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15 de abril de 2015

J.D.SALINGER




El señor Salinger y yo estábamos citados en la cafetería del Hotel Biltmore de Nueva York, pero la primera condición que me puso para ser entrevistado fue que no hablaríamos de “El guardián entre el centeno”. Por teléfono tenía una voz muy agradable. Yo le prometí que no le preguntaría nada acerca de su única novela y al final y muy a regañadientes aceptó verse conmigo en ese hotel tan significativo para él y para sus lectores. También me advirtió que nada comentaría acerca de su familia, esposas, novias, amantes, hijos, sobrinos y otras faunas por el estilo.
         Le di mi palabra a todo lo que me pidió, casi me hizo jurar sobre una Biblia, y así me prometió que nos veríamos en el Biltmore a las ocho de la tarde. También me dijo que tuviera preparada la cartera porque llegaría muerto de hambre y querría cenar. Naturalmente, acepté todas las condiciones que me impuso y empecé a pensar en cómo le entraría yo para que nuestra conversación fuera lo suficientemente digna de ser entregada a la imprenta.
Yo sabía muy bien que Salinger era una calcomanía de ese adolescente llamado Holden Caulfield, el personaje principal y narrador de “El guardián entre el centeno”. Aunque sin el encanto del personaje literario. Porque en el fondo, tanto el uno como el otro, son lo que se dice unos verdaderos misántropos. No he visto en la vida tanta correspondencia entre la personalidad de un autor y su creación literaria.
En mi opinión, creo que Salinger no pudo escribir otra novela porque le fue imposible exigirse a sí mismo un poco más de sinceridad. A Salinger, después de escribirla, no le quedó dentro ni un suspiro más de sinceridad. Había agotado el cupo. Y es que la sinceridad, desde mi punto de vista, es una virtud de lo más esencial para escribir. Yo diría, si me apuran, que imprescindible. Y yo creo que esa novela es una de las más sinceras que se hayan escrito jamás. Y, en consecuencia, es sin duda la que agotó la energía creativa de Salinger.
Cuando Holden Caulfield dice que a él le gustaría ser de mayor ese guardián entre el centeno que evita que los niños caigan por el precipicio, para mí está diciendo que su verdadera vocación es la de ángel de la guarda. Una vocación que obviamente se le truncó por unas circunstancias tozudamente adversas. Y si no pudo convertirse en ese ángel de la guarda, eligió como alternativa todo lo contrario. Es decir, se convirtió en un verdadero misántropo. Un ser malhumorado, gruñón y terriblemente celoso de su intimidad.
A Truman Capote le ocurrió algo parecido con “A sangre fría”.  También él quiso convertirse en el ángel de la guarda de los asesinos de los Klutter. Incluso llegó a insinuar que se enamoró de uno de ellos. Sin embargo, terminó deseando que los colgaran de una vez para poder acabar la jodida novela. Téngase en cuanta que las apelaciones de los abogados demoraron las ejecuciones así como unos seis años. “A sangre fría” fue la obra que, como un endriago, maligno y hambriento,  devoró las energías creativas de Truman Capote. Lo mismo que “El guardián” segó de raíz la carrera literaria de Salinger. Ambos trataron de escribir alguna cosa después de aquellos dos bombazos editoriales, pero lo que salió de sus plumas en ningún caso mereció la pena el esfuerzo.
El bar del Hotel Biltmore es de un lujo excesivo. Incluso yo diría que de un lujo cursi y de muy mal gusto. Claro que, como decía don Eugenio d´Ors, lo cursi abriga. Pero antes me gustaría aclarar que el Hotel Biltmore resulta que es el famoso Hotel Edmont de la novela de Salinger. Un hotel que tampoco corresponde a la humildad que el autor refleja en el libro. Sobre todo en el capítulo en que un botones se convierte en proxeneta timador y sacude de lo lindo al pobre Holden. Pero estas disonancias ocurren siempre que los lectores se vuelven prolijos en sus investigaciones literarias. Ningún lector debería ir más allá de la historia que cuenta el autor. Al menos yo no lo recomiendo.
