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28 de agosto de 2015

TRUMAN CAPOTE


Diario, 24 de agosto

¿Y dice usted que a Hemingway no le gustaban los cuentos de O. Henry? La verdad es que no me extraña en absoluto. Ese tipo siempre fue un verdadero animal de tiro. Habría desarrollado un trabajo genial delante de una carreta. Creerá que un día se atrevió a decir de mí que era la reina de los retretes. El muy cretino. No es que me importe demasiado, ya que los insultos afectan según de qué gente provengan, y para mí, Hemingway, es uno de los peores escritores de la literatura americana, además de una mala persona, casi tan ruin como Gore Vidal. No es que uno sea el mejor tipo del mundo, ni mucho menos, ya que de mí se ha dicho que escribía mojando la pluma en veneno, algo  absolutamente cierto, pero mi prosa llegó a adquirir una calidad literaria que esos dos chupatintas jamás llegaron a conseguir ¿Ha leído “A sangre fría”? Desde mi punto de vista, aunque resulte sin duda un punto de vista algo parcial, le diré que es la novela más perfecta que jamás se haya escrito. Por lo menos está a la altura de cualquiera de las de Flaubert. ¿Le resulta exagerada la comparación? Puede ser, pero no creo que esa novela haya sido superada por ninguna otra hasta la fecha. Y en lo que se refiere a mis cuentos, le diré que casi todos están en la línea marcada por O. Henry. ¿No se ha fijado? Me refiero a que la mayoría suelen acabar con uno de esos finales sorprendentes que tanto le gustaban al maestro. En la actualidad, tan sólo los relatos de Roald Dahl, ¿los ha leído?, pueden compararse tanto a los de O. Henry como a los míos. Naturalmente, también los de Raymond Carver brillan a gran altura, pero sus finales no se parecen a los nuestros. Quiero decir que son tan planos como canchas de baloncesto, aunque he de reconocer que tienen su buena carga de profundidad y arrastran toda clase de sinsabores humanos.
Por cierto, ¿sabe usted que Roald Dahl se casó con Patricia Neal. Sí en efecto. Una extraña pareja si bien se mira. En mi opinión, ella y Geraldine Page han sido las dos actrices más grandes de Hollywood. No tenga ninguna duda. Otra cosa es lo que hayan dicho esos analfabetos de productores que manejan los hilos de la industria. A Patricia la conocí en el rodaje de “Desayuno con diamantes”, una verdadera pécora fuera del plató, pero sublime cuando se olvidaba de sí misma y se ponía delante de una cámara. ¿La ha vito usted en “El Manantial”? ¿No le pareció una verdadera diosa? Hasta Gary Cooper queda difuminado en la pantalla cuando ella aparece. Desde luego, en el caso de “Desayuno con diamantes”, su presencia es lo único que salva un poco la película. Todo lo demás es una pura patraña. Maldita sea, ¿pero cómo es posible que para el papel de Holly Golightly eligieran a una pánfila como Audrey Hepburn? ¿Me pregunto cómo se les pudo ocurrir semejante sacrilegio? Se lo dije a Blake Edwards cuando me enteré del reparto. Por mi madre, Blaky, ¿es que no te das cuenta de que Holly es una puta? ¿Y quién con dos dedos de frente puede asociar a cualquiera de las Hepburn con una puta? Así se lo solté, sin  más preámbulos. Entonces Blaky me preguntó a qué actriz habría elegido yo para ese papel. Naturalmente, le contesté que a Marilyn Monroe, sin ninguna duda. Naturalmente, él me contestó que prefería que le saliera un enorme absceso en el culo antes que trabajar con ella. O sea que la suerte ya estaba echada y así salió el engendro que salió. ¿Se acuerda del final de la película? Me refiero a la escena del gatito perdido. En mi vida he visto una cosa tan edulcorada y lacrimógena. Se trata sin duda de una secuencia rodada para señoras con la única misión en la vida de comer tortitas con sirope. Nada que ver con mi novela.
