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17 de agosto de 2015


El GATOPARDO
Diario 17 de agosto de 2015


Ayer fue mi cumpleaños. Tuvimos cena y baile. Notables ausencias y memorables presencias. Miro los escotes femeninos y ni un atisbo de lujuria. Echo de menos algunas felicitaciones, sobre todo la de Dora Malengo. ¿Dónde estás querida Dora? No tengo más remedio que bailar “Cachita” con Mrs. Robinson. Un par de copas de champán. Tal vez, cuatro. Más tarde, en la cama, sobre las tres y media, me duelen las piernas. Pienso en el Ibuprofeno efervescente, pero me da pereza levantarme. Tardo en dormirme. Doy vueltas y vueltas. Al final he debido dormir algo así como unas cuatro horas. No sabría decirles.
Me levanto a las nueve en punto. Hace frío. Actividad habitual para un estado imperfecto de revista. A las diez, en mi cuarto de trabajo, comienzo la jornada con la “Pavana para una infanta difunta”. Hay que tener mucho cuidado con la música que inaugura el nuevo día laboral. La Pavana es triste y pensada para un funeral, pero es como un bálsamo y el alma lo agradece. Predispone a la quietud de los sentidos y a ese estado emocional en que brotan las palabras.
Termino las correcciones de “La alegría de los días romanos”. Mañana iré a Zamora para encuadernar el manuscrito y solicitar la propiedad intelectual en la Delegación de la Consejería de Cultura.
Tengo un par de ideas para una nueva novela, pero no acabo de decidirme. Empiezo a padecer un terrible sarpullido de verdadera pereza. De momento prefiero aferrarme a este diario.
Leo a Proust con la parsimonia adecuada. La justa para que el principio de cada frase, al llegar a su término, no se me pierda en la memoria. Marcel pasa unos días con su abuela en el Grand Hotel de Balbec y, por fin, está a punto de conocer a Albertina, una de las muchachas en flor. Lo sé porque es la tercera vez que leo esta obra, la más hermosa de todas las novelas que jamás se hayan escrito. Algunos prefieren la obra de Kafka. Pero me inclino más por la exquisita y excesiva sensibilidad de Proust. La "Recherche” es la obra que prueba definitivamente a los buenos lectores. Les recomiendo, amigos míos, que la lean con el corazón, muy despacio, interiorizando el estado febril con que ha sido escrita. Mi consejo es que, antes de atreverse con ella, se ponga el alma en paz escuchando la ya citada “Pavana” o, mucho mejor, si se trata de la “Sonata en re menor” de Saint-Saëns. Resulta que detrás de la famosa “petite phrase” del imaginario Vinteuil, se encuentra esta sonata para violín y piano. Al menos es lo que dice Ghislan de Diesbach en su espléndida biografía del escritor. En cambio, otros conocedores de los secretos de “La Recherche” afirman que detrás del nombre imaginario de Vinteuil y su famosa sonata, se esconden los nombres de Debussy, César Franck y Gabriel Fauré.
Pues bien, dejemos a los eruditos en su elemento y vayamos a lo nuestro. Por ejemplo, ya se imaginarán que el consumo de las sobras de ayer ha resultado obligatorio en el almuerzo de hoy. Pero aclaremos la diferencia entre sobras y restos. Las sobras son los alimentos que quedaron en las fuentes; los restos, por el contrario, son los que los comensales, voluntariamente, han dejado en los platos. La ensaladilla estaba espléndida y primoroso el solomillo con ciruelas. Me decidí por un “San Román”, un excelente tinto de Toro.
La siesta del fauno. Más de una hora dormido en la butaca. Mientras, en la televisin ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽visientado en la butaca, mienstras fuentes y los restos en los platos. Magnif tener mucho cuidado con la me levanto a ón, los animales se despedazan unos a otros. A mí esto de la naturaleza me parece un espectáculo excesivo y de lo más desagradable. No obstante, aprecio su potente efecto narcótico. Para que me entiendan, al único perro que soporto es al de “Las meninas”. Claro que me llevo mucho mejor con el de Picasso, que no es tan perro como lo pintan.