Cuando apareció Salinger por la puerta del bar, lo primero que hizo fue pararse y mirar detenidamente a su alrededor. Los demás muertos que estaban en la barra tomando copas se le quedaron mirando. Ellos sabían de sobra quién era aquella figura alta y de pelo negro que acababa de entrar. Los vivos fueron incapaces de reconocer a aquel señor tan elegante. Así que le hice una seña con la mano para que me viera. Después él se acercó como regodeándose en cada paso que daba. Aparentaba unos cuarenta años. Casi todos los muertos con quienes hablo aparentan alrededor de los cuarenta años. Las muertas en cambio no suelen ir más allá de los veinte o los veinticinco. Son los privilegios que conceden en el Otro Mundo.
--¿Le gusta este hotel? –le pregunté de sopetón, como el que no quiere la cosa.
--No me gusta en absoluto –me contestó, imprimiendo a sus palabras y a sus gestos la máxima seriedad. Yo creo que empezó a olerse la encerrona que le tenía preparada--. Y no me gusta porque aborrezco el lujo.
--Tiene usted razón. Este hotel me parece demasiado lujoso. Tan lujoso que resulta difícil imaginar que un proxeneta pueda trabajar en él. ¿No le parece?
--Es posible que un proxeneta como el de mi novela no cuadre con el lujo de este hotel. Sin embargo, todo el mundo sabe que los proxenetas se camuflan como los camaleones. Le aseguro que en cuanto chasque los dedos aparece como una media docena de ellos. Por cierto me gustaría  tomar un coctel antes de cenar. ¿Le importa?
--En absoluto. Pida lo que quiera.
--Camarero, por favor, ¿sería tan amable de prepararme un negroni?
Me estuvo hablando del negroni durante más de una hora. La verdad es que se enfrascó en una disquisición acerca de las bondades de los cócteles. También me contó que en vida nunca le gustó beber más alcohol de lo puramente medicinal. Un resquicio por donde pude colarme y volver a lo que allí me había llevado.
--Para ser usted un hombre que se bebía su propia orina, sabe mucho de cócteles.
--He aprendido  la ciencia de los cócteles después de muerto. En el otro mundo sirven unos cócteles excelentes. Los hay de todas las clases que usted pueda imaginar. Y en cuanto a lo otro, recuerdo que hubo como una docena de periodistas que fueron diciéndole a todo el mundo que yo me bebía min propia orina. Por el amor de Dios.
--¿No es cierto?
--Pues claro que es cierto, pero lo hacía cuando enfermaba y por una razón terapéutica. Maldita sea. El problema es el analfabetismo de la gente y su adicción a los medicamentos y a toda clase de drogas. Es una máxima de la medicina antigua que aquello que nos enferma también nos puede curar. Y si en la orina van disueltos esos mismos gérmenes o esos principios activos que nos han enfermado, aunque ya muy desactivados, al ingerirlos tienen la propiedad de sanarnos. Cualquier ser vivo de la naturaleza, orgánico o inorgánico, encierra una dualidad en sí mismo. Esa es la teoría. De ahí a que a mí me gustase beberme la orina como refresco va un abismo intergaláctico. ¿No le parece? Por favor, cambie de tema.
--¿Le gusta la música de John Lennon?
--Ya sé por qué me hace esa pregunta. Es usted muy listo. Sin embargo, le voy a contestar a pesar de ir en contra de mis principios. La música de John Lennon me aburre más que cualquier otra música de este mundo. Odio la música de John Lennon sobre todas la cosas. Aunque mucho más que su música, odio las letras de sus canciones. Sobre todo la de “Imagine”. No recuerdo una letra más falsa que la de esa canción. El mundo es un infierno, amigo mío, y todos esos violines que suenan para auspiciar un mundo mejor deberían enmudecer al instante. A decir verdad, detrás de cada uno de ellos sólo hay falsedad y negocio. ¿Alguien ha calculado el dinero que Lennon ganó con esa canción?
--No lo sé, pero usted se ha desviado a propósito de lo que yo quería que comentase. Me refiero a que el asesino de Lennon, Frank David Chapman, llevaba consigo su novela en el momento de matarlo.
