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30 de diciembre de 2013

DIARIO


JUEVES, 26 DE DICIEMBRE DEL 2013

He pasado la Navidad en Trujillo. Todas las tardes he dado un largo paseo hasta la Albuera para compensar el exceso turronero de la jijonenca. Después de andar una hora, como fin de fiesta, subía a pulmón libre la cuesta terrible de San Andrés, casi tan empinada como la escalera de Jacob. Resulta tan repentina que jamás me he encontrado con un alma que la recorra de subida, que hasta puede resultar peligroso el hecho de bajarla.
Y si por las tardes me he dedicado a pasear, por las mañanas he leído justo hasta las dos en punto, hora habitual del aperitivo: cerveza y ensaladilla rusa en el bar Las Cadenas.
El libro que he leído estos días de atrás se titula “El gran diseño”, de Stephen Hawking. Realmente es meritoria tanta sabiduría científica, pero yo creo que estos físicos deberían cerrar su cerebro cuando entran en el territorio de la Filosofía. Ellos dicen que el Universo no fue creado por Dios, sino que surgió por sí solo de la Nada. Extraordinario. Naturalmente, el doctor Hawking no explica qué carajo es eso de la Nada, aunque sospecho que esa Nada aludida por tan docta eminencia debe ser bastante activa y de Nada debe tener muy poco, es decir, nada de nada, cuando dispone de energía suficiente como para crear un “multiverso”, que es el última concepto de la mecánica cuántica.
En mi opinión, los científicos deberían limitarse a contarnos cómo funcionan las cosas, es decir, el Universo en general y el mundo subatómico en particular, dejando para los filósofos ese peliagudo asunto del por qué de las cosas. No se lo pierdan, pero a la clásica pregunta de: ¿por qué existe algo en vez de nada?, Hawking se atreve a contestarla de la siguiente manera: “la creación espontánea es la razón por la cual existe el Universo. No hace falta invocar a Dios para poner el Universo en marcha. Por eso hay algo en vez de nada. Por eso existimos”
Naturalmente, la siguiente pregunta filosófica sería: ¿Por qué la Creación es espontánea en vez de premeditada?
No es que me vaya a dedicar a la Cosmología y a la física de las partículas subatómicas, ni a la mecánica cuántica, nada de eso, entre otros impedimentos porque no dispongo de aritmética suficiente como para una ciencia tan complicada, pero ya he pedido el libro de Sean Carroll titulado “La partícula al final del Universo”. Según he leído, el libro trata del bosón de Higgs y también de cómo se obtuvo en ese famoso acelerador de partículas construido en los aledaños de Ginebra.
Creo que al bosón de Higgs también le llaman la “partícula divina”, adjetivo que según parece cabrea sobremanera a muchos físicos, principalmente a los ateos. Y a mí me parece muy bien que se cabreen, ya que el asunto de Dios, como digo, debería ser sobre todo materia de filósofos.
Por la noche, después de la cena de Nochebuena, veo por televisión “El proceso Paradine”, una película que habría sido perfecta si ese productor populachero que fue David O´Selznick no hubiera hincado sus zarpas en la maestría del trabajo de Hitchcock. Ya saben que O´Selznick tuvo la ocurrencia de elegir a Louis Jourdan como el asistente del coronel Paradine. Un error inconcebible. Desde mi punto de vista, ese papel lo habrían interpretado con mucho más realismo actores del estilo, un suponer, de Richard Boone, James Gandolfini, Broderick Crawford y tipos así, siempre que hubieran pertenecido a la época, obviamente, actores que bordarían la imagen del personaje zafio que exigía la historia. Yo creo que así se habría resaltado más la perversidad ninfomaníaca y barriobajera de la señora Paradine, personaje interpretado si recuerdan por la misteriosa y bellísima Alida Valli, una actriz que luce mejor cutis en blanco y negro que en color. Además, desde mi punto de vista, es una mujer que no le van los ojos azules sino los negros. Los demás actores están muy acertados en su papel, sobre todo Charles Laughton como juez implacable y libidinoso. Incluso el muermo y estólido de Gregory Peck no está del todo mal en su personaje de abogado enamoradizo, que se habría visto más humillado aún al ser rechazado por una mujer que prefería las caricias de un bruto a las suyas. Pero no sé que hago yo escribiendo, como si se tratara de un estreno, sobre una película con más de sesenta años sobre sus espaldas.

El caso es que a las dos en punto decido meterme en la cama con “El ocaso del pensamiento”, de Emil Cioran. Supongo que sabrán que el rumano Cioran es el filósofo del pesimismo, pero se trata de un pesimismo empapado de poesía y sentimiento. Toda una delicia después de andar en compañía de partículas subatómicas, la gravedad, el electromagnetismo y esas fuerzas nucleares débiles y fuertes que tan cachondos ponen a los científicos y que son, al parecer, la argamasa de la existencia.

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