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8 de junio de 2011

EL CANTO DE LAS SIRENAS

Siento verdadero orgullo por ese tropel de mujeres gordas que ahora pueblan las calles. A los españoles, qué carajo, siempre nos han gustado las gordas. Necesitamos sentir plenitud carnal entre las manos, también bajo las caderas viejas de nuestras artrosis más íntimas y, sobre todo, al tacto mudéjar de los labios ávidos y presurosos. Siempre he lamentado, como buen reaccionario que soy, no haber vivido a lo largo y ancho del siglo XIX. Curiosamente, siento nostalgia de una época que nunca he vivido ni viviré, de una época en que la mujer era admirada por su plenitud de dunas y temblores.
Claro que, por otra parte, también los románticos y sus descendientes reivindicaron la estética de la mujer enfermiza, ojerosa, esquelética y como entre la vida y la muerte. Les recomiendo la lectura de las “Noches florentinas”, de Henrich Heine, una deliciosa historia de amor entre un joven y una moribunda de piel casi traslúcida. Décadas después, Valle Inclán escribió una de sus Sonatas, creo que fue la de otoño, inspirándose en el mismo asunto: al marqués de Bradomín se le muere una muerta entre abrazos de madrugada. Estos amores como de ultratumba nos llegaron de América, justamente de la pluma misteriosa y terrible de Edgar Allan Poe. Recuerden ustedes su espeluznante relato, “La caída de la casa Usher”, donde Lady Madelaine logra abandonar el nicho para caer rendida en los brazos amorosos de su amante.
Es posible, mi querido amigo, que este modelo de amores de gotero y catafalco subyugue tan sólo a los buenos lectores, pero les aseguro que en la vida real, si es que existe una realidad al margen de la literaria, piensa uno que donde esté una verdadera hembra, una mujer de peso, imponente y como algo desparramada de pelvis, que se quiten esas modelos de tallas imposibles, suspiros andantes y sin un pellizco que llevarse a los dedos.
De haber vivido en la época, un servidor se hubiera enamorado, pongo por caso, de doña Emilia Pardo Bazán, bombona, una de esas mujeres que llenan la salita de estar desde el mismo quicio de la puerta. ¡Ay, cuando doña Emilia se quita la dentadura!, le contaba, indiscreto, Unamuno a Blasco Ibáñez. También Ramón Gómez de la Serna, mi adorado Ramón, se enamoró de jovencito de una gorda maravillosa, Carmen de Burgos, Colombine, diez años mayor que él, un monumento de señora que tuvo encendido de amor a medio Modernismo, desde Cansinos Assens a Paquito Villaespesa, que se escribía con todas las vanguardias del momento. Para colmo de bienes, casi todas las heroínas literarias del XIX, me refiero a las del Realismo español, fueron tan bravas como generosas de carnes. Juana la Larga, por ejemplo, creación de don Juan Valera, es una deliciosa matancera de inabarcables y amplias miras, tanto de proa como de popa, un monumento naviero en toda regla.
También fuera de España, muchos hombres ilustres perdieron la cabeza por mujeres gordas. Entre ellos, el genial y rijoso León Tolstoi, que se le conmovió la entrepierna en cuanto avistó a la señora Tolstoi, Sonia de nombre, la cual lució orgullosa una de las gorduras más elegantes y atractivas de su tiempo. Según el libro de Shirer, “Amor y odio”, Sonia fue una mujer muy femenina, además de inteligente, encantadora y bellísima. Aunque también haya alguna biografía que diga todo lo contrario, por ejemplo la de Cavallari, en la que ha sido falsamente descrita como una arpía sin entrañas.
Quiero decir que adoro, admiro y amo tiernamente a las mujeres gordas, siempre que su amplitud, claro está, haya sido adquirida gracias a la melosidad de la vida, es decir, a esas golosinas furtivas en las largas noches de invierno, a resguardo de infinitas tazas de chocolate ardiente y otros inocentes afrodisíacos. Sin embargo, amigos míos, hay otras gorduras que han sido edificadas con la sangre caliente de nuestros muertos, y me refiero, claro está, a las terroristas de Batasuna y a toda su grey de asesinas sebosas. Y me importa un carajo el pataleo cómplice de cualquier oscuro feminismo. ¡Hay tantas clases de complicidad!

Antonio Civantos

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