--Ya sé que hay gente que quiere cargarme ese muerto. Pero tenga en cuenta que de los casi doscientos millones de ejemplares que se han vendido desde que apareció mi novela, solamente han podido colgarme el caso de Lennon. Si lo llego a saber escribo otra con el mismo tema para mejorar esos números.
--También dicen que la actitud de su protagonista estimula a los jóvenes al consumo de tabaco y de alcohol y también a frecuentar prostitutas. Y, para colmo de males, piensan que les empuja a faltar a clase y a no pegar ni clavo en los estudios.
--Espero que al pobre Holden no lo culpen también del ataque a las Torres Gemelas. Le aseguro que si los imbéciles volaran no volveríamos a ver el sol. Holden Caulfield sólo es un adolescente, asustado por la vida y afectado por la muerte de un hermano, que tiembla ante tanta estupidez como se le viene encima. Igual que yo temblaba cuando estaba vivo. Y aquí hemos terminado todo lo referente a “El guardián entre el centeno”. Recuerde su promesa de no tocar este tema.
--Cambiemos el tercio pues --le dije. Tendrían que haberle visto el careto que se le puso al muerto--. Usted se hizo amigo de Hemingway en aquel París recién liberado de 1944. ¿Mantuvieron la amistad  hasta el final?
--Prácticamente, después de la publicación de mi novela no frecuenté la amistad de casi nadie. Y mucho menos la de Hemingway, un auténtico fanfarrón, un bebedor sin ninguna clase de límites, además de violento y camorrista. Un tipo de lo más peligroso cuando estaba borracho. Hablaba como si la liberación de París la hubiera llevado a cabo él solito. Y para colmo de males, me ha parecido siempre que es un escritor bastante mediocre. En mi opinión, no creo que haya una novela más falsa que “Adiós a las armas”. Yo lo conocí en París y lo cierto es que salí algunas noches con él y también con Robert Capa, el fotógrafo, pero me fue físicamente imposible, también anímicamente, seguir el ritmo alcohólico de esos dos personajes. Y Capa no era un mal tipo, se lo aseguro, pero estaba demasiado amargado por la muerte de una chica en la guerra civil española.
Salinger y yo cenamos apaciblemente en el restaurante del hotel. Me habló de lo bien que se lo pasaba en el Más Allá, asegurándome que tiene las mismas costumbres de cuando estaba vivo. Es decir, apenas sale de casa y escribe todo lo que le da la gana. Pero que su mayor gozo es que ya no siente el reúma y no le duele nada y está como una rosa. O sea que ya no necesita los lingotazos de orina ni nada parecido. También me dijo que no echaba de menos a nadie y que morirse había sido lo mejor que le había sucedido en la vida. Al final me pidió que le llamara Jerome. Y es que los negroni son de efecto retardado.



17 de marzo de 2015

NELSON ALGREN



Mi encuentro con el señor Algren tuvo lugar en un bar de Detroit, un bar decorado con una exageración de madera falsa, tan falsa como horrible era la calle donde estaba situado: la avenida Detroit, más propia de un polígono industrial que de una ciudad moderna. Claro que Detroit ya ni es una ciudad moderna ni mucho menos antigua, sino todo lo contrario. Quiero decir que sólo es el recuerdo de lo que fue y una promesa de lo que jamás volverá a ser.
Hasta los clientes del bar parecían aún más fantasmales que el propio Algren, que ese sí que era un fantasma de lo más profesional, ya que murió en Long Island a principios de los ochenta, si mal no recuerdo. Dicen que, cuando mueren, todos los americanos que han sido buenos y ricos van a Long Island. Pues bien, Algren ya estaba instalado allí cuando murió, supongo que en una de esas mansiones para millonarios que salen en las películas. Creo que Ring Lardner y Scott Fitzgerald vivieron no muy lejos de la casa de Algren, aunque algunos años antes. Tal vez como unos cuarenta o cincuenta de diferencia. Sin embargo, como la cosa se dirime pacíficamente entre muertos y, según cuentan, para ellos no existe el tiempo, se podría decir que los tres no sólo fueron vecinos bien avenidos, sino que lo son ahora y se llevan como hermanos, que no es tampoco garantía de nada.
