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3 de junio de 2013

CAMAS CRUZADAS


Alquilamos una de las casas más grandes de la calle Sofraga. Tal vez fuera un poco anticuada, pero era amplia, cálida y muy luminosa. Mi padre tenía cuarenta y siete años y lo habían contratado como profesor de dibujo en el Instituto de Villaval, quinta ciudad a la que nos mudábamos en tan sólo una década, casi siempre por culpa de uno de sus líos amorosos. Yo me llamo Juan Andrés y, si mal no recuerdo, aquel año cumplí los veinticuatro. También trataba de ser escritor, aunque he decir que sin éxito alguno. En el primer trimestre, nuestra vida no pudo ser más tranquila y rutinaria. Mi padre iba todas las mañanas a dar sus clases al instituto, y por las tardes solía frecuentar la tertulia del bar La Victoria. A eso de las seis, él regresaba a casa para pintar un rato, leer o escuchar música hasta la hora de la cena. Mi padre era realmente simpático con la gente y pronto empezó a ser muy conocido en el pueblo. A los tres meses, el nombre de Camilo Baselga ya había adquirido en Villaval un cierto prestigio. En cambio, se podría decir que a mí no me conocía casi nadie. Y es que apenas salía de casa. Tan sólo, a primera hora de la mañana, solía ir a comprar el periódico a la plaza, después daba un paseo por el casco antiguo, tomaba un café en el bar Nuria y leía algún artículo de prensa que me interesara. Una hora tardaba en completar este recorrido matutino que servía, no sólo para familiarizarme con el pueblo, sino para aligerar la cabeza de los sueños nocturnos, refrescar las ideas y prepararme para el trabajo del día. 
Sin embargo, un par de semanas antes de Navidad, mi padre empezó a comportarse de un modo extraño. Me refiero a que por las mañanas rompía a cantar en la ducha en plan tenor italiano, sonreía más de la cuenta en el desayuno y salía de casa como media hora antes de lo acostumbrado. Una mañana, nada más levantarme, antes de bajar a la cocina, fui a mi estudio en busca del libro que estaba leyendo, y mi sorpresa fue mayúscula al ver a mi padre haciendo gimnasia en el pasillo. Se había comprado un chándal de color naranja y allí estaba él, sudando como un cerdo, entrándole a las flexiones de tronco, arriba y abajo, como cuando era joven. 
--He notado que tengo algo de tripa y he de reducirla como sea –me dijo, con la respiración entrecortada y sin dejar de doblarse.
Eran demasiadas señales de que algo nuevo ocurría en la vida de mi padre. No quería aventurarme con un diagnóstico precipitado, no señor, pero por una cuestión de mera estadística mis sospechas se inclinaban más bien hacia la vertiente amorosa que a cualquiera otra posibilidad. Hubiera apostado mi herencia a que una mujer era la causa de todo aquel cambio. Así que me propuse investigar a fondo lo que sucedía, y lo primero que se me ocurrió fue ir directamente a la fuente principal del conflicto. Quiero decir que aproveché la primera oportunidad que tuve para interrogar a mi padre, preguntándole de sopetón si había alguna novedad en su vida que debiéramos comentar. No se cortó demasiado ni intentó disimular ni mucho menos trató de mentirme, como por otro lado habría hecho cualquiera. Solamente me dijo: 
--Estoy enamorado de una alumna de mi clase. ¿Crees que soy un monstruo?
--¿Cuántos años tiene esa chica?
--Creo que dieciséis.
--Entonces, si eres un monstruo.
Desde la muerte de mi madre, todas las aventuras de mi padre con mujeres, mujeres mayores, claro está, habían respondido casi siempre a un mismo orden, es decir, a una simple cuestión fisiológica mezclada con varios quintales de vanidad, supongo que por comprobar mayormente si su atractivo masculino mermaba con el paso del tiempo. Pero según lo que advertí esa mañana en su cara, idiotizada como nunca se la había visto, me dije que nada bueno había que esperar de aquella locura. Y así se lo insinué, con esas mismas palabras, empleando un tono que jamás había utilizado para dirigirme a él, si bien consideré que era mi obligación hacerle ver que una menor de edad no era, bien mirado, ninguna panacea para su vida y que probablemente le traería no sólo complicaciones con los familiares de la chica, sino con jueces y policías, quienes no se andarían con miramientos de haber interpuesta alguna denuncia contra él. Sin embargo, mi padre estaba como poseído por una fuerza misteriosa y a todo lo que le decía él me respondía con una sonrisa despreocupada y como de persona enajenada y fuera de este mundo. Nunca lo había visto así. 
Pasaron los días sin ninguna novedad relevante, y cuando llegaron las vacaciones navideñas, justo el día de Nochebuena por la mañana, me dijo que se iba de viaje con Lisa y que volverían en un par de días. Naturalmente, no tuve más remedio que repetirle mi discurso pesimista de aquel desayuno, añadiéndole más premoniciones de fatalidad y exhortándolo a que volviera en sí y, sobre todo, a pensar que ponía en peligro su reputación. Lo único que conseguí de él fue una carcajada monumental. Naturalmente se fue de viaje con Lisa y a mí sólo se me ocurrió rezar para que todo saliera lo mejor posible y no lo metieran en la cárcel. Al fin y al cabo, mi padre era mí único sustento, y si me podía dedicar a escribir era gracias a él y a su dinero. De modo que mi oposición a su aventura era puramente por un motivo egoísta. Por lo demás, me importaba un carajo a quien se tirara el muy pendejo.    

