intensidad, otro tono, otra manera de ver el mundo, confluyendo después la totalidad de la obra en una unidad de absoluta coherencia.
Recuerdo que cuando surgió, a principios de los años setenta, aquel “boom” de la literatura sudamericana, Vargas Llosa nos pareció, des de un punto de vista político, el escritor más aséptico y el más burgués de todos ellos. Naturalmente, tanto García Márquez, con “Cien años de soledad”, y Julio Cortázar, con “Rayuela”, se convirtieron en el faro literario de las nuevas generaciones de lectores y escritores. A los progres de entonces, García Márquez y Cortázar nos parecieron más comprometidos políticamente, más proclives a mostrar una realidad de más intensidad social y políticamente activa, aunque siempre desde esa fabulosa atalaya de lo que se llamó el “realismo mágico”. Sí, en efecto, Vargas Llosa estaba bien, pero en el fondo de sus libros intuíamos al señorito de derechas que llevaba dentro.
Sin embargo, cuando a principio de los ochenta apareció publicada “La guerra del fin del mundo”, y nuestros bríos revolucionarios empezaron su declive a fuerza de desengaños y responsabilidades, nos dimos cuenta de que en Mario Vargas Llosa había un escritor de una grandeza que no habíamos sabido adivinar. “La guerra del fin del mundo” es una de esas novelas que llenan de magia y estilo todo un siglo. Fue el momento, al menos en mi caso, de volver la mirada, una mirada más transigente y despolitizada, sobre toda su obra anterior. Con esa alegría retrospectiva me encontré frente a otra magnífica novela, “La tía Julia y el escribidor”, una historia con tintes autobiográficos que he de calificar como puramente deliciosa.
Claro que, si he de ser sincero, no tengo más remedio que confesar algunas reticencias, de un subjetivismo ciertamente malicioso, acerca de la obra y persona del nuevo Premio Nobel. Y es precisamente la perfección casi arcangélica de este escritor lo que me descompone el señorío: desde la pulcritud y envarado atildamiento de su aspecto hasta ese saber decir y hacer con impecabilidad cualquier encomienda que se le pida. Esta mañana, sin ir más lejos, he leído, creo que por enésima vez, su prólogo a “La señora Dalloway”, ya saben, esa prodigiosa y difícil novela de Virginia Woolf. Pues bien, cada vez que lo leo me parece que la novela gana en claridad y sabiduría literaria, tanto que sin la ayuda de esta previa aclaración del escritor, se me antojarían harto complicados los entresijos narrativos de la novela. Y es esta perfección la que me pone de los nervios. No es de extrañar, por tanto, que el Premio Nobel sólo haya sido creado para él. No es para menos.

Antonio Civantos

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