Eran las ocho de una mañana lluviosa. Nelson Algren es un tipo algo más alto que yo, y, lo que es imperdonable, mucho más joven y rico. Por experiencia sé muy bien que los muertos escogen para manifestarse el aspecto que más les favoreció en vida. Y Nelson Algren no ha sido ninguna excepción a la regla. Pues bien, se trata de un tipo de unos cuarenta años, delgado y fibroso, con un rostro algo rubicundo de piel, haciendo juego con su pelo. Además transpira no sólo juventud sino una serenidad envidiable. En realidad es uno de esos tipos viriles que tanto gustan a las mujeres, aunque con un halo de ingenuidad en su mirada neblinosa de miope. Sólo las gafas le atemperan ligeramente la rudeza y le otorgan el aspecto del gran escritor que siempre ha sido. A decir verdad no me extraña en absoluto que una mujer tan exigente en todos los ámbitos como Simone de Beauvoir se enamorara perdidamente de él.
--¿No me irá a preguntar por mi relación con Simone? No sabe usted cómo me decepcionaría.
--Entonces, dejemos las decepciones para el final. ¿Le apetece un café con leche?
--Prefiero un whisky, si no le importa.
--No le parece demasiado temprano para empezar la fiesta.
--Esta copa no es la primera del día, sino la última de la noche. Hay una gran diferencia.
--Se me parece usted a varios de sus personajes.
--Es que ahora soy todos ellos. El alma de un escritor muerto se funde con las almas de los personajes que llegó a crear en vida. Ahora mismo puedo ser el que más le apetezca que sea. Ese es el motivo de que después de morir me haya ido a vivir a los barrios bajos de Nueva Orleans.
--Creí que vivía en Long Island.
--El que vive en Long Island es el relamido de Fitzgerald. No sé si sabrá que nada más morir se convirtió en Jack Gatsby y, según me han contado, todos los sábados celebra una gran fiesta en los jardines de su mansión. Ahora está esperando a que se muera Mia Farrow para ser completamente feliz.
--¿Qué tienen de atractivo los barrios bajos de Nueva Orleans para que se haya decidido vivir allí?
--La música negra, claro está. Y le juro que también soy exageradamente feliz entre macarras, soplones, prostitutas, timadores, proxenetas, borrachos, drogadictos, tahúres, pederastas, camellos y músicos de jazz. Al fin y al cabo, es la clase de mundo en que viví desde que mi madre me parió, un mundo que luego yo forjé en mis novelas. Le juro que no sabría ser feliz en otro lugar ni con otra gente.
--¿Entonces, qué hacemos en Detroit?
--Detroit es mi ciudad natal y lo he citado aquí porque quería echarle un vistazo por ver más que nada cómo ha quedado después de la quiebra del 2007.
--¿Y que le ha parecido?
--Que por fin ha adquirido un aspecto magnífico. Lo cierto es que siempre fue una ciudad de una fealdad incomparable, pero esta quiebra providencial y esta soledad consecuente han hecho de ella una ciudad bellísima, surrealista, maravillosamente fantasmal. Le confieso que paseando por sus calles vacías casi me encuentro como en casa, aunque le puedo asegurar por experiencia que en el Otro Mundo existen ciudades más pobladas y, por lo tanto, menos fantasmales que ésta.
--Sin embargo, usted prefiere Nueva Orleans.
--Cómo no voy a preferirla. Nueva Orleans es la ciudad del mundo cuyos bajos fondos son estéticamente de una belleza incomparable y, por supuesto, tan inmorales como los de cualquiera. Tenga en cuenta que a esta pequeña comunidad de marginados y delincuentes, casi todos ellos de una vocación a prueba de bomba, les acompaña como música de fondo el mejor repertorio de blues y de jazz que pueda sonar en el Universo. Le aseguro que Nueva Orleans, cuando se echa la noche sobre sus tejados, se convierte en una ciudad teñida por el color violeta de sus bares, surgiendo de sus entrañas todo un océano variadísimo de personajes, tipos a cual más diferente de todo modelo humano que pueda imaginar.