Oh, no, ahora no quiero hablar de “A sangre fría”. Bueno, ni ahora ni nunca. Creo que ya he dicho lo suficiente acerca de esa novela. Le confieso que para mí es muy doloroso volver sobre aquellos sucesos. Excuso decirle que después de seis años de trabajo durísimo por mi parte, necesité otro año más para recuperarme físicamente, porque en cuanto a mi espíritu le juro que sólo después de muerto he logrado superarlo. Aquella experiencia me dejó el alma marcada para siempre, como con un hierro al rojo vivo. Eso sí, con la novela gané unos cinco millones de dólares después de impuestos, además de un considerable prestigio mundial. Y sí, en efecto, la cosa me dio para organizar aquella fiesta en el Plaza. La fiesta del siglo, como muchos la han considerado. Y le aseguro que si al principio fue un título excesivamente pretencioso, a estas alturas de la historia me parece de una exactitud fuera de toda duda. Como bien sabe, la fiesta la organicé en honor de Katharine Graham, la dueña del “The Washington Post”, aunque ya sabemos que lo de Kate fue meramente una excusa para disimular mi verdadera intención, es decir, homenajearme a mí mismo. ¿Qué mejor motivo podía haber? Al fin y al cabo la fiesta me salió, en números redondos, por cien mil dólares de aquella época. Y le aseguro que de la factura no pude desgravar ni un jodido céntimo. Muchos dijeron todo lo contrario, pero no es verdad. De ninguna manera.
A tenor del éxito obtenido por “A sangre fría”, las revistas empezaron a pagarme unos veinte mil dólares por cada relato que les mandaba. Una exageración, es verdad, pero así es la vida. Y aunque tenía dinero para gastar a manos llenas, que fue lo que hice, no podría decir que fuera rigurosamente rico. Siempre he dicho que si uno no tiene quinientos millones de dólares listos para gastar en cualquier momento, no puede atribuirse el apelativo de rico. Como mucho se podría decir que se tiene un buen pasar. No obstante, en lo que sí era exageradamente un verdadero privilegiado era en la cantidad de amistades que acumulé en poco tiempo. Lo cierto es que conocía a casi todo el mundo que merecía la pena conocerse. Digamos que cualquier restaurante de postín consideraba un honor que yo fuera uno de sus clientes habituales. Para mí y mis amigos siempre había una mesa reservada en el mejor sitio del mejor establecimiento de la ciudad. Reconozco que era un privilegiado.
Naturalmente, todo se vino abajo cuando la revista “Esquire” comenzó a publicar los capítulos de mi libro “Plegarias atendidas”. La verdad es que se preparó un escándalo de dimensiones estratosféricas. Ni se imagina usted la tinta que se vertió por todo aquel terremoto que provoqué. A parte del río de lágrimas que corrió por el caudal millonario de la Quinta Avenida. Pues bien, como suele suceder, unos estuvieron a mi favor y otros en contra. Pero lo más trágico fue que mis mejores amigos me dieron la espalda, no comprendieron mis verdaderas intenciones y, desde ese mismo momento, me condenaron a un ostracismo total. Sin duda, la pérdida que más sentí fue la de mi amiga Babe Paley, una delicia de mujer, toda una señora, un verdadero ángel y, sin duda alguna, la elegancia personificada. Le juro que todo lo que venenosamente escribí contra su marido fue en el fondo para defenderla a ella. Sin embargo, prefirió preservar el honor familiar a seguir con nuestra amistad. Nunca más volvimos a ser amigos. Le juro que esa ruptura me abrió un verdadero cráter en en mi alma. Aún llevo esa herida en este corazón de muerto que tengo. También me afectó considerablemente que Slim Keith dejara de hablarme y tirara nuestra amistad al cubo de la basura. Slim fue durante muchos años mi mejor cómplice en materia de cotilleos de alto calado. Además era una de las mujeres más interesantes y hermosas de Nueva York, tan elegante como Babe y con uno de esos pasados que harían las delicias de cualquier biógrafo. Bueno, no tan interesante como el de Anne Woodward, claro está, una de las señoras que, además de Jackie y Lee, las hermanas Bouvier, salen más perjudicadas en el libro. Incluso le llamo asesina casi con todas las letras, porque si bien fue considerada inocente por la justicia americana, no tengo ninguna duda de que ella matara a su marido no por error, como alegó en el juicio, sino con nocturnidad, premeditación y alevosía. La verdad es que quise vengarme de ella porque una vez, creo que fue veraneando en Baden Baden, se atrevió, delante de todo el mundo, a llamarme nada menos que marica. Y le aseguro, amigo mío, que yo no soy ningún marica, sino maricón, con todas las letras, que es cosa muy distinta.
