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5 de mayo de 2013

PEOR...IMPOSIBLE




Si el amigo Zapatero, aquel chico de León de triste recuerdo, llegó a la Moncloa a horcajadas de un tren lleno de muertos, Mariano Rajoy, ese ángel blandileble, parece un gallego despistado que pasó por allí y se quedó en plan instancia burocrática. Mariano Rajoy vino a Madrid para ejercer de sereno, que es a lo que siempre vinieron los gallegos a la capital; no obstante, alguien debió pronunciar algún conjuro de meiga y apareció en la Moncloa como por ensalmo, con chuzo y todo. Mariano Rajoy atesora un poder omnímodo, es lo bueno que tienen los conjuros, y la inmensa mayoría de españoles le seguiría hasta el final de los tiempos si se hubiera comportado como el César visionario que vimos en él. 
En primer lugar, Mariano Rajoy debió empezar la legislatura por los excesos geométricos del Estado, reduciendo la corrala pública a la mínima expresión, desde la administración central hasta los concejos locales, pasando por las Comunidades Autónomas, cuya intervención por la Brigada Brunete habría sido jaleada por la mayoría del personal, que además de silenciosa es centralista y puramente nacional. Después debió seguir por aquellas empresas públicas, más de dos mil, con pérdidas irrecuperables en sus balances, mandándolas al fondo cenagoso del mar de Alborán. Naturalmente, también debió arrojar a las arenas movedizas de alguna marisma  a los más de veinte mil asesores que pululan por las alfombras del Estado como polillas voraces. Obviamente, el señor Rajoy ya tenía que habernos alegrado la vida haciendo desaparecer toda esa aritmética de propinas que se regala a sindicatos, partidos políticos y organizaciones empresariales. Y, cuando el estado estuviera reducido a su mínima expresión, continuar, si es necesario, por el resto de las partidas presupuestarias. 
Todo, señor Rajoy, menos subir los impuestos a sociedades, autónomos y obreraje en general, una medida abrasadora para cualquier intención de crecimiento económico. Es más, señor Rajoy, lo correcto sería tomar medidas fiscales para estimular el consumo, como han hecho los americanos desde su victoria en Appomattox. Me refiero a que la economía española, España, en definitiva, se muere entre sus brazos, como la dama de las camelias en los de su amado. Por desgracia, también siento decirle que es usted uno de los políticos más inútiles que ha producido la Historia. Hasta el impresentable Maduro sabe a dónde quiere ir con su nuevo autobús lleno de demagogia y populismo barato. 
¿Cómo se puede pronosticar que hasta el 2019 no llegaremos al tres por ciento de crecimiento? ¿No comprende que la sociedad española, mientras tanto, estallará en alguna verbena guerracivilista aún más violenta que los violentos escraches? Señor Rajoy, usted no puede quedarse cruzado de brazos mientras el suelo cruje bajo nuestros pies. No tenemos tiempo para esperar milagros europeos, ni al permiso de Bruselas para crear los santos eurobonos, ni a la imparable y benefactora locomotora alemana, ni a un jodido plan Marshall que nos llegue de América, ni tampoco son aceptables, maldita sea, las repúblicas castradoras y robaperas del señor don Cristóbal Montoro y Romero. En este momento, señor Rajoy, sólo contamos con nuestra miseria para levantar y animar el baile, ya que pronto vendrán las huestes acosadoras de doña Ada Colau, cabalgando junto a los milicianos y potenkines del diputado Gordillo, para cerrarnos la feria de las vanidades, ora por el desahucio exprés de Zapatero, ora por la ruleta de expropiaciones comenzada por Griñán, ora mediante las sentencias revolucionarias y marxistas leninistas de don Gonzalo Moliner, presidente del Tribunal Supremo y nuevo Lenin español. 
Quiero decir, señor Rajoy, que debería leerse cualquier manual sensato de economía y aplicar las medidas pertinentes para rebajar el déficit y, al mismo tiempo, estimular el crecimiento económico. Cualquier cosa menos quedarse sentado en la Moncloa jugando al pinacle y viendo cómo nos hundimos bajo los iceberg de los mares europeos. Señor Rajoy, usted y su Gobierno de aguachirle parecen la orquesta del Titanic, que impertérrita ante la adversidad no dejó de tocar milongas hasta el hundimiento final. Nunca pensé que pudiera existir un político más incapaz que Zapatero, pero sospecho que usted parece a punto de alcanzar su mismo nivel de incompetencia. Zapatero al menos se movía como un eficacísimo polichinela desnortado, pero usted, señor Rajoy, parece el mismísimo Don Tancredo en una tarde neblinosa y con toro burriciego. En definitiva, nos haría usted un gran favor si agarrara el chuzo y ejerciera de sereno en San Blas, que para eso ha venido a Madrid. El jodío gallego.  

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