--Pensé que usted era un escritor políticamente comprometido y que escribía sobre estos barrios marginales por llevar a cabo una crítica social. 
--Al principio así fue, incluso me afilié al Partido Comunista, pero enseguida me di cuenta de la estafa de esta ideología, castradora hasta la barbarie de cualquier clase de libertad. Así que mi idea sobre el mundo empezó a variar desde la política a la estética. En realidad, fui sincero conmigo mismo y me di cuenta de que el mundo me gustaba tal como era. Pienso que el mundo debe ser variado, ecléctico, un lugar donde puedan tener cabida todos los colores del arco iris. Lo mismo debería ocurrir en la literatura. ¿Se imagina usted si todos los escritores escribieran como Proust y sus temas rebosaran de duquesas de Guermantes, paseos por los Campos Elíseos, cortesanas carísimas como Odette de Crezy, noches parisinas en el Teatro de la Ópera, actuaciones de la Berma, dandis como el marqués de Charlus y, sobre todo, una taza de té con la magdalena del cuento? La literatura no puede ser prisionera ni del romanticismo ni del realismo ni del naturalismo ni de cualquier otro istmo que a usted se le antoje. La literatura tiene que hacerse cargo, con más o menos acierto, de todos y cada uno de los ambientes de este mundo, desde los más bajos, sucios y rastreros, como se dan en  mi obra, hasta la estética más aristocrática y de buen gusto, como en La Recherche de Marcel Proust, por otro lado la obra más sublime y el mejor escritor de todos los tiempos, si es que en algo vale mi opinión. Sin embargo, amigo mío, tanto si describimos  un ambiente como otro, en el fondo terminamos reflejando tragedias y pecados idénticos. La diferencia que hay entre seres humanos digamos que es puramente estética, ya que en sus corazones anida siempre la misma virtud e idéntica miseria.
--No obstante, en mi opinión, se pasó usted de la raya en esa novela que tituló “Un paseo por el lado salvaje”. ¿No le parece? Demasiada suciedad y sin un claro donde el lector pueda aliviarse, descansar y desprenderse de la porquería que le han volcado encima. Además, todo el mundo dice de esta novela que lo salvaje radica principalmente en su estructura narrativa, ya que los personajes surgen y desaparecen como por encanto o a su libre albedrío, como si usted se fuera inventando la historia según la escribe.
--Mi novela transcurre como si fuera la vida misma. Tenga en cuenta que los acontecimientos de nuestra existencia sólo están ordenados en el tiempo, pero los personajes que intervienen van y vienen, entran y salen, sin otra razón que sus propios intereses o los nuestros. La mayoría de los personajes con los que compartimos la vida no tienen la obligación de perpetuarse a nuestro lado y la mayoría suele evaporarse sin dejar su nueva dirección. De modo que si esta novela no cumple el requisito de tener una trama más o menos lógica, sí al menos se asemeja con más exactitud a lo que en realidad es el normal transcurrir de la vida. Sin contar, naturalmente, con la infinita variedad de imágenes que sugiere, desde las más románticas a las más escatológicas. Se podría decir que esa novela, "Un paseo por el lado salvaje", es una novela concebida puramente en imágenes, y así es como hay que leerla. Yo creo que Dmitrik perdió una gran oportunidad de hacer una magnífica película.  
--Es verdad, la novela fue llevada al cine por Edward Dmitrik con el título en español de “La gata negra”. ¿Entonces, no le gustó la adaptación cinematográfica?