El caso es que desde la publicación de esos capítulos de “Plegarias atendidas”, sobre todo a causa del que se titula “La Côte Basque”, empecé a recibir presiones muy fuertes por parte de todo el mundo y, por supuesto, a sufrir toda clase de decepciones, como fueron los casos de Babe y de Slim. Esa fue la razón de que uno intensificara la ingesta de alcohol y de toda clase de estupefacientes, marihuana, cocaína y por ahí todo seguido hasta el agotamiento final. ¿Sabe usted que expiré en los brazos de Joanne Carson, en su casa de Palm Spring? Joanne era muy amiga mía. De las pocas personas que al final me fueron fieles. Un encanto de mujer y un ejemplar excelente de ser humano.



17 de agosto de 2015


El GATOPARDO
Diario 17 de agosto de 2015


Ayer fue mi cumpleaños. Tuvimos cena y baile. Notables ausencias y memorables presencias. Miro los escotes femeninos y ni un atisbo de lujuria. Echo de menos algunas felicitaciones, sobre todo la de Dora Malengo. ¿Dónde estás querida Dora? No tengo más remedio que bailar “Cachita” con Mrs. Robinson. Un par de copas de champán. Tal vez, cuatro. Más tarde, en la cama, sobre las tres y media, me duelen las piernas. Pienso en el Ibuprofeno efervescente, pero me da pereza levantarme. Tardo en dormirme. Doy vueltas y vueltas. Al final he debido dormir algo así como unas cuatro horas. No sabría decirles.
Me levanto a las nueve en punto. Hace frío. Actividad habitual para un estado imperfecto de revista. A las diez, en mi cuarto de trabajo, comienzo la jornada con la “Pavana para una infanta difunta”. Hay que tener mucho cuidado con la música que inaugura el nuevo día laboral. La Pavana es triste y pensada para un funeral, pero es como un bálsamo y el alma lo agradece. Predispone a la quietud de los sentidos y a ese estado emocional en que brotan las palabras.
Termino las correcciones de “La alegría de los días romanos”. Mañana iré a Zamora para encuadernar el manuscrito y solicitar la propiedad intelectual en la Delegación de la Consejería de Cultura.
Tengo un par de ideas para una nueva novela, pero no acabo de decidirme. Empiezo a padecer un terrible sarpullido de verdadera pereza. De momento prefiero aferrarme a este diario.
Leo a Proust con la parsimonia adecuada. La justa para que el principio de cada frase, al llegar a su término, no se me pierda en la memoria. Marcel pasa unos días con su abuela en el Grand Hotel de Balbec y, por fin, está a punto de conocer a Albertina, una de las muchachas en flor. Lo sé porque es la tercera vez que leo esta obra, la más hermosa de todas las novelas que jamás se hayan escrito. Algunos prefieren la obra de Kafka. Pero me inclino más por la exquisita y excesiva sensibilidad de Proust. La "Recherche” es la obra que prueba definitivamente a los buenos lectores. Les recomiendo, amigos míos, que la lean con el corazón, muy despacio, interiorizando el estado febril con que ha sido escrita. Mi consejo es que, antes de atreverse con ella, se ponga el alma en paz escuchando la ya citada “Pavana” o, mucho mejor, si se trata de la “Sonata en re menor” de Saint-Saëns. Resulta que detrás de la famosa “petite phrase” del imaginario Vinteuil, se encuentra esta sonata para violín y piano. Al menos es lo que dice Ghislan de Diesbach en su espléndida biografía del escritor. En cambio, otros conocedores de los secretos de “La Recherche” afirman que detrás del nombre imaginario de Vinteuil y su famosa sonata, se esconden los nombres de Debussy, César Franck y Gabriel Fauré.
Pues bien, dejemos a los eruditos en su elemento y vayamos a lo nuestro. Por ejemplo, ya se imaginarán que el consumo de las sobras de ayer ha resultado obligatorio en el almuerzo de hoy. Pero aclaremos la diferencia entre sobras y restos. Las sobras son los alimentos que quedaron en las fuentes; los restos, por el contrario, son los que los comensales, voluntariamente, han dejado en los platos. La ensaladilla estaba espléndida y primoroso el solomillo con ciruelas. Me decidí por un “San Román”, un excelente tinto de Toro.
La siesta del fauno. Más de una hora dormido en la butaca. Mientras, en la televisin ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽visientado en la butaca, mienstras fuentes y los restos en los platos. Magnif tener mucho cuidado con la me levanto a ón, los animales se despedazan unos a otros. A mí esto de la naturaleza me parece un espectáculo excesivo y de lo más desagradable. No obstante, aprecio su potente efecto narcótico. Para que me entiendan, al único perro que soporto es al de “Las meninas”. Claro que me llevo mucho mejor con el de Picasso, que no es tan perro como lo pintan.
A las seis, disfruto de una gran película. Se trata de "El Gatopardo", adaptación de la novela de Lampedusa. Una obra maestra del inconmensurable Luchino Visconti. Puede que ustedes no estén de acuerdo pero, en mi opinión, Visconti es al cine lo que Wagner a la música. Sublime el personaje del príncipe Salinas, magníficamente interpretado por Burt Lancaster, tanto en su intempestiva iracundia como en la inteligencia de sus conjeturas políticas. Si no hubiera aceptado ese baile con la bellísima Cardinale, tal vez se le habría podido considerar como prototipo genuino del dandi. Cuántas reputaciones se han visto oscurecidas por sucumbir bajo tan imperdonable actividad. Sin embargo, hemos de juzgar como excelsa la forma de bailar ese vals por parte del actor americano. No me extraña que Visconti lo tuviera como uno de sus actores preferidos. En cambio, discrepo con el maestro en otra de sus preferencias: Helmut Berger. No lo soporto. Claro que es mucho más deprimente, en cuanto a la interpretación se refiere, resulta ese muchacho francés, Alain Delón, otro de sus iconos. No obstante, todos sabemos el intenso cariz sexual que solían impregnar las elecciones artísticas de Visconti. Por el contrario, estoy completamente de acuerdo en la elección de Dirk Bogarde interpretando el papel del profesor Aschembach en "Muerte en Venecia". Naturalmente, son opiniones muy personales que ustedes, si les parece, no tienen por qué tener en cuenta. Faltaría más.
  




15 de abril de 2015

J.D.SALINGER




El señor Salinger y yo estábamos citados en la cafetería del Hotel Biltmore de Nueva York, pero la primera condición que me puso para ser entrevistado fue que no hablaríamos de “El guardián entre el centeno”. Por teléfono tenía una voz muy agradable. Yo le prometí que no le preguntaría nada acerca de su única novela y al final y muy a regañadientes aceptó verse conmigo en ese hotel tan significativo para él y para sus lectores. También me advirtió que nada comentaría acerca de su familia, esposas, novias, amantes, hijos, sobrinos y otras faunas por el estilo.
         Le di mi palabra a todo lo que me pidió, casi me hizo jurar sobre una Biblia, y así me prometió que nos veríamos en el Biltmore a las ocho de la tarde. También me dijo que tuviera preparada la cartera porque llegaría muerto de hambre y querría cenar. Naturalmente, acepté todas las condiciones que me impuso y empecé a pensar en cómo le entraría yo para que nuestra conversación fuera lo suficientemente digna de ser entregada a la imprenta.
Yo sabía muy bien que Salinger era una calcomanía de ese adolescente llamado Holden Caulfield, el personaje principal y narrador de “El guardián entre el centeno”. Aunque sin el encanto del personaje literario. Porque en el fondo, tanto el uno como el otro, son lo que se dice unos verdaderos misántropos. No he visto en la vida tanta correspondencia entre la personalidad de un autor y su creación literaria.
En mi opinión, creo que Salinger no pudo escribir otra novela porque le fue imposible exigirse a sí mismo un poco más de sinceridad. A Salinger, después de escribirla, no le quedó dentro ni un suspiro más de sinceridad. Había agotado el cupo. Y es que la sinceridad, desde mi punto de vista, es una virtud de lo más esencial para escribir. Yo diría, si me apuran, que imprescindible. Y yo creo que esa novela es una de las más sinceras que se hayan escrito jamás. Y, en consecuencia, es sin duda la que agotó la energía creativa de Salinger.
Cuando Holden Caulfield dice que a él le gustaría ser de mayor ese guardián entre el centeno que evita que los niños caigan por el precipicio, para mí está diciendo que su verdadera vocación es la de ángel de la guarda. Una vocación que obviamente se le truncó por unas circunstancias tozudamente adversas. Y si no pudo convertirse en ese ángel de la guarda, eligió como alternativa todo lo contrario. Es decir, se convirtió en un verdadero misántropo. Un ser malhumorado, gruñón y terriblemente celoso de su intimidad.
