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9 de marzo de 2013

HEMINGWAY Y LOS CHAVISTAS ESPAÑOLES




Hemingway lucía andares de oso y la pegada de Max Baer. Cuando llegó a París se volvió estalinista por culpa del monóculo de Louis Aragon y el discurso político de John Dos Passos, quien por aquel entonces era la perla americana del comunismo soviético. No obstante, Hemingway, a pesar de los ruegos de sus amigos, tardó varios meses en decidirse a participar en nuestra guerra civil. En realidad, fueron los besos de biscuit glasé de Martha Gellhorn los que le empujaron a venir en ayuda del general Miaja y el comandante Manchón, pariente lejano de un extremo medio cojitranco del F. C. Barcelona. Una vez en España, Hemingway se dedicó a plagiar los artículos de Herbert Mathews, corresponsal del New York Times, a jugar al pinacle con la Gellhorn, temblorosa dentro de su ajustado mono de miliciana, y a beberse miríadas de martinis en Chicote, al tiempo que comparaba su hombría, cinta métrica en mano, con la de cualquier ruso dispuesto a padecer un severo complejo de inferioridad hasta su muerte.
Stalin, en aquel tiempo, trataba de pescar adeptos en los caladeros intelectuales de todo el mundo. Y no es que le gustaran los tipos de esa especie, pero los necesitaba para su propaganda mesiánica. Y en esas lides estuvo mientras le convino, después se olvidó de ellos o trató de asesinarlos en agradecimiento a los servicios prestados. Una de las técnicas más sutiles que empleó Stalin para mostrarles las bondades del comunismo fue casarles con mujeres hermosas. A estos pobrecitos pichones les llamaba “simpatizantes secretamente manipulados”, y a ellas, con sus besos llenos de adulaciones, “las damas del Kremlin”. Desde luego estaban perfectamente entrenadas y dispuestas al sacrificio conyugal por el bien del padrecito Stalin y su comunismo funeral. Moura Budberg, por  ejemplo, se casó con H.G. Wells; María Paulova con Romain Rolland, premio Nobel de Literatura; Elsa Triolet con Louis Aragon; Ella Winter con Donald Ogden Stewart, guionista americano de la película “Historias de Filadelfia”. Y si compraran ustedes el libro de reciente aparición “Yo, Hemingway”, de un tal Antonio Civantos, comprobarían que mi teoría favorita es que Martha Gellhorn fue la mujer elegida por el Komintern para mantener encelado a Hemingway con la cosa del antifascismo, el comunismo y otros “ismos” liberadores de la época. Pero, sobre todo, para que el escritor abandonara de una vez el yate y la pesca de merlines y otros tiburones del Caribe.
Quiero decir que, antiguamente, los comunistas preferían a los intelectuales famosos como compañeros de viaje, luego se pasaron a los artistas y, en la actualidad, prefieren a los millonarios, que son mucho más rentables y dejan mejores propinas. Sin embargo, la faz del verdadero comunista, el comunista de toda la vida, que difiere un infinito de estas fisonomías vestidas de Armani, es sin duda una especie a extinguir. La verdad es que quedan pocos ejemplares, y, para mí, habría que donarlos a la ciencia, o bien conservarlos y cuidarlos con mimo en el coto de Doñana, junto a las demás especies zoológicas, preservando el equilibrio ambiental de agresiones neoliberales. Desde luego, comunistas descamisados y de pelo en pecho como Sánchez Gordillo, el valiente asaltador de esos nidos de ametralladoras que son los supermercados, y Diego Valderas, que creo que es de Bollullos del Condado, son los que mantienen encendida la lamparilla del sagrario de Stalin. No en vano quieren ahora imponernos, según dicen, el régimen venezolano de Chávez, que después de muerto ansía reinar en Andalucía, como aquellos Abderramanes antiguos y demás moros de Sierra Morena. Hemingway habría sido muy amigo de estos dos ejemplares, aunque más tarde le habrían expropiado la casa y el barco, como ya saben que le ocurrió en Cuba. Y es que a todos los comunistas les da por lo mismo. Vicio nefando.


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