II

A los dos días, cuando pensé que mi padre iba a regresar, María, la señora de la limpieza, entró en el salón para anunciarme que mi padre había llamado por teléfono para concederle veinte días de vacaciones, ya que él no volvería hasta el siete de enero. 
--No me puede hacer eso –le dije.
--Su padre me ha dicho que usted también se va de viaje.
Al quedarme solo, primero corrí a la cocina para hacer inventario de las provisiones que había en el frigorífico y en la despensa. Luego subí a mirar en el cajón de mi mesilla para ver el dinero que me quedaba. A Dios gracias, había comida suficiente, al menos en cuestión de latas de conservas y embutidos, y el dinero que encontré, casi cuatrocientos euros, me llegaría para sobrevivir dignamente hasta que regresara mi padre. 
El caso fue que recuperé mi rutina y, salvo que no disponía de asistenta, empecé a sentirme  más en mi casa que nunca. Me tenía que hacer la cama y fregaba los platos todas las noches, incluso alguna mañana también tuve que quitar el polvo acumulado en mi cuarto, pero por lo demás todo siguió como siempre, y no me habría importado que aquella situación se hubiera prolongado más allá de los veinte días previstos, al menos hasta que el dinero y las provisiones se hubieran acabado.  
A los pocos días, una tarde que me quedé profundamente dormido en el sofá, soñé que sonaba el timbre de la puerta, pero lo hacía con tanta insistencia que me desperté sobresaltado. No era un sueño, claro, sino que alguien llamaba de verdad y había que abrir de inmediato. Enseguida me asaltó la idea de que algo grave ocurría. De modo que cuando abrí, el corazón galopaba dentro de mi pecho como un caballo en el hipódromo. Al otro lado de la puerta, con un abrigo rojo y las manos metidas en los bolsillos, había una mujer de unos cuarenta años, morena y con el pelo recogido en una coleta. Nos quedamos mirándonos, en silencio, estudiándonos el uno al otro. Luego ella dijo:  
--Soy Dora Azuaga, la madre de Lisa. ¿Puedo pasar?
Le dije que pasara. Pero estaba tan aturdido en ese momento que no caí en quién demonios podía ser esa tal Lisa a quien la señora aludía. El caso fue que la llevé al salón y la invité a que se sentara en una butaca. Yo me senté en el sofá donde había dormido la siesta. Nos quedamos un rato en silencio, y, tras balbucear unas palabras, empezó a decirme con voz temblorosa que mi padre había raptado a su hija y que no sabía nada de ella y que había venido a verme por si yo tenía noticias de la pareja. La tal Lisa era nada menos que la alumna de quien mi padre estaba enamorado como un idiota y con la que se había largado de vacaciones. También me dijo que de momento no pensaba denunciar a mi padre por la sencilla razón de que Lisa, a pesar de que era menor de edad, había consentido en irse con él y estaba enterada de que las leyes, en tal caso, protegían a mi padre. Sin embargo, también me aclaró que lo principal para ella era que la gente no se enterara de lo ocurrido y que el nombre de su hija no fuera arrastrado por el fango ni arrojado a las alcantarillas.  
--Sé que a ella no la importa lo que la gente pueda decir. Ustedes los jóvenes de ahora tienen una forma de pensar demasiado alocada, pero a mí sí me importa su reputación y estoy segura de que a ella también le importará cuando tenga más años. ¿Me comprende usted?
--Claro que la comprendo –le contesté--. Y aunque pueda extrañarla, a mí también me importa la reputación de mi padre. Pero lo que no entiendo es qué puedo hacer yo por remediar este asunto.
Fue la primera vez que sonrió y he de admitir que me gustó su forma de sonreír. No es que me pareciera guapa ni atractiva ni nada de eso. Todo lo contrario, ya que esa mujer tenía sencillamente el aspecto de alguien que ha dejado de dormir por las noches. Algo muy normal si se analizan sus circunstancias. 
Después me dijo que conocía perfectamente la fama de mujeriego de mi padre, así que había ideado un plan para que la gente creyera que era ella la amante o la novia en cuestión. Al fin y al cabo, según sus propias palabras, era una mujer adulta y, al ser viuda, todo el mundo vería natural que tratara de consolarse con un hombre que casualmente también era viudo. Desde luego el plan consistía en que pasaría conmigo, en la casa, todo el tiempo posible, haciendo creer a todo el pueblo que estaba con mi padre. No pude negarme a sus propósitos.

