Vistas de página en total

28 de mayo de 2011

AL MAESTRO

Ando a la busca, querido lector, de un artículo de los de antes para plagiarlo sin conciencia. Resulta que hoy nada me sale delante de la máquina, como si la muerte, al mismo tiempo que al maestro, se hubiera llevado mi inspiración, mi numen, mi musa amiga, aquella que me dicta generosa en los peores momentos, cuando las palabras se congestionan en los dedos igual que sabañones de novicia. Así me encuentro esta tarde, espeso y pesado, esposada la sintaxis, como si la cabeza me hirviera por culpa de un infinito de pájaros revoltosos y molestos.
Con Umbral, amigo mío, ha muerto el estilo. Y de esta guisa me encuentro a la hora de escribir esta insignificante columna, vacío, triste y, lo que es peor, terriblemente vulgar. En realidad me siento como un humilde letrado delante de su primera demanda. Y he de confesar que he estado a punto de fusilar uno de los artículos de Camba, cortitos ellos, igual que esquelas mortuorias, aunque muy ágiles y graciosos. También he mirado el trabajarme un refrito de cosas de Ruano, ahora que tengo sus tres volúmenes, pero al final he desechado la idea, pues como dice un buen amigo periodista: siempre hay un notario en Betanzos. Al final he decidido, como tema, comentarle a usted mi trance literario, pensando que tendrá a bien perdonar, primero, el cariz desesperado de mis tentaciones y, segundo, la necedad de mis palabras. Pero la literatura es así. Muerto el estilo, el escritor se desvanece y deviene en escribiente, algo muy honrado por otra parte, pero como fuera de página e impreso en el agua.
El maestro Umbral se ha marchado de viaje, un viaje demasiado largo, y con él se ha llevado el alma de la prosa moderna, la llave mágica del arte de la creación de lenguajes. El muy cabrón ha apagado la luz y nos ha dejado a oscuras, huérfanos de sintaxis, que es la peor orfandad posible, porque como él solía decir, citando a Valery, la sintaxis es nada menos que una cualidad del alma. Yo recuerdo haberle visto una vez en el Gijón, otra en Lhardy, con esa elegancia simple de los dandis, con esa ceguera de ciego sabio y burlón, a punto de que las retinas, en presencia de las muchachas en flor, se le desprendieran en miles de metáforas. Es como si Larra, Valle, Ramón y Ruano nos hubieran abandonado de nuevo. Con esa tozudez incomprensible de la muerte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario