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9 de mayo de 2013

LA MUJER DEL TREN





No pasó desapercibida a los ojos de Pablo Lucena. Se trataba de una de esas mujeres que por su belleza suelen provocar en ambos sexos toda clase de miradas. Pablo advirtió su presencia nada más subir al tren. Ella estaba de pie en la plataforma, apoyada sobre la portezuela del otro lado, con una pierna cruzada sobre la otra. Era una mujer alta, morena y de ojos claros. No tendría más de treinta años. Pablo colocó la maleta en uno de los anaqueles metálicos y entró en el vagón para buscar su asiento. Le tocó al lado de una señora de pelo blanco, como de unos ochenta años, que en silencio pasaba las hojas de una de esas revistas del corazón. De repente, nada más sentir el primer movimiento de la salida del tren, la señora comenzó a hablar como impulsada por una necesidad imperiosa. Pablo no sabía qué hacer. En sus manos dormía la novela que había elegido para entretener el viaje. La señora le contó que iba a Madrid para pasar unos días con una hija que estaba a punto de dar a luz, como si a él le pudiera interesar semejante información. Pablo hojeaba el libro una y otra vez con el fin de que la vieja se diera por aludida y le permitiera leer, pero la incontinencia verbal de aquella mujer se traducía en un alud de palabras atropelladas que enterraba cualquier insinuación más o menos evidente.
Como a la media hora de viaje, una voz metálica de mujer anunció por el altavoz la apertura del bar. Fue cuando la señora contuvo el aliento con el fin de escuchar el mensaje, circunstancia milagrosa que a Pablo le vino de perlas para salir a toda prisa tras los aromas de un café caliente. El bar se encontraba a un par de vagones del suyo y, al pasar de nuevo por la plataforma, se dio cuenta de que la mujer que antes había visto y que tanto le había gustado seguía en el mismo sitio, pero esta vez llorando amargamente, con las manos tapándose la cara, igual que una niña perdida en la oscuridad. Como se esperaba de él, no dudó en ofrecerle su ayuda, pidiéndole que le contara el problema que tanto le afectaba.  
Al principio no quiso hablar, pero ante la insistencia de Pablo dijo que su nombre era Martina y que se había escapado de casa porque su marido le pegaba cada vez que llegaba bebido, y el muy cabrón se emborrachaba todas las noches. También le contó que por el miedo a que él llegara había salido de casa como alma que lleva el diablo, olvidándose de coger unos cientos de euros que guardaba en su mesilla, pero lo peor era que el revisor acababa de decirle que si no pagaba el billete tendría que bajarse en la primera estación.
Pablo la invitó a un café con leche en el bar, tranquilizándola con la promesa de que le prestaría el dinero para pagar el viaje. También le prometió que la llevaría a su casa --según ella no tenía amigos ni familia en Madrid--, y que se podría quedar hasta que supiera con seguridad lo que quería hacer con su vida. Y si el billete costaba treinta y cinco euros, Pablo le prestó doscientos para que contara con algo más de dinero. A los pocos minutos, Martina parecía más sosegada y, como entre ellos se había establecido una cierta corriente de confianza, empezaron a intercambiarse confidencias, como si fueran amigos de toda la vida. 
Pablo había cumplido ya los cuarenta años y, aunque no era bien parecido y su aspecto de boxeador retirado solía intimidar a la mayoría de las mujeres, sí poseía en cambio una fuerte personalidad y su conversación era de lo más fluida y amena. Por su aspecto, nadie habría dicho que se trataba de uno de los profesores de Historia más prestigiosos de la Universidad de Madrid. Desde luego, Martina, cada vez más segura de sí misma, no tuvo ningún reparo en confiarse a quien había sido su héroe salvador. Pablo también le contó sin tapujos ni rubores algunas historias personales. Por ejemplo, que acababa de divorciarse y que el abogado de su mujer había conseguido arruinarlo para siempre. Martina trató de consolarlo con una caricia que a Pablo le pareció como una culebra de seda reptando por su cara. No obstante, al mirar dentro de sus ojos, unos ojos azules y brillantes como libélulas, Pablo encontró, medio agazapada en el fondo, una pequeña bruma de frialdad. Al fin y al cabo, se trataba de una mujer maltratada y era natural que en algo se viera afectada su relación con los hombres. Aquel encuentro casual le sugirió a Pablo que la vida volvía a sonreírle y que no todo estaba perdido en sus relaciones con la pasión amorosa. Martina era una mujer que sin duda merecía la pena. En realidad, algo le dijo que tarde o temprano terminaría enamorándose de ella. 