A Truman Capote le ocurrió algo parecido con “A sangre fría”.  También él quiso convertirse en el ángel de la guarda de los asesinos de los Klutter. Incluso llegó a insinuar que se enamoró de uno de ellos. Sin embargo, terminó deseando que los colgaran de una vez para poder acabar la jodida novela. Téngase en cuanta que las apelaciones de los abogados demoraron las ejecuciones así como unos seis años. “A sangre fría” fue la obra que, como un endriago, maligno y hambriento,  devoró las energías creativas de Truman Capote. Lo mismo que “El guardián” segó de raíz la carrera literaria de Salinger. Ambos trataron de escribir alguna cosa después de aquellos dos bombazos editoriales, pero lo que salió de sus plumas en ningún caso mereció la pena el esfuerzo.
El bar del Hotel Biltmore es de un lujo excesivo. Incluso yo diría que de un lujo cursi y de muy mal gusto. Claro que, como decía don Eugenio d´Ors, lo cursi abriga. Pero antes me gustaría aclarar que el Hotel Biltmore resulta que es el famoso Hotel Edmont de la novela de Salinger. Un hotel que tampoco corresponde a la humildad que el autor refleja en el libro. Sobre todo en el capítulo en que un botones se convierte en proxeneta timador y sacude de lo lindo al pobre Holden. Pero estas disonancias ocurren siempre que los lectores se vuelven prolijos en sus investigaciones literarias. Ningún lector debería ir más allá de la historia que cuenta el autor. Al menos yo no lo recomiendo.
Cuando apareció Salinger por la puerta del bar, lo primero que hizo fue pararse y mirar detenidamente a su alrededor. Los demás muertos que estaban en la barra tomando copas se le quedaron mirando. Ellos sabían de sobra quién era aquella figura alta y de pelo negro que acababa de entrar. Los vivos fueron incapaces de reconocer a aquel señor tan elegante. Así que le hice una seña con la mano para que me viera. Después él se acercó como regodeándose en cada paso que daba. Aparentaba unos cuarenta años. Casi todos los muertos con quienes hablo aparentan alrededor de los cuarenta años. Las muertas en cambio no suelen ir más allá de los veinte o los veinticinco. Son los privilegios que conceden en el Otro Mundo.
--¿Le gusta este hotel? –le pregunté de sopetón, como el que no quiere la cosa.
--No me gusta en absoluto –me contestó, imprimiendo a sus palabras y a sus gestos la máxima seriedad. Yo creo que empezó a olerse la encerrona que le tenía preparada--. Y no me gusta porque aborrezco el lujo.
--Tiene usted razón. Este hotel me parece demasiado lujoso. Tan lujoso que resulta difícil imaginar que un proxeneta pueda trabajar en él. ¿No le parece?
--Es posible que un proxeneta como el de mi novela no cuadre con el lujo de este hotel. Sin embargo, todo el mundo sabe que los proxenetas se camuflan como los camaleones. Le aseguro que en cuanto chasque los dedos aparece como una media docena de ellos. Por cierto me gustaría  tomar un coctel antes de cenar. ¿Le importa?
--En absoluto. Pida lo que quiera.
--Camarero, por favor, ¿sería tan amable de prepararme un negroni?
Me estuvo hablando del negroni durante más de una hora. La verdad es que se enfrascó en una disquisición acerca de las bondades de los cócteles. También me contó que en vida nunca le gustó beber más alcohol de lo puramente medicinal. Un resquicio por donde pude colarme y volver a lo que allí me había llevado.
--Para ser usted un hombre que se bebía su propia orina, sabe mucho de cócteles.
--He aprendido  la ciencia de los cócteles después de muerto. En el otro mundo sirven unos cócteles excelentes. Los hay de todas las clases que usted pueda imaginar. Y en cuanto a lo otro, recuerdo que hubo como una docena de periodistas que fueron diciéndole a todo el mundo que yo me bebía min propia orina. Por el amor de Dios.
--¿No es cierto?
