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2 de diciembre de 2012

SIGUE SUBIDO EN EL GUINDO




Hay filósofos que alimentan su narcisismo predicando las bondades de la masa, como si ambicionaran quedarse a solas con su propia individualidad. La persona no vale nada, dicen, hay que integrarse en el grupo. Mientras tanto, ellos se miran en el espejito mágico de Blancanieves para cerciorarse de que una coleta, cuatro camisas y un medallón les convierten en divos frente al mundo. Decía Baudelaire que el amor es la necesidad del hombre a salirse de sí mismo; claro que igual se podría decir del odio. Pero el odio, desde mi punto de vista, es rentable y más práctico y la masa lo asimila sin gran esfuerzo. No obstante, salirse de sí mismo nada tiene que ver con pertenecer a la masa, sino con la acción de intercambiar soledades con el otro, siempre condicionada a ciertos límites y, por encima de todo, al respeto mutuo. En cambio, lo que pretende el filósofo es el despojo absoluto de la personalidad individual en beneficio de una colectividad informe y manejable por no se sabe qué o quién.
Y es aquí, obviamente, cuando surgen, por arte de sortilegio, los políticos conductores de la voluntad de las masas, convirtiéndose en su pensamiento y en su razón de ser. Les recomiendo que, si tienen tiempo, revisen la película titulada “El manantial”, dirigida por King Vidor y protagonizada por Gary Cooper. Su argumento trata de la lucha encarnizada entre el individuo y las masas. O mejor dicho, entre dos individuos, uno que se vale tan sólo de su propia integridad y otro que, mediante la manipulación de la opinión pública, pretende controlar el pensamiento de la masa para conseguir el poder.    
         Hoy vivimos en España la explosión generalizada de las multitudes, aunque agitadas y conducidas, sin ninguna duda, por el interés particular de unos pocos, quienes las manejan a su antojo, sacándolas de paseo cada vez que las circunstancias son las convenientes. Ahí tienen ustedes, sin ir más lejos, cómo arrastrando la mentira de la privatización de la Sanidad y la Educación, los socialistas orientan la voluntad de la gente, y aunque llueva o granice, las mueven y articulan como a marionetas para que luchen en favor de sus objetivos políticos. La miríada de manifestaciones que se viene sucediendo desde que los populares accedieron al poder no responde a otra cosa, en mi opinión, que a la típica acción callejera para desgastar al Gobierno, o sea, una estrategia, tan burda como habitual, en pos de conseguir unos cuantos votos de más en las próximas elecciones. Sobre todo para devolver a Rajoy a la oscuridad del pacto de Tinell y regresar así a la senda del gasto indiscriminado.    
         Al señor Rubalcaba, pongo por caso, le importa un carajo que los funcionarios vean mermado el sueldo o que la Reforma Laboral abarate los despidos. No en vano, tanto el PSOE como UGT y Comisiones han utilizado las nuevas leyes laborales para despedir, con la mínima indemnización posible, a cientos de sus trabajadores. Los sindicatos, obviamente, lo único que ambicionan es recuperar el porcentaje que este Gobierno, con el fin de ajustar el Presupuesto, ha recortado de su habitual subvención multimillonaria. Me refiero a la mordida con que Zapatero apacentaba a su rebaño.
 También al señor Mas y al señor Pujol les importa un bledo el bienestar de los catalanes, ni les inquieta demasiado el resultado desastroso de las elecciones. A estos dos forajidos de la política lo único que les interesa es su propia gloria, es decir, pasar a la Historia, no como John Dillinger y Billy el Niño, que es lo que se merecen, sino como libertadores del “poble” catalán y, sobre todo, llenarse aún más los bolsillos a costa de la incomprensible generosidad del señor Montoro. Y don Mariano aún subido en el guindo. Nunca mejor dicho.

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