III

Cuando a la tarde siguiente, a las cuatro en punto, sonó el timbre de la puerta, descorrí los cerrojos y me quedé absolutamente perplejo. En realidad se trataba de una Dora Azuaga muy diferente a la del día anterior. Esta otra Dora lucía un peinado moderno, venía endiabladamente maquillada y también advertí cómo una sonrisa demasiado traviesa le cruzaba el rostro como un relámpago veraniego. Estaba realmente preciosa. Enseguida entendí que semejante metamorfosis estaba muy calculada y entraba dentro de los pormenores de su plan. Desde luego, Dora no era la madre asustada y medio histérica que yo había conocido. Yo estaba maravillado por aquel cambio casi milagroso. Pero lo mejor fue que ella quiso saberlo todo acerca de mí, y cuando supo que me dedicaba a escribir, me pidió que le diera a leer algunos de mis relatos. Al parecer, era profesora de Literatura en el Instituto. No me lo podía creer. Estuvo más de una hora leyendo todo lo que le llevé. Así que pasamos la tarde hablando de estilos literarios y también me aconsejó con mucha sabiduría acerca de mi  forma de escribir y de la supresión de ciertas palabras rimbombantes y también sobre la precisión de la frase y hasta estableció un plan para que mi carrera fuera por el camino correcto y sin precipitaciones. 
En cuanto a lo de mi padre y su hija Lisa, apenas hablábamos, ya que ninguno de los dos habíamos tenido noticias de sus andanzas. La verdad es que yo le tranquilicé bastante al explicarle que mi padre era una buena persona y que su única debilidad más o menos seria eran las mujeres. Dora solía venir todas las tardes a las cuatro en punto y solía marcharse sobre las diez de la noche. Y así casi sin darnos cuenta llegó la Nochevieja. Dora decidió que la celebraríamos en casa, los dos solos, y que ella se encargaría de la cena y yo de la música y de los adornos de costumbre. La verdad es que todo fue muy bien hasta que nos pusimos a bailar después de las uvas. Dora llevaba un vestido de noche negro bastante escotado y muy ajustado de caderas. Durante la cena, me fijé en que, sin llegar a ser una belleza, Dora era una mujer razonablemente atractiva y de lo más deseable. Y como se había puesto unos zapatos de tacón alto, su altura sobrepasaba mi cabeza en varios centímetros. El caso fue que después de media docena de bailes con ritmos en plan moderno, la cosa empezó a complicarse con las llamadas piezas lentas. Nuestros abrazos eran cada vez más apasionados y luego vinieron los besos y noté que su mirada se volvía más brillante y su respiración más rápida. Lo cierto es que terminamos de mala manera, rodando sobre la alfombra, como dos amantes desesperados. 
A las once de la mañana del día siguiente, Dora y yo dormíamos profundamente en mi cama, como dos niños inocentes y rendidos. De repente, sentí que alguien me daba varios golpecitos seguidos en un pie. Al despertarme, allí estaba él, mi padre, a los pies de la cama, mirándome atónito y como con cara de bobo. También estaba ella, Lisa, pues resultaba obvio que aquella campesinita lozana que nos miraba con unos ojos enormes no podía ser otra que Lisa, la nueva amante de mi padre y la hija de Dora. Por cierto, Dora se despertó casi al mismo tiempo que yo, no dando crédito a lo que veía, como si fueran dos fantasmas aparecidos. 
Curiosamente, los cuatros permanecimos en silencio unos cuántos segundos francamente inquietantes. Pero de pronto la niña se puso a llorar y luego a chillar a su madre y a llamarle no sé cuantas groserías en un estilo imperdonable. Mi padre, para no ser menos, la emprendió conmigo, superando en gravedad los insultos de la niña. Sin embargo, Dora estuvo en verdad adorable y valiente como una guerrillera. Sus palabras maravillosas aún resuenan en mi corazón.
--Lo siento, pero Juan Andrés y yo estamos enamorados y no creo que haya en el mundo fuerza alguna que nos separe. Ni siquiera un par de carcas como vosotros. Y, ahora, fuera de nuestra habitación.

FIN 


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