A las seis, disfruto de una gran película. Se trata de "El Gatopardo", adaptación de la novela de Lampedusa. Una obra maestra del inconmensurable Luchino Visconti. Puede que ustedes no estén de acuerdo pero, en mi opinión, Visconti es al cine lo que Wagner a la música. Sublime el personaje del príncipe Salinas, magníficamente interpretado por Burt Lancaster, tanto en su intempestiva iracundia como en la inteligencia de sus conjeturas políticas. Si no hubiera aceptado ese baile con la bellísima Cardinale, tal vez se le habría podido considerar como prototipo genuino del dandi. Cuántas reputaciones se han visto oscurecidas por sucumbir bajo tan imperdonable actividad. Sin embargo, hemos de juzgar como excelsa la forma de bailar ese vals por parte del actor americano. No me extraña que Visconti lo tuviera como uno de sus actores preferidos. En cambio, discrepo con el maestro en otra de sus preferencias: Helmut Berger. No lo soporto. Claro que es mucho más deprimente, en cuanto a la interpretación se refiere, resulta ese muchacho francés, Alain Delón, otro de sus iconos. No obstante, todos sabemos el intenso cariz sexual que solían impregnar las elecciones artísticas de Visconti. Por el contrario, estoy completamente de acuerdo en la elección de Dirk Bogarde interpretando el papel del profesor Aschembach en "Muerte en Venecia". Naturalmente, son opiniones muy personales que ustedes, si les parece, no tienen por qué tener en cuenta. Faltaría más.
  




15 de abril de 2015

J.D.SALINGER




El señor Salinger y yo estábamos citados en la cafetería del Hotel Biltmore de Nueva York, pero la primera condición que me puso para ser entrevistado fue que no hablaríamos de “El guardián entre el centeno”. Por teléfono tenía una voz muy agradable. Yo le prometí que no le preguntaría nada acerca de su única novela y al final y muy a regañadientes aceptó verse conmigo en ese hotel tan significativo para él y para sus lectores. También me advirtió que nada comentaría acerca de su familia, esposas, novias, amantes, hijos, sobrinos y otras faunas por el estilo.
         Le di mi palabra a todo lo que me pidió, casi me hizo jurar sobre una Biblia, y así me prometió que nos veríamos en el Biltmore a las ocho de la tarde. También me dijo que tuviera preparada la cartera porque llegaría muerto de hambre y querría cenar. Naturalmente, acepté todas las condiciones que me impuso y empecé a pensar en cómo le entraría yo para que nuestra conversación fuera lo suficientemente digna de ser entregada a la imprenta.
Yo sabía muy bien que Salinger era una calcomanía de ese adolescente llamado Holden Caulfield, el personaje principal y narrador de “El guardián entre el centeno”. Aunque sin el encanto del personaje literario. Porque en el fondo, tanto el uno como el otro, son lo que se dice unos verdaderos misántropos. No he visto en la vida tanta correspondencia entre la personalidad de un autor y su creación literaria.
En mi opinión, creo que Salinger no pudo escribir otra novela porque le fue imposible exigirse a sí mismo un poco más de sinceridad. A Salinger, después de escribirla, no le quedó dentro ni un suspiro más de sinceridad. Había agotado el cupo. Y es que la sinceridad, desde mi punto de vista, es una virtud de lo más esencial para escribir. Yo diría, si me apuran, que imprescindible. Y yo creo que esa novela es una de las más sinceras que se hayan escrito jamás. Y, en consecuencia, es sin duda la que agotó la energía creativa de Salinger.
Cuando Holden Caulfield dice que a él le gustaría ser de mayor ese guardián entre el centeno que evita que los niños caigan por el precipicio, para mí está diciendo que su verdadera vocación es la de ángel de la guarda. Una vocación que obviamente se le truncó por unas circunstancias tozudamente adversas. Y si no pudo convertirse en ese ángel de la guarda, eligió como alternativa todo lo contrario. Es decir, se convirtió en un verdadero misántropo. Un ser malhumorado, gruñón y terriblemente celoso de su intimidad.