Cuando el camarero avisó del inminente cierre del bar, la pareja volvió a la plataforma para continuar allí su conversación. Al poco rato, ella le manifestó que estaba muy cansada, así que Pablo le sugirió que ocupara su asiento, al lado de la señora del pelo blanco, ya que no había ningún lugar libre en todo el tren. Martina aceptó y Pablo se quedó solo en la plataforma. Aún faltaba más de una hora para llegar a Madrid. Pablo se pellizcaba las mejillas para comprobar que no soñaba, y agradecía al cielo aquel regalo inesperado que le mandaba. Al fin, como tantas veces había imaginado, se veía mezclado en una historia de amor aderezada con unas gotas de misterio. 
Pablo miró por la ventanilla de la portezuela. Se había hecho completamente de noche. Algunas luces surgían, espontáneas y fugaces, sobre aquella cortina negra en que se había convertido el paisaje de Castilla. Después, a través del cristal de la puerta que le separaba del vagón, comprobó, no exento de cierta perplejidad, que era Martina quien hablaba sin parar mientras la señora escuchaba con inusitada atención. La vieja estaba sin duda hechizada por los encantos de la chica, se dijo Pablo, tan sólo se permitía, de vez en cuando, sacar del bolso un pañuelo lleno de puntillas para secarse las lágrimas. A Pablo no le fue difícil deducir que Martina le contaba, no sin gran despliegue de detalles, las palizas que cada noche le propinaba su marido, además de otras vejaciones que él ya conocía. 
Cuando el tren llegó a la estación de Chamartín, eran las diez y media de la noche, hacía frío y a Pablo le dolían las piernas como si acabara de participar en la maratón de san Silvestre. El traqueteo que había soportado durante más de una hora le había molido los huesos. Incluso los brazos le parecían de plomo por haberse sujetado con fuerza para mantener el equilibrio durante tanto tiempo. También sentía toda una miríada de picos de buitres horadándole la carne, y, para colmo, le ardían los ojos como si sobre ellos hubiera caído lava recién vomitada. El caso fue que le costó un imperio levantar la maleta y bajar al andén. Un precio mínimo para pagar las delicias que probablemente le aguardaban al lado de una mujer tan maravillosa como la que acababa de conocer. 
Cuando ya el cuerpo empezaba a entonarse, vio llegar a Martina del brazo de la vieja, las dos en absoluto silencio. Para ser una fugitiva, le pareció que esa chica venía con andares de reina. Pablo empezó a notar bajo sus pies el latido de la tierra y cómo el corazón se descomponía y le golpeaba el pecho como si fuera un badajo de hierro fundido. Sin embargo, al llegar a su altura, cuando Pablo pensaba que Martina se quedaría con él, las dos mujeres pasaron de largo sin ni siquiera mirarlo, con la cabeza muy alta. Pablo se quedó de una pieza, absolutamente perplejo, creyendo que probablemente no lo habían visto, por eso le llamó por su nombre, Martina, Martina, pero Martina no se volvió, como si no oyera más allá del murmullo de los demás pasajeros. Pabló insistía, Martina, Martina, pero Martina se alejaba cada vez más y no parecía que albergara alguna intención de responder.
En cambio, la que sí se encaró con él fue la vieja parlanchina, que con los ojos inyectados en sangre le dijo:
--¡Si no deja de acosar a esta mujer, me veré obligada a llamar a la policía! 
Pablo quedó tan perplejo que no pudo dormir en toda la noche. Claro que después de reflexionar tantas horas, llegó a la conclusión de que había cometido un error imperdonable, tan imperdonable como infantil, al contar a Martina que había sido arruinado por otra mujer. Y es que hay ciertas mujeres que no admiten competencia en la ejecución de ciertos placeres. ¡Son ellas tan orgullosas!
FIN 
           

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