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8 de febrero de 2018

ANDRÉ GIDE, LORD CHESTERFIELD Y CHODERLOS DE LACLÓS


Jueves, 18 de enero 2018

Correcciones hasta la una del medio día. Cuatro horas de trabajo. Un par de llamadas telefónicas. A la una y media, copa de vino tinto en el bar Cabreira, justo al lado de la plaza del Dos de Mayo. Hace sol y pongo los huesos a calentar. Marigel me saca del letargo invernal. Almuerzo en el restaurante Moncalvillo, calle de San Lucas. El menú es de 16.50 euros. De lo mejorcito que hay en la zona. Paseo digestivo de una hora. Café en la terraza del Capuccino, frente a la Puerta de Alcalá.
De vuelta a casa, paramos en el Instituto Cervantes, calle Barquillo. Exposición sobre la vida y obra de Enrique Jardiel Poncela. La muestra deja mucho que desear. Una vez en casa, estiramiento de los gemelos para aliviar la fascitis plantar. En la televisión, película de Roman Polanski: “Luna de hiel”. Magnífica, esplendorosa, plenipotenciaria. Me refiero, claro, a Enmanuelle Seigner. Una mujer que rezuma erotismo a través de las costuras de sus vestidos entallados. Un culo soberbio. Me provoca violentamente. Para colmo de males, está  muy bien dirigida por su marido en las escenas de sexo. Me pregunto cuál de los dos disfrutaría más. Supongo que Peter Coyote, que es el actor que la magrea y la lame a conciencia. No he leído la novela de Pascal Bruckner, aunque sí otros libros suyos. No suelen gustarme las novelas de los filósofos. La película, sin embargo, resulta excitante.
Después de la derrota del Madrid ante el Leganés, me meto en la cama a leer el diario de André Gide. Creo entender que Boris Pasternak le dejó el corazón tocado del ala. Entre líneas se sobreentiende que entre ellos hubo algo más que mutua admiración. Gide se refiere al encuentro que tuvo lugar durante la visita que realizó a Rusia, invitado por el gobierno soviético, en 1936.
Gide también nombra a otro escritor ruso al que no he leído: Isaac Babel, encarcelado, torturado y asesinado en una de las purgas del padrecito Stalin. Me gustaría empezar por su diario, pero no está traducido al español. Sí lo está, en cambio, la novela titulada “Caballería roja” (140 euros en Amazon).
Gide también menciona a Mijail Koltsov, periodista de Pravda, y uno de los artífices en España, según dice Koestler en su autobiografía, del Frente Popular. Casualmente, Koltsov fue también protagonista destacado del terror rojo en el Madrid republicano. Posteriormente, en agradecimiento a su ardor revolucionario, Koltsov fue detenido, torturado y asesinado por Stalin.
Lo curioso es que a la vuelta de su viaje ideológico a la Unión Soviética, Gide escribe un libro, “Regreso de la URSS”, por el que es reprobado públicamente. El encargado del vapuleo fue su amigo José Bergamín, en un congreso de escritores antifascistas que se celebró en Valencia en 1937. Se autocalificaron de antifascistas porque les dio vergüenza de llamarse comunistas. 


Martes, 30 de enero.

Me traen un paquete a la hora de comer . Se trata del “Diario íntimo” de Benjamin Constant. Toda la mañana la paso corrigiendo un capítulo de mi última novela. Estoy de ella hasta por encima del pelo, como decía mi abuela. Después de comer salgo a dar una vuelta por Madrid. Llego hasta los confines del Paseo del Prado. Después subo por Montalbán y me siento en la terraza del Capuccino. Me encuentro con mi amigo José Antonio y hablamos de un artículo que ha escrito sobre la Guerra Civil. No llegamos a un acuerdo.
De vuelta en casa veo la película “Terciopelo azul”. Me dejo llevar por las imágenes, siempre impactantes, de David Linch. No recuerdo haber visto tan hermosa a Isabella Rosellini. Ni tan deseable a Laura Dern.
         Por la noche me llevan a ver la actuación de dos cómicos andaluces en el Nuevo Apolo. Hay una cola que inunda la plaza de Tirso de Molina. Quiero decir que el teatro está de gente hasta los adornos barrocos del techo. En cuanto al espectáculo, no creo que haya en el mundo algo de tan mal gusto. Jamás había visto tanta chabacanería fluyendo entre el escenario y el patio de butacas.
         A la salida del teatro ceno en una “trattoría” del centro. Espaguetis a la napolitana. A las doce ya estoy en la cama con el “Diario” de Gide. Me hace sonreír, sin que sirva de precedente, porque en una de las entradas alude maliciosamente a Clara Goldschmidt, la mujer de Malraux. Después leo una carta de lord Chesterfield al hijo ilegítimo que mantiene en París. Le encarga que compre, en una subasta pública organizada por el señor Araignon-Aperen, ayuda de cámara de la reina, un par de cuadros de Tiziano. Como en casi todas sus cartas, lord Chesterfield trata de convertir a su hijo en un hombre de mundo, una faceta olvidada en la educación de los jóvenes de hoy. El libro se titula “Cartas a su hijo”, El Acantilado, y vienen como unas doscientas cuarenta misivas. Casi todas ellas, como digo, de carácter didáctico.
         Sobre la una de la madrugada suena el teléfono. Me llevo un susto de muerte. Es Dora Malengo desde Aspen Mountain, una estación de esquí situada en el condado de Pitkin, Colorado. Sólo me llama para decirme que ha encontrado mi última novela, “Baja conmigo al infierno”, en una librería de Aspen. Una circunstancia que me lleva a creer que los milagros existen.

Viernes, 2 de febrero.

Me levanto a las nueve, leo el periódico y escribo hasta las dos. Me aburre lo de Cataluña y apago la televisión. Después de comer damos un paseo. Hace un frío propio de zonas polares. Marigel se cae en la calle. Justo en la plaza de Oriente. Es la tercera caída en menos de un mes. Se trata de una torcedura bastante seria. Hemos tenido que coger un taxi para volver a casa. Encima nos toca un pelmazo de taxista.
El pie de Marigel se inflama a cada momento. Nada más llegar le he puesto hielo y después, antes de vendarlo, una pomada antiinflamatoria Ya veremos como evoluciona.
Paso toda la tarde leyendo las “Memorias de Talleyrand”, uno de los grandes políticos de la historia. Un personaje con mala fama en ciertos círculos intelectuales. Tengo pensado escribir algo al respecto. Ya veremos.
Después de cenar veo en la televisión una película policíaca. Ella es Nicole Kidman. Su presencia siempre consigue hacer memorable cualquier engendro.
En la cama leo el diario de Benjamin Constant. Se trasluce un tipo amargado y terriblemente presuntuoso. Me habría caído bien de haberlo conocido. Es probable que sea casi tan misántropo como yo. El diario de Gide me parece algo más vital. Sobre todo más sencillo en lo que se refiere al estilo. La lectura de un buen diario es lo único que ahora soporto antes de dormir. Tampoco me importa que sean cartas. Sobre todo si transmiten aburrimiento y cansancio. Quiero en realidad que me confirmen que el autor lleva una vida tan aburrida como la mía. Mañana probaré con el diario de Jules D´Aurevilly, del que ya he leído bastante. Tampoco deja traslucir una vida repleta de aventuras. En cambio, recuerdo que Boswell, en su diario, sin llegar a considerarse como un hombre de acción, deja que pensemos que llevó una vida algo más inquieta. Incluso se atreve a presumir de lo grande que la tiene.



Sábado, 3 de febrero

Un repartidor me trae a primera hora una novela: “Las amistades peligrosas”. Siempre me impresionó el nombre de Choderlos de Laclós. La novela es de segunda mano y cuesta poco dinero. La necesito para saber acerca de los títulos y tratamientos en la Francia del siglo XVIII. Conozco la historia por la película que dirigió Stephen Frears en 1988. Una historia que empezó siendo prometedora, por lo libertina, claro, incluso brillante, pero terminó abismándose en una moralidad gravemente provinciana. ¿Qué tendrá la moral que le gusta tanto a la gente?
         El pie de Marigel mejora ostensiblemente. Le hago una cura mañanera, después le preparo el desayuno y, una vez libre de servicios domésticos, logro por fin meterme en la ducha.
Trabajo hasta la hora de comer.
Doy mi paseo vespertino y entro en el bar “Quintín”, calle Jorge Juan, donde me clavan cerca de cuatrocientas pesetas por un café. Llego hasta la calle Fernán González, entro en la librería “El desván del libro”. Es una librería de viejo y nunca se sabe qué tesoro escondido puede uno encontrar. Por dos euros me hago con “Los Buddenbrooks”, en una edición de la colección Reno de Bruguera.  
         Una vez en casa, duermo la siesta acunado por el fragor bélico de una mala película protagonizada por Randolph Scott, el gran amor de Cary Grant. Con razón se preguntaba Jessie Royce Landis, en “Atrapa a un ladrón”: ¿cuál sería el defecto de un hombre tan completo como Cary Grant? La muy zorra seguro que ya lo sabía.
         Estoy tan cansado que me acuesto cerca de las once. Antes de dormir leo algunas cartas de “Las amistades peligrosas”. Las que más me gustan son las de la marquesa de Merteuil, de una maldad exquisita. Creo que me dormí con una sonrisa en los labios.

Miércoles, 6 de febrero.

De mal humor todo el santo día. No hay cosa más molesta que dedicarse a los asuntos del dinero, sobre todo si a mi alrededor respiran personas poco razonables. De vez en cuando, ejercitar la razón, por muy tedioso que resulte, se hace tan imprescindible como necesario.
         Me ataca la ansiedad en plana calle de Alcalá, según llego a Cibeles. Es tal la costumbre que me sobrepongo, pero no sin un gran esfuerzo. Me duelen los dos brazos. También siento una enorme presión sobre los hombros. Apenas puedo respirar.
Llego sudando a la oficina de Correos. Me atiende una señora demasiado simpática. No está uno para un intercambio verbal de idioteces. Franqueo la carta y salgo de allí a toda velocidad.
         En la calle espanto a un par de mendigos negros que me asaltan. Si algo no soporto en esta vida es que me cuenten historias de un sentimentalismo intolerable. Ni a Dickens se lo permito. Tan sólo su Mr. Picwick y sus papeles póstumos merecen mi respeto.
         Son casi las dos de la tarde. Hora del aperitivo. De modo que realizo una parada en un bar de la Gran Vía. Una copa de vino tinto y una tapa de guacamole. Pero al guacamole lo han sazonado con tanta pimienta que me arde desde la garganta a los mocasines. Aquella lava volcánica me cuesta, para colmo de males, más de cinco euros. Me dura tanto el incendio que vuelvo a parar en otro bar. Uno de la calle Fuencarral. Se llama Orio y me clavaron más de tres euros por una copa de vino tinto. Un tinto joven. Digo yo que la botella no llegaría en la tienda a los dos euros. Mi enfado con el mundo llega a cotas insospechadas.
         Después de la siesta, voy al cine con Marigel. Vemos “La librería”. Lo mejor de la película es que resulta aburridísima. Sin embargo, parece tan pretenciosa que me hace sonreír. Quiere tratar de libros y sólo consigue una versión actualizada del cuento de “Blancanieves y los siete enanitos”. Por lo menos esta vez la historia termina con la victoria de la bruja. Una pena que el único personaje interesante esté tan mal aprovechado. Me refiero al que interpreta Bill Nighy, que se salva de la mediocridad por un comentario jocoso sobre las hermanas Bronté. Lo demás es de una vulgaridad imperdonable.
         Después de cenar veo en televisión un documental acerca de la vida y la obra de Slim Aarons, un fotógrafo de gente guapa, rica y famosa. Creo que combatió en la segunda guerra mundial y en la de Corea. Slim era uno de esos americanos altos, bronceados y exitosos, que tanto gustan a las mujeres.
         Me meto en la cama con la marquesa de Merteuil. Qué rancios y vulgares quedan algunos guionistas y directores de cine respecto a las novela que adaptan. Cuántos matices se pierden en la pantalla. 