A Truman Capote le ocurrió algo parecido con “A sangre fría”.  También él quiso convertirse en el ángel de la guarda de los asesinos de los Klutter. Incluso llegó a insinuar que se enamoró de uno de ellos. Sin embargo, terminó deseando que los colgaran de una vez para poder acabar la jodida novela. Téngase en cuanta que las apelaciones de los abogados demoraron las ejecuciones así como unos seis años. “A sangre fría” fue la obra que, como un endriago, maligno y hambriento,  devoró las energías creativas de Truman Capote. Lo mismo que “El guardián” segó de raíz la carrera literaria de Salinger. Ambos trataron de escribir alguna cosa después de aquellos dos bombazos editoriales, pero lo que salió de sus plumas en ningún caso mereció la pena el esfuerzo.
El bar del Hotel Biltmore es de un lujo excesivo. Incluso yo diría que de un lujo cursi y de muy mal gusto. Claro que, como decía don Eugenio d´Ors, lo cursi abriga. Pero antes me gustaría aclarar que el Hotel Biltmore resulta que es el famoso Hotel Edmont de la novela de Salinger. Un hotel que tampoco corresponde a la humildad que el autor refleja en el libro. Sobre todo en el capítulo en que un botones se convierte en proxeneta timador y sacude de lo lindo al pobre Holden. Pero estas disonancias ocurren siempre que los lectores se vuelven prolijos en sus investigaciones literarias. Ningún lector debería ir más allá de la historia que cuenta el autor. Al menos yo no lo recomiendo.
Cuando apareció Salinger por la puerta del bar, lo primero que hizo fue pararse y mirar detenidamente a su alrededor. Los demás muertos que estaban en la barra tomando copas se le quedaron mirando. Ellos sabían de sobra quién era aquella figura alta y de pelo negro que acababa de entrar. Los vivos fueron incapaces de reconocer a aquel señor tan elegante. Así que le hice una seña con la mano para que me viera. Después él se acercó como regodeándose en cada paso que daba. Aparentaba unos cuarenta años. Casi todos los muertos con quienes hablo aparentan alrededor de los cuarenta años. Las muertas en cambio no suelen ir más allá de los veinte o los veinticinco. Son los privilegios que conceden en el Otro Mundo.
--¿Le gusta este hotel? –le pregunté de sopetón, como el que no quiere la cosa.
--No me gusta en absoluto –me contestó, imprimiendo a sus palabras y a sus gestos la máxima seriedad. Yo creo que empezó a olerse la encerrona que le tenía preparada--. Y no me gusta porque aborrezco el lujo.
--Tiene usted razón. Este hotel me parece demasiado lujoso. Tan lujoso que resulta difícil imaginar que un proxeneta pueda trabajar en él. ¿No le parece?
--Es posible que un proxeneta como el de mi novela no cuadre con el lujo de este hotel. Sin embargo, todo el mundo sabe que los proxenetas se camuflan como los camaleones. Le aseguro que en cuanto chasque los dedos aparece como una media docena de ellos. Por cierto me gustaría  tomar un coctel antes de cenar. ¿Le importa?
--En absoluto. Pida lo que quiera.
--Camarero, por favor, ¿sería tan amable de prepararme un negroni?
Me estuvo hablando del negroni durante más de una hora. La verdad es que se enfrascó en una disquisición acerca de las bondades de los cócteles. También me contó que en vida nunca le gustó beber más alcohol de lo puramente medicinal. Un resquicio por donde pude colarme y volver a lo que allí me había llevado.
--Para ser usted un hombre que se bebía su propia orina, sabe mucho de cócteles.
--He aprendido  la ciencia de los cócteles después de muerto. En el otro mundo sirven unos cócteles excelentes. Los hay de todas las clases que usted pueda imaginar. Y en cuanto a lo otro, recuerdo que hubo como una docena de periodistas que fueron diciéndole a todo el mundo que yo me bebía min propia orina. Por el amor de Dios.