--John Fante, que fue el guionista, me llamó para decirme que la historia, tal como yo la había escrito, era imposible llevarla a la pantalla. De modo que se limitó a utilizar ciertos personajes, inventarse otros nuevos y con ese material construir una trama más o menos lógica, aunque inexistente en la novela. De modo que si analizamos la película como una obra independiente, se la podría considerar como de un acabado aceptable. Pero no me gustó que confiriese a los bajos fondos de la vieja Nueva Orleans un barniz de buen tono, casi aristocrático, y sin un ápice de esa estética barriobajera, chillona y de mal gusto con que están teñidos los personajes y los ambientes que yo inventé. Fíjese que hasta el mismísimo Oliver, un chulo de metro y medio, feo y repugnante, aparece en la cinta vestido de smoking y con la facha de un galán de Hollywood. En mi opinión, la película  podría estar rodada tanto en el mismo balneario de Marienbad como en un club nocturno de Baden Baden. En cualquier lugar menos en Nueva Orleans. Creo que Dmitrik tiró a la basura un montón de imágenes magníficas que le novela le puso en bandeja. Una pena.
Nelson Algren se marchó sin querer responder a las preguntas que le formulé acerca de otra de sus novelas más famosas, “El hombre del brazo de oro”, ni tampoco quiso decir ni media sobre sus relaciones amorosas con Simone de Beauvoir, una mujer de mucha exigencia, según el decir de los que la trataron. No obstante, me prometió concederme otra entrevista en cualquier otro siglo, adelantándome que hablaremos de lo que me venga en gana, incluso de la voracidad de su famosa amante francesa. La verdad es que Algren despareció de mi vista como la mayoría de sus personajes novelescos, es decir, casi a la mitad de nuestra conversación, dejándome con la palabra en la los labios. Algo así como a la francesa.


22 de febrero de 2015

DAPHNE DU MAURIER



Hablamos por teléfono y me concedió la entrevista. Me dijo que nos veríamos en la mansión de Menabilly, la casa donde según parece escribió su novela más famosa, Rebecca, y también donde nacieron sus tres hijos, dos niñas y un niño Quedamos a las cinco y me prometió que tomaríamos el té, dejándome bien claro que ella, por supuesto, era una inglesa tradicional y la ceremonia del té le era sagrada y que sería un honor compartirla conmigo. Un cumplido muy hermoso, así que se lo devolví asegurándole que el honor, naturalmente, era sólo mío, pues no todos los días podía uno sentarse a tomar el té con una personalidad de tantos quilates como Daphne du Maurier.
Lo primero que pensé es que me había pasado en la coba, pero resultó que, incluso para los muertos, los elogios aún son susceptibles de exagerarse cuanto a uno le convenga, pues, como pura vaselina, suavizan el alma de cualquiera. Así que empecé a preocuparme de cómo llegar puntual a la cita. Ya se sabe la importancia que dan los ingleses a este respecto. Y allí estaba ella, preparándolo todo, colocando las tazas y los cubiertos y los platitos con los sándwiches en una mesa con mantel blanco que había dispuesto en el jardín. Todo era de porcelana blanquísima, con dibujitos rosas y las servilletas, diminutas hasta el exceso, pero que al tacto me parecieron de hilo finísimo.
Nos dimos un buen apretón de manos; la de ella una mano larga y fina, pero con firmeza de hombre. Me pidió por favor que tomara asiento, sugiriéndome al tiempo que le llamase señora Browning, el apellido de su marido, ya que así le había llamado todo el mundo hasta su muerte. Así que asentí con la cabeza y enseguida me dediqué a escudriñarlo todo.
La mansión era de piedra, de dos plantas, con una fila de ocho ventanas, perfectamente alineadas, en la segunda, y sólo seis en la primera, tres y tres, ya que la puerta de entrada la dividía en dos mitades. Todas las ventanas lucían un marco de madera blanca, permitiendo un contraste muy acusado con el tono oscuro de la piedra. Naturalmente, como todas las casas de campo británicas, estaba rodeada de césped, que es donde la escritora había colocado la mesa del té, como a unos veinte metros de la fachada.
Nos resultó de lo más extraño que no soplara el viento, sobre todo a ella, ya que todo el mundo sabe que la costa de Cornualles es tradicionalmente ventosa. Incluso la temperatura nos pareció de lo más veraniega, aunque estábamos en mayo, una rareza si bien se mira. La señora Browning lo achacó a los cambios sin tino que últimamente ofrecen los fenómenos del clima. Claro que los muertos no estamos a expensas de estas mudanzas, me dijo, mirándome con mucha fijeza a los ojos, como si quisiera comprobar el estado de mi alma. Los muertos sólo podemos fingir que estamos vivos, insistía ella, y que la vida y sus circunstancias nos afectan lo mismo que a ustedes.