          



 

        
        

         

18 de abril de 2017

CHESTER HIMES


Martes, 18 de abril del 2017

Anoche entablé amistad con una señora inglesa que se vino conmigo a casa. Qué menos que prepararle el desayuno esta mañana: zumo de limón, café con leche, tostadas, mantequilla y mermelada de naranja amarga sin azúcar. Se lo sirvo en la terraza. No hace nada de frío ni de viento ni hay señales de lluvia y el mar está en calma, como una alfombra de color blanco. Después del banquete nos tomamos sendos sobres de colágeno y unas pastillas enormes de magnesio. Dicen que el colágeno es bueno para la piel y el magnesio evita los calambres musculares. Ambas cosas, incluida la teoría, las pone ella, mi amiga. Casi me atraganto con la pastilla de magnesio. En cambio el colágeno se licúa con facilidad en el agua y sabe a fresas silvestres y me gusta.
Quito la mesa y coloco la loza sucia dentro del lavaplatos. Ella, mientras tanto, se fuma un pitillo. Desde la cocina percibo el aroma picante del tabaco rubio. Después le digo que en una hora tengo concertada una entrevista con un escritor. Responde que, si no me importa, me espera tranquilamente en casa, leyendo cualquier libro que yo le preste. A no ser, continua diciéndome, que mis planes sean otros y desee que desaparezca de mi vida.
Al principio como que estoy por la desaparición, pero luego recuerdo lo bien que lo he pasado con ella y le ruego que se quede. Después pienso un libro para dejarle. Enseguida me viene el nombre de la inglesa a la cabeza: Clarissa, y con arreglo a este nombre se me ocurre que el mejor libro para ella, desde mi punto de vista, puede ser “Diario de una dama de provincias”. Es un libro que me ha regalado una amiga que se llama Lina, una fanática de la literatura femenina, sobre todo de Virginia Woolf, aunque este “Diario” no es de la Woolf sino de E. M. Delafield, seudónimo de una tal señora Dashwood. Algo me dice que este libro convertirá su espera en algo más leve. Es lo que le digo al entregárselo. Ella se limita a sonreír y a darme un beso en la mejilla.
         Pues bien, el escritor con quien estoy citado se llama Chester Himes. Tolo el mundo lo conoce. Bueno, no todo el mundo, tan sólo los buenos lectores y la gente de Moraira, provincia de Alicante, que es el pueblo donde vivió los últimos quince años de su vida. Hemos quedado aquí en Marbella, en la cafetería del Hotel Vinci. Pido un café con leche mientras espero. Me siento detrás de un ventanal desde donde se ve el mar. Uno nunca se cansa de contemplarlo. Además, la imagen del mar cambia al variar la atalaya.
El escritor llega quince minutos tarde. Es un hombre de frente amplia y de pómulos muy marcados. Tiene los ojos hundidos, pero terriblemente brillantes. No es muy alto. Viste un traje de lino de un gris claro y la camisa es blanca de rayitas rojas, casi imperceptibles, verticales. Se disculpa y justifica la demora a cuenta del tráfico. Me dice que prefiere sentarse al aire libre. Llamo al camarero y le informo de nuestro traslado a una mesa del jardín.
El señor Himes pide una taza de té con leche. Me dice que cuando estaba vivo sus preferencias iban más por la cosa alcohólica, pero que de muerto se ha aficionado al té y lo toma a todas horas, incluso por la tarde, como los ingleses. Confiesa que es una afición que le ha contagiado Graham Greene, que vive en su misma urbanización. Graham, me dice, no ha probado ni gota de licor desde que murió, y sólo se ha ido de putas un par de veces, dos excusiones nocturnas que le han costado muchos puntos, puntos que tendrá que recuperar espiando para la causa.