--¿No es cierto?
--Pues claro que es cierto, pero lo hacía cuando enfermaba y por una razón terapéutica. Maldita sea. El problema es el analfabetismo de la gente y su adicción a los medicamentos y a toda clase de drogas. Es una máxima de la medicina antigua que aquello que nos enferma también nos puede curar. Y si en la orina van disueltos esos mismos gérmenes o esos principios activos que nos han enfermado, aunque ya muy desactivados, al ingerirlos tienen la propiedad de sanarnos. Cualquier ser vivo de la naturaleza, orgánico o inorgánico, encierra una dualidad en sí mismo. Esa es la teoría. De ahí a que a mí me gustase beberme la orina como refresco va un abismo intergaláctico. ¿No le parece? Por favor, cambie de tema.
--¿Le gusta la música de John Lennon?
--Ya sé por qué me hace esa pregunta. Es usted muy listo. Sin embargo, le voy a contestar a pesar de ir en contra de mis principios. La música de John Lennon me aburre más que cualquier otra música de este mundo. Odio la música de John Lennon sobre todas la cosas. Aunque mucho más que su música, odio las letras de sus canciones. Sobre todo la de “Imagine”. No recuerdo una letra más falsa que la de esa canción. El mundo es un infierno, amigo mío, y todos esos violines que suenan para auspiciar un mundo mejor deberían enmudecer al instante. A decir verdad, detrás de cada uno de ellos sólo hay falsedad y negocio. ¿Alguien ha calculado el dinero que Lennon ganó con esa canción?
--No lo sé, pero usted se ha desviado a propósito de lo que yo quería que comentase. Me refiero a que el asesino de Lennon, Frank David Chapman, llevaba consigo su novela en el momento de matarlo.
--Ya sé que hay gente que quiere cargarme ese muerto. Pero tenga en cuenta que de los casi doscientos millones de ejemplares que se han vendido desde que apareció mi novela, solamente han podido colgarme el caso de Lennon. Si lo llego a saber escribo otra con el mismo tema para mejorar esos números.
--También dicen que la actitud de su protagonista estimula a los jóvenes al consumo de tabaco y de alcohol y también a frecuentar prostitutas. Y, para colmo de males, piensan que les empuja a faltar a clase y a no pegar ni clavo en los estudios.
--Espero que al pobre Holden no lo culpen también del ataque a las Torres Gemelas. Le aseguro que si los imbéciles volaran no volveríamos a ver el sol. Holden Caulfield sólo es un adolescente, asustado por la vida y afectado por la muerte de un hermano, que tiembla ante tanta estupidez como se le viene encima. Igual que yo temblaba cuando estaba vivo. Y aquí hemos terminado todo lo referente a “El guardián entre el centeno”. Recuerde su promesa de no tocar este tema.
--Cambiemos el tercio pues --le dije. Tendrían que haberle visto el careto que se le puso al muerto--. Usted se hizo amigo de Hemingway en aquel París recién liberado de 1944. ¿Mantuvieron la amistad  hasta el final?
--Prácticamente, después de la publicación de mi novela no frecuenté la amistad de casi nadie. Y mucho menos la de Hemingway, un auténtico fanfarrón, un bebedor sin ninguna clase de límites, además de violento y camorrista. Un tipo de lo más peligroso cuando estaba borracho. Hablaba como si la liberación de París la hubiera llevado a cabo él solito. Y para colmo de males, me ha parecido siempre que es un escritor bastante mediocre. En mi opinión, no creo que haya una novela más falsa que “Adiós a las armas”. Yo lo conocí en París y lo cierto es que salí algunas noches con él y también con Robert Capa, el fotógrafo, pero me fue físicamente imposible, también anímicamente, seguir el ritmo alcohólico de esos dos personajes. Y Capa no era un mal tipo, se lo aseguro, pero estaba demasiado amargado por la muerte de una chica en la guerra civil española.