La verdad es que me impresionaron sus palabras. Y también sus ojos, que eran de un azul intenso, casi violáceo. Para mí que aparentaba tener como unos veinticinco años. Sin duda se trataba de una chica alta, espigada y ligera de carnes. Me pareció muy inglesa en todas y cada una de las esencias de su persona. Advertí que su cabeza era exageradamente pequeña para la altura que presentaba de cuerpo. Quiero decir que la proporción entre tamaños no me pareció la más idónea. Además, su cara, mirada de frente, me resultó demasiado angulosa por la parte del mentón, en total desarreglo con la anchura de la frente. Incluso la nariz tenía algo así como un aire de inexistencia, excesivamente respingona para mi gusto. Sin hablar de la exagerada planicie del resto del cuerpo y demás extremidades. Nada por delante, nada por detrás. Quiero decir que la señora Browning no me pareció ni de cerca el tipo de mujer que suele gustarme, si es que puedo ser completamente sincero. Mis gustos en la materia, por así decirlo, son más mediterráneos, aunque ahora no se me ocurre ningún ejemplo de escritora de esa zona que responda con fidelidad a tales cánones. Si es que existen esos cánones.
En compensación, me atrevería a pontificar acerca de un tema que no todo el mundo va estar de acuerdo. Me refiero a que las mejores escritoras de la historia de la literatura son las inglesas. Y no es que Daphne du Maurier me haya parecido un genio de la literatura, pero digamos que mezclada y agitada entre Virginia Woolf, las hermanas Bronté, Jane Austen y Agatha Christie, hasta es posible que pueda parecernos un miembro imprescindible del grupo.
Sorprendentemente, enseguida empezamos a discutir acerca de cómo debería servirse la taza de té perfecta. Me refiero, claro, al té con leche. En realidad, fue ella quien sacó el tema a relucir y al respecto se despachó después a su gusto Lo de la discusión no ha sido más que un eufemismo por mi parte. Porque fue ella, la señora Browning, quien comenzó a pontificar, como poseída por un espíritu infalible, acerca del té y su forma de tomarlo. Al parecer, muy al contrario de lo que siempre dijo una autoridad en la materia como George Orwell, la leche es lo primero que debe echarse en la taza, es decir, antes que el té, con el fin de que la mezcla entre ambos fluidos se complete a la perfección y en su totalidad. Naturalmente, según me aseguró la escritora, el té tiene que ser de Ceilán, mucho mejor que el chino.
Así que no fue hasta terminar mi última taza, cuando la señora Browning aceptó por fin que yo comenzara con mis preguntas y comentarios acerca de su vida y obra. Empezamos con Rebecca. Ella estuvo de acuerdo en que esta novela era un buen principio para nuestra conversación, no en vano había sido la llave que mágicamente le había abierto los salones de la fama mundial. Claro que el mago fue nada menos que Alfred Hitchcoch, que, como se sabe, adaptó la novela al cine, consiguiendo un gran éxito de público en el mundo entero. De manera que el nombre de Daphne du Maurier apareció en las pantallas de los cinco continentes, obteniendo, claro, una fama universal.
Sin embargo, si en algo se resistió la señora Browning, digamos que con demasiada determinación, fue cuando entramos en el análisis psicológico de la historia, aunque su resistencia del principio se vino abajo cuando pronuncié el nombre del padre: Gerald du Maurier, un nombre que lleva implícito, además de múltiples dones y habilidades profesionales, una sucesión interminable de amantes que alteró de alguna manera el equilibrio psicológico de la hija.
A decir verdad, no tardó demasiado en reconocer que sí, que en cierta forma los celos fueron terribles por su causa y que también podría ser cierta mi insinuación acerca de que hubiera estado enamorada de él, pero que esa relación entraba de lleno a formar parte de los muchos secretos que lleva aparejada su biografía. Así me lo dijo, con esas mismas palabras, asomando en sus ojos una chispa casi imperceptible de malevolencia incontenida.
