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14 de diciembre de 2013

DIARIO


Domingo, 8 de diciembre del 2013

Ayer por la mañana entramos triunfalmente en Madrid. Comida familiar con mi hija Marigel y mi nieto Mario. Pasamos la tarde repartiendo la ropa de invierno por los armarios. No obstante, a pesar de tanta felicidad, he de confesar que por mis venas circulaban humores de fiera corrupia.
Por la noche veo por televisión el partido del Madrid contra el Xátiva; me pareció tan espantoso y aburrido que me hizo entrar en una especie de trance suburbano o coma profundo.
Hoy domingo, sin embargo, me he levantado de un humor excelente. Mientras desayuno, escucho las canciones de un disco de Dakota Station, supongo que con el fin de excitar el prurito de escribir con soltura y sin complejos, porque en realidad la literatura se reduce, parece mentira, a un estado de ánimo. Así que he trabajado durante toda la mañana en mi nueva novela y he podido terminar (adviértase que no escribo culminar) el tercer capítulo.
A decir verdad es que desde hace meses me hace vegetar un cierto embotamiento del espíritu. Por tal motivo, he decidido que como lector voy a dar un giro copernicano a mis gustos y dedicar una temporada a leer noveluchas. Es lo que más me apetece y así lo haré. Por ejemplo, una vez terminada la novela “Si muero antes de despertar” (una trama tan irreal como terriblemente enrevesada) de ese misterioso Sherwood King, voy a seguir con “Brighton, parque de atracciones”, de Graham Greene. Curiosamente, esta novela la recomienda el mariconazo de Truman Capote, quien al ser entrevistado por Lawrence Grobel, dijo de ella que era una obra excelente. Y la verdad es que Capote, en mi opinión, siempre tuvo un buen gusto literario.
         Pero no me gustaría irme a la cama sin comentarles que en la novela de Sherwood King hay una mención especial a un asesinato real que ocurrió en Long Island. Me refiero al asesinato de Billy Woodward, uno de esos banqueros americanos con más dinero incluso que cualquiera de los ricos de Béjar. Pues bien, resulta que su mujer, Ann Woodward, una de esas pájaras que se casan pensando en heredar del marido a la mayor brevedad posible, le descerrajó cinco tiros al pobre Billy porque según ella lo confundió con un ladrón que había entrado en la casa. Era de madrugada y al parecer el banquero se levantó de la cama porque sintió hambre y quería prepararse un piscolabis. Por eso apareció el cadáver a los pies del frigorífico, uno de los lugares más hermosos y alegres que existen para morir, siempre que el frigorífico esté lleno, claro está.
No se lo van a creer, pero les juro que la señora, la bellísima Ann Woodward, fue declarada inocente por un jurado que, según dicen, cayó a sus pies cautivado por el erotismo de sus encantos. Observen en la fotografía la cara de felicidad de la feliz pareja. ¿No parece el banquero un pichoncito tierno y jugoso antes de ser braseado por uno de esos terribles cocineros de la Nouvelle Cuisine? No sé por qué razón, pero siempre tuve debilidad por las mujeres fatales. ¡Le femme fatale!


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