--Pues claro que es cierto, pero lo hacía cuando enfermaba y por una razón terapéutica. Maldita sea. El problema es el analfabetismo de la gente y su adicción a los medicamentos y a toda clase de drogas. Es una máxima de la medicina antigua que aquello que nos enferma también nos puede curar. Y si en la orina van disueltos esos mismos gérmenes o esos principios activos que nos han enfermado, aunque ya muy desactivados, al ingerirlos tienen la propiedad de sanarnos. Cualquier ser vivo de la naturaleza, orgánico o inorgánico, encierra una dualidad en sí mismo. Esa es la teoría. De ahí a que a mí me gustase beberme la orina como refresco va un abismo intergaláctico. ¿No le parece? Por favor, cambie de tema.
--¿Le gusta la música de John Lennon?
--Ya sé por qué me hace esa pregunta. Es usted muy listo. Sin embargo, le voy a contestar a pesar de ir en contra de mis principios. La música de John Lennon me aburre más que cualquier otra música de este mundo. Odio la música de John Lennon sobre todas la cosas. Aunque mucho más que su música, odio las letras de sus canciones. Sobre todo la de “Imagine”. No recuerdo una letra más falsa que la de esa canción. El mundo es un infierno, amigo mío, y todos esos violines que suenan para auspiciar un mundo mejor deberían enmudecer al instante. A decir verdad, detrás de cada uno de ellos sólo hay falsedad y negocio. ¿Alguien ha calculado el dinero que Lennon ganó con esa canción?
--No lo sé, pero usted se ha desviado a propósito de lo que yo quería que comentase. Me refiero a que el asesino de Lennon, Frank David Chapman, llevaba consigo su novela en el momento de matarlo.
--Ya sé que hay gente que quiere cargarme ese muerto. Pero tenga en cuenta que de los casi doscientos millones de ejemplares que se han vendido desde que apareció mi novela, solamente han podido colgarme el caso de Lennon. Si lo llego a saber escribo otra con el mismo tema para mejorar esos números.
--También dicen que la actitud de su protagonista estimula a los jóvenes al consumo de tabaco y de alcohol y también a frecuentar prostitutas. Y, para colmo de males, piensan que les empuja a faltar a clase y a no pegar ni clavo en los estudios.
--Espero que al pobre Holden no lo culpen también del ataque a las Torres Gemelas. Le aseguro que si los imbéciles volaran no volveríamos a ver el sol. Holden Caulfield sólo es un adolescente, asustado por la vida y afectado por la muerte de un hermano, que tiembla ante tanta estupidez como se le viene encima. Igual que yo temblaba cuando estaba vivo. Y aquí hemos terminado todo lo referente a “El guardián entre el centeno”. Recuerde su promesa de no tocar este tema.
--Cambiemos el tercio pues --le dije. Tendrían que haberle visto el careto que se le puso al muerto--. Usted se hizo amigo de Hemingway en aquel París recién liberado de 1944. ¿Mantuvieron la amistad  hasta el final?
--Prácticamente, después de la publicación de mi novela no frecuenté la amistad de casi nadie. Y mucho menos la de Hemingway, un auténtico fanfarrón, un bebedor sin ninguna clase de límites, además de violento y camorrista. Un tipo de lo más peligroso cuando estaba borracho. Hablaba como si la liberación de París la hubiera llevado a cabo él solito. Y para colmo de males, me ha parecido siempre que es un escritor bastante mediocre. En mi opinión, no creo que haya una novela más falsa que “Adiós a las armas”. Yo lo conocí en París y lo cierto es que salí algunas noches con él y también con Robert Capa, el fotógrafo, pero me fue físicamente imposible, también anímicamente, seguir el ritmo alcohólico de esos dos personajes. Y Capa no era un mal tipo, se lo aseguro, pero estaba demasiado amargado por la muerte de una chica en la guerra civil española.
Salinger y yo cenamos apaciblemente en el restaurante del hotel. Me habló de lo bien que se lo pasaba en el Más Allá, asegurándome que tiene las mismas costumbres de cuando estaba vivo. Es decir, apenas sale de casa y escribe todo lo que le da la gana. Pero que su mayor gozo es que ya no siente el reúma y no le duele nada y está como una rosa. O sea que ya no necesita los lingotazos de orina ni nada parecido. También me dijo que no echaba de menos a nadie y que morirse había sido lo mejor que le había sucedido en la vida. Al final me pidió que le llamara Jerome. Y es que los negroni son de efecto retardado.