Salinger y yo cenamos apaciblemente en el restaurante del hotel. Me habló de lo bien que se lo pasaba en el Más Allá, asegurándome que tiene las mismas costumbres de cuando estaba vivo. Es decir, apenas sale de casa y escribe todo lo que le da la gana. Pero que su mayor gozo es que ya no siente el reúma y no le duele nada y está como una rosa. O sea que ya no necesita los lingotazos de orina ni nada parecido. También me dijo que no echaba de menos a nadie y que morirse había sido lo mejor que le había sucedido en la vida. Al final me pidió que le llamara Jerome. Y es que los negroni son de efecto retardado.



17 de marzo de 2015

NELSON ALGREN



Mi encuentro con el señor Algren tuvo lugar en un bar de Detroit, un bar decorado con una exageración de madera falsa, tan falsa como horrible era la calle donde estaba situado: la avenida Detroit, más propia de un polígono industrial que de una ciudad moderna. Claro que Detroit ya ni es una ciudad moderna ni mucho menos antigua, sino todo lo contrario. Quiero decir que sólo es el recuerdo de lo que fue y una promesa de lo que jamás volverá a ser.
Hasta los clientes del bar parecían aún más fantasmales que el propio Algren, que ese sí que era un fantasma de lo más profesional, ya que murió en Long Island a principios de los ochenta, si mal no recuerdo. Dicen que, cuando mueren, todos los americanos que han sido buenos y ricos van a Long Island. Pues bien, Algren ya estaba instalado allí cuando murió, supongo que en una de esas mansiones para millonarios que salen en las películas. Creo que Ring Lardner y Scott Fitzgerald vivieron no muy lejos de la casa de Algren, aunque algunos años antes. Tal vez como unos cuarenta o cincuenta de diferencia. Sin embargo, como la cosa se dirime pacíficamente entre muertos y, según cuentan, para ellos no existe el tiempo, se podría decir que los tres no sólo fueron vecinos bien avenidos, sino que lo son ahora y se llevan como hermanos, que no es tampoco garantía de nada.
Eran las ocho de una mañana lluviosa. Nelson Algren es un tipo algo más alto que yo, y, lo que es imperdonable, mucho más joven y rico. Por experiencia sé muy bien que los muertos escogen para manifestarse el aspecto que más les favoreció en vida. Y Nelson Algren no ha sido ninguna excepción a la regla. Pues bien, se trata de un tipo de unos cuarenta años, delgado y fibroso, con un rostro algo rubicundo de piel, haciendo juego con su pelo. Además transpira no sólo juventud sino una serenidad envidiable. En realidad es uno de esos tipos viriles que tanto gustan a las mujeres, aunque con un halo de ingenuidad en su mirada neblinosa de miope. Sólo las gafas le atemperan ligeramente la rudeza y le otorgan el aspecto del gran escritor que siempre ha sido. A decir verdad no me extraña en absoluto que una mujer tan exigente en todos los ámbitos como Simone de Beauvoir se enamorara perdidamente de él.
--¿No me irá a preguntar por mi relación con Simone? No sabe usted cómo me decepcionaría.
--Entonces, dejemos las decepciones para el final. ¿Le apetece un café con leche?
--Prefiero un whisky, si no le importa.
--No le parece demasiado temprano para empezar la fiesta.
--Esta copa no es la primera del día, sino la última de la noche. Hay una gran diferencia.
--Se me parece usted a varios de sus personajes.
--Es que ahora soy todos ellos. El alma de un escritor muerto se funde con las almas de los personajes que llegó a crear en vida. Ahora mismo puedo ser el que más le apetezca que sea. Ese es el motivo de que después de morir me haya ido a vivir a los barrios bajos de Nueva Orleans.
--Creí que vivía en Long Island.
--El que vive en Long Island es el relamido de Fitzgerald. No sé si sabrá que nada más morir se convirtió en Jack Gatsby y, según me han contado, todos los sábados celebra una gran