Después de tanto esoterismo le pregunto que si con el té no le apetecen de esas pastas redondas con una guinda roja en el centro. Acepta encantado. Otra cosa que para mí se ha convertido en un vicio, las pastas, me dice, y por eso ahora cortejo a la señora Dalloway, que tiene unas manos primorosas, no sólo para las flores, sino para toda clase de dulces. Le digo que, según mis informes, sus aficiones, cuando estaba vivo, eran muy distintas. Y tanto que eran distintas, me contesta: cuando estaba vivo lo que prefería era el champán y el caviar. ¿El champán y el caviar? Naturalmente, el champán y el caviar eran mis vicios más queridos. Los tomaba por mañana, por la tarde y al llegar la noche. Y, después, como final de fiesta, me gustaba fumarme un “habano”. Los tres únicos vicios que saqué de la cárcel. ¿Se acostumbró al caviar en la cárcel? Así fue, amigo mío, y sabe gracias a quién. Pues nada menos que a Al Capone, que estuvo conmigo un tiempo, no recuerdo cuanto, en la cárcel de Atlanta, antes de que lo trasladaran a la de Alcatraz, donde se volvió loco por culpa de la sífilis. Además de un buen putañero, lo mismo que Graham, Capone era un auténtico sibarita y nadie supo jamás qué funcionario le proveía de todos los lujos. El caso es que yo le hice varios favores dentro del talego y, a cambio, ese santo me recompensó con estas pequeñas bicocas que le digo.
Cuando en 1937 me concedieron la libertad, me di cuenta de lo bien pagado que estuve. Menos mal que al poco tiempo, gracias a mi primera novela, “Por el pasado llorarás”, me hice famoso y empecé a ganar el dinero suficiente para seguir con mis vicios preferidos. No obstante, una vez muerto, y a pesar de que donde estoy tengo a mi disposición todo el caviar y el champán que se me antoje, ahora mis vicios han dado un giro a lo Copérnico. Quiero decir que al caviar y al champán los he sustituido por el té y las pastas de la señora Dalloway. Incluso he dejado de fumar. ¿Qué le parece? Me he convertido en un aristócrata inglés de lo más estirado y aburrido, aunque en la versión negra de Jefferson, Missouri. Entonces va y suelta una carcajada que hace temblar los mimbres de todas las butacas del jardín. Nunca he visto unos dientes más blancos y grandes que los suyos. A decir verdad no debería reír así, me dice, los negros hemos de reprimir nuestra risa para que los blancos no nos tomen por bufones.
Nunca le tomaría por un bufón, señor Himes, sino por un gran escritor. En mi opinión, uno de los mejores escritores americanos del siglo XX. Yo diría que ha llegado usted a la altura de Faulkner. Menos mal que no ha dicho a la altura de Hemingway, como me solían decir entonces, ya que a la altura de Hemingway llega cualquiera que sepa juntar dos palabras. En realidad no quiero que me coloquen a la altura de nadie, pero si lo hacen me halaga estar al menos al lado de alguien que sea de mi gusto. Y Faulkner, desde luego, no deja de ser una buena compañía.
Después hablamos del resto de su obra y también de su estancia en Moraira, el pueblo de la provincia de Alicante del que se enamoró la primera vez que lo vio, eligiéndolo para pasar sus últimos años de vida. También me dice que huyó de América para no tener que soportar la humillación y la vergüenza del racismo sureño. Estaba tan indignado que salir de aquel país, mi propio país, fue una liberación para mí, como si me hubiera despojado de un montó de grilletes.
Chester Himes me parece un hombre feliz. Pienso en ello cuando, desde su descapotable amarillo, vuelve a sonreír con todos sus dientes y me dice adiós con la mano. Un estilo de coche ese descapotable que le va como anillo al dedo. No sabría decir por qué.
Cuando llego a casa, Clarissa me dice que se ha tomado la libertad de organizar una fiesta. Resulta que ha utilizado mi listín telefónico, además de su propia agenda, para llamar a todos mis amigos y a buena parte de los suyos. Al parecer les ha convocado para las diez  de la noche. Me dice que ella misma se va a encargar de las flore y de las pastas. Entonces, extremadamente mosqueado, fue cuando se me ocurrió formularle la pregunta del millón de dólares. Perdona, Clarissa, ¿tú sabes cómo demonios se hacen las pastas inglesas? ¿Te refieres a esas que son redondas y llevan una guinda en el centro? A esas, precisamente, me refiero. Pues resulta que esas pastas son mi especialidad culinaria. Un escritor americano, muy amigo mío, está empeñado en casarse conmigo sólo por cómo me salen. ¿Conoces a Chester Himes? Cuando quieras te lo presento.