Claro que esa fue la señal para empezar a buscar en su obra cualquier síntoma de neurosis. Y no hay que molestarse demasiado en una búsqueda exhaustiva, ya que casi sin querer lo encontramos en su novela predilecta: Rebecca. Naturalmente, la escritora me reconoció que nuestra heroína sin nombre nos da a entender que entre su padre y ella había habido una relación muy especial. También me reconoció, no sin alguna reticencia, que Maxim de Winter, con quien la joven se casa, es también un sucedáneo de la figura del padre; entre otras cosas porque le dobla la edad y su aspecto de señor con sombrero y traje gris así nos lo confirma. Sin duda alguna, se trata de las dos cuestiones que nos llevan a pensar en un posible complejo paterno.
No obstante, como me dijo la señora Browning,  la verdadera amenaza que se cierne sobre la chica proviene en realidad de la parte femenina: desde la señora van Hopper hasta, una vez en Manderley, la señora Danvers y el fantasma de Rebecca. Me refiero a que todo el mujerío de la historia digamos que se conjura peligrosamente en contra de la joven. A decir verdad, todas esas señoras juntas representan unitariamente a la arquetípica madre terrible y celosa que trata de impedir la felicidad de su hija con el príncipe azul, un mitologema que se repite en infinidad de cuentos infantiles, desde el de “Blancanieves y los siete enanitos” al de “Cenicienta”, por poner los dos ejemplos más famosos. Claro que en el caso particular que nos cuenta Daphne du Maurier en Rebecca, el elegido no es ningún príncipe azul, sino la figura del padre, que es la razón de que todas las fuerzas femeninas del inconsciente de la joven formen en orden de batalla para impedir el incesto. Naturalmente, la escritora no estuvo de acuerdo con mi interpretación psicológica y trató de defenderse señalando como ejemplo de inocencia el amor purísimo y de lo más cursi que sienten los dos tortolitos de su historia. Pero eso sucede, obviamente, porque fue lo que ella quiso escribir. Sin embargo, desde mi punto de vista, la mente de la autora, inconscientemente, impregnó la historia con los aromas patológicos de una neurosis que sin ninguna duda había padecido en vida.
También ante su perplejidad, me permití la libertad de referirme a otra de sus novelas: “La posada de Jamaica”, donde el complejo paterno se ve verificado y aumentado con total claridad en la figura todopoderosa del juez de paz de la isla: Sir Humphrey Penganllan, contra quien la heroína termina luchando con todas sus fuerzas para liberarse definitivamente de su influencia.

Sin mencionar los síntomas añadidos de lesbianismo que, tanto en “Rebecca” como en “La Prima Raquel”, otra de sus novelas, se ponen de manifiesto. Lógicamente, al ser del dominio público,  no tiene más remedio que reconocerme la relación amorosa que en vida mantuvo con Gertrude Lawrence, una actriz de cine y teatro, además de cantante, a la que nadie recuerda en la actualidad, pero que entre los años veinte y cuarenta se convirtió en una gran estrella del espectáculo. Para hacerle justicia se la debería recordar por sus actuaciones tanto en los teatros de Londres, donde fue la actriz principal de muchas de las comedias de Noël Coward, como en los garitos de Broadway, cuyo éxito más rutilante fue la interpretación del papel de Anna Leonowens de la obra “El rey y yo”, nada menos que junto a Yul Brynner.  La señora Browning me contó que conoció a la Lawrence porque escribió para ella una especie de monólogo cómico. Y de ese conocimiento personal surgió el amor entre ambas y así tuvieron su aventura. Pero con la mala suerte de que el “affairs” fue del dominio público y de ahí el escándalo consecuente y los problemas familiares y todo lo demás. La verdad es que me cayó muy bien esa chica, Daphne du Maurier, de un mirar algo extraño e inquietante y, sobre todo, muy entretenida en su conversación, además de ser la anfitriona perfecta y una gran entendida en esos versículos casi masónicos de la ceremonia del té. Una lástima que estuviera muerta.