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26 de mayo de 2012

PRIMAVERA ROJA

Dice Lawrence de la obra de Proust que es una anarquía bien organizada. También canta Neruda que el otoño es humilde. El otoño sí, pero no la primavera. La primavera es vanidosa, voluble y como llena de estornudos. Sin embargo, sabemos que los estudiantes no leen a Proust, aunque sí les organizan la anarquía desde los establos de la calle Ferraz. Rubalcaba aprendió guerra de guerrillas del cojo Manteca, aquel rompefarolas cabrón en silla de ruedas. Desde entonces, el teléfono móvil de Rubalcaba es el ingrediente principal en cualquier jeringonza callejera, asaltos a sedes populares (esos pardillos), cordones sanitarios, algaradas okupacionales y protocolos en jornadas de reflexión. Rubalcaba, en consecuencia, es el eslabón perdido en la cadena evolutiva desde las barricadas mineras de Asturias a los campamentos buhoneros del 15M. Quiero decir que cualquier movimiento producido en el subsuelo, más arriba de los dos puntos en la escala de Richter, ha sido organizado por don Alfredo y sus secuaces del bar Faisán. Por ejemplo, ¿qué mensajito habrán hecho llegar al Fiscal General del Estado, don Eduardo Torres Dulce, para que éste prevarique de manera tan vergonzosa en el asunto del 11M? Porque don Eduardo de siempre ha sido un joven comprometido, cultivado y felizmente cinéfilo. Yo leía sus críticas cinematográficas de los años setenta en la revista Reseña, propiedad de los jesuitas, si mal no recuerdo. Algunos estábamos en aquel tiempo en el antifranquismo, nuestro último paraíso artificial y baudelariano. ¡Ay, aquellos años en que vivimos peligrosamente! Rubalcaba, en cambio, estaba en las olimpiadas de los cien metros lisos, la química orgánica y el Real Madrid. Me refiero a que se labraba ya un porvenir en el seno de la tranquilidad franquista de su familia. Sin embargo, ahora catapulta a los chicos y a sus profesores, como perros de paja, contra la ruina ministerial que él mismo ha provocado durante años. Diez alumnos de más en clase, el exceso de dos horas lectivas para los profesores, una subida necesaria de las tasas universitarias y el tipo va y lanza a los cuatro vientos los cañonazos del acorazado Potemkin, extendiendo la falacia de una enseñanza pública en fase de privatización. Decía el maestro Umbral que nuestro comportamiento se mueve entre el afán de inmortalidad y el suicidio, entre la hibernación y la autodestrucción. Este es un país, por tanto que se autodestruye y, en consecuencia, se suicida. Primero, por no leer a Proust y, segundo, por no hibernar a Rubalcaba, una momia decimonónica de la política, o lo que es lo mismo, cuarenta años de coche oficial, ocho quinquenios de pagas, repagas extraordinarias, dietas, moscosos, chóferes, alfombras ministeriales y el rendido rendibú de secretarias, ujieres, conserjes, y la mayoría de los espías del CNI. Todo un inventario melancólico de intimidaciones más o menos democráticas. Rubalcaba quiere una primavera roja, movida y revolucionaria. Para mí que este muchacho anda perdido entre sus gestos de funcionario levantisco y la humillación de una derrota electoral sin precedentes. Resulta que su arma secreta consiste en que los estudiantes más zopencos y alcohólicos de Europa protesten porque quieren estudiar y no saben cómo. Los vi pasar por debajo de los geranios de mi ventana, ellos y ellas, como los caballos manchados de Faulkner, camino tal vez de la nada más absoluta. Lo mismo que su líder. Dicen los suyos de Rubalcaba que es un hombre de Estado. Y todo por organizar la anarquía de unos estudiantes en periodo de desintoxicación etílica y en vísperas de exámenes imposibles. Más le valdría a Rubalcaba leer a Rommell y organizar con eficacia la retirada de sus tropas hacia la pobreza más anunciada y previsible de la Historia. Una pobreza agazapada desde que Zapatero y su escudero llegaron a la Moncloa. ¿Se acuerdan? En el tren de las ocho. ¡Pum!

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