 

        
        

         

22 de marzo de 2017

JOHN CHEEVER



Madrid 16 de marzo

Después de esquivar a uno de mis “odiadores” más importantes y queridos, he tomado el aperitivo en Casa Camacho: caña de cerveza y patatas bravas. No sé por qué razón, pero hoy me he levantado con un vago sentimiento de hombre del pueblo, algo extraño en mi persona. Así que he volado hasta la calle de San Andrés, casi esquina a la plaza del Espíritu Santo, para darme un baño de casticismo madrileño. No en vano se trata del barrio de Maravillas, donde todo el mundo tiene el aspecto de haber leído a Jean Paul Sartre. Recuerdo que un servidor de ustedes se atragantó con “La nausea” en un cuartel de Burgos, mientras le regalaba al ejército y a la patria uno de mis años físicamente más floridos.
A las tres almuerzo en “Salvador”. Habas con jamón y vino tinto. Como ustedes saben, Pitágoras prohibió las habas a sus adeptos. Es posible que en su composición molecular puede que exista algún componente químico altamente perjudicial para la práctica de alguno de los ritos pitagóricos. Me refiero, claro, a los ritos desarrollados en los misterios eleusinos. Desde luego es innegable la influencia de la bioquímica, lo puramente cerebral, en los procesos de la mente espiritual. Creo recordar que hay fármacos recetados en psiquiatría que incluyen a las habas en su lista de contraindicaciones.
Doy un paseo hasta los confines de la calle de Alcalá. Tengo reservado un libro de relatos en una librería de viejo que hay en pleno barrio del Carmen. Los relatos son de John Cheever, un buen escritor de cuentos, según el samaritano que me lo recomienda. Hace calor y a la vuelta me siento en la terraza del Cappuccino. Pido un café solo con hielo y abro el libro. No leo el primero de sus cuentos, “El nadador”, que es el más famoso de todos gracias a la interpretación magistral que Burt Lancaster hace del personaje en la adaptación cinematográfica de Sidney Pollack. Me refiero a que elijo otro cuento para abrir el baile. Se titula “Reunión” y tiene un argumento realmente serio: el encuentro, después de unos años, de un joven, que está de paso y sólo dispone de hora y media, con su padre divorciado. Es la historia eterna de un adolescente en plena búsqueda del padre. Es decir, el chico que vive el mito homérico de Telémaco al principio de "La odisea". Sin duda alguna, el encuentro del padre y del hijo que se produce en el cuento de Cheever es terriblemente frustrante para el joven, ya que el padre es uno de esos payasos, en el peor sentido del término, que no hace otra cosa, en el poco tiempo disponible, que avergonzar al hijo con sus salidas de tono. No obstante, la historia está escrita con mucho sentido del humor, para que el ánimo del lector no se venga tan abajo como el del propio joven de la historia.
Después me decido por otro cuento cuyo título me llama poderosamente la atención: “Una visión del mundo”. Se trata de un título que, como las ofertas del Padrino, me resulta imposible rechazar. ¿Quién sería capaz de ignorar un título así? ¿Quién se arriesgaría a volver la página y dejar en el limbo una nueva concepción existencial de la vida que pueda iluminarnos? De modo que me dispongo a leer el cuento de inmediato.
Sin embargo, casualmente, en el justo instante en que termino de leer la primera frase del relato, aparece mi buen amigo José Antonio de Guzmán y Ponce de León, que viene de una emisora de radio, donde le han entrevistado sobre un tema que él domina como nadie: el dandismo y su importancia en la historia de la literatura. Pide un güisqui con hielo. Después me cuenta que lo difícil de explicar a la gente es que la elegancia sólo es una condición más en la personalidad del dandi. ¿Cómo es posible, se pregunta, que una entrevistadora, por muy buena que esté, no se haya leído el artículo de Baudelaire acerca del tema? ¿Qué profesionalidad es esa? La verdad es que tuve que animarlo para que no cayera, aún más, en el descreimiento social. Sin embargo, tiene mucha razón en todo lo que dice y no creo que nada ni nadie sea capaz de apartarlo de su misantropía. Es más, cada vez que hablo con él me sumo de buen grado a sus presupuestos ideológicos. La sociedad que brilla a través de los medio de comunicación, que es la sociedad que vende, prospera y apabulla al resto, la sociedad del espectáculo, es cada vez más ignorante, cursi, paleta y mal vestida de todos los tiempos.
Mi amigo José Antonio tiene una cosa muy clara, y es que si no fuera por su perseverancia el dandismo ya habría muerto sin remedio. Naturalmente, se lo llevan los demonios cuando le dicen que ese futbolista de Madeira es un modelo de dandi, con la cursilería de esos dos pendientes enormes abrillantándole las orejas.
Desde luego José Antonio tiene muy claro que ni las joyas ni la bisutería ni los tatuajes ni la ropa rota ni la ropa nueva, lo nuevo endominga, dice, ni nada que brille y llame la atención van con la personalidad del dandi. El dandi pasa desapercibido, se hace invisible con su ropa vieja, pero de la mejor calidad. Lo más importante, según José Antonio, es que el dandi mantenga una cierta distancia psicológica con el resto del mundo. También dice que el dandi es al mismo tiempo tan estoico como epicúreo, carambola que requiere el ejercicio de casi todo una vida y demasiadas lecturas. El dandi vive en la búsqueda constante de la belleza, respira gracias a las emociones estéticas, pero sin mostrárselas al mundo, sin hacer gala de ellas. De ahí, a veces, su inquietud de coleccionista, su afición secreta al “bric à brac”, como “El primo Pons”, nombre de personaje que da título a una novela de Balzac. El dandi jamás dará muestras de sus sentimientos y emociones,  fingiendo una frialdad que tal vez interiormente no tenga, pero la fingirá de todos modos y como si en ello le fuera la vida. El dandi, como escribió Pessoa del poeta, es un fingidor y nada ni nadie le hará perder su compostura. Quiero decir que el dandismo, en realidad, es puramente una religión, conocimiento de uno mismo, consciencia despierta y un distante y silencioso amor a la vida. Todo ello según el evangelio de José Antonio de Guzmán.
A las ocho de la tarde llego a casa y, tras ponerme la ropa de trabajo, me dispongo a leer por fin el cuento de Cheever. La primera frase dice así: “Escribo esto en otra casa al lado del mar…” Sin embargo, de repente, otra interrupción: suena el timbre del teléfono y he de contestar. Mi corazón se llena de alegría porque al otro lado de la línea vibra la voz de Dora Malengo. Me dice que está en Berlín, pero que se ha pasado la noche en blanco por culpa de mi última novela: “Baja conmigo al infierno”. Algo es algo. Pero lo mejor es que desea verme cuanto antes y casi me ordena que acuda a su lado de inmediato. O sea que me siento, no sólo tentado, sino obligado a ir con ella. Y como mi debilidad con las mujeres resulta tan patológica como patética, le digo que mañana subo a un avión y salgo volando.
Mi cena es a base de fresas, aguacates, nueces y yogur. Me meto en la cama y por fin logro leer en su totalidad el relato de Cheever, aunque con los estertores propios del sueño. Así que tardo más de la cuenta en llegar al final. Curiosamente, la visión del mundo a la que alude el autor en su título trata de ser una visión amorosa, pero tal visión sólo le es factible a través de los sueños, incluso hasta el punto de confundir el día con la noche. La consecuencia, finalmente, es una temporada de descanso mental en Florida. Lo que no está nada mal.
Me ha gustado John Cheever, en efecto, aunque en este último cuento, “Una visón del mundo”, el autor, por un momento inquietante de zozobra mental, ha sentido el prurito de ponerse solemne y algo transcendente. Sin embargo, felizmente, ha resistido la tentación y ha mantenido la historia al mismo nivel del suelo embarrado de los vivos. Un escritor de novelas y cuentos jamás debería morir en el intento de la trascendencia. Para ese menester ya están los ensayos, los artículos, las encíclicas, las tesis doctorales e incluso la poesía. Porque ni siquiera la Mitología, que trata de dioses y héroes, abandona el tono mundano para contar sus historias. Recuerden que Praxíteles, para esculpir nada menos que la estatua de la diosa Afrodita, se valió del cuerpo y el rostro de una ramera a la que el pobre infeliz amaba apasionadamente. Su apodo era Friné, el de la ramera, claro, aunque su verdadero nombre, según escribe Roberto Calasso, era Cratina. Por cierto, también nos dice Calasso que la frivolidad que reflejan las diosas de Giovanni Tiepolo, el gran pintor veneciano del Barroco, es una medida benévola de cortesía con el fin de evitarles una apariencia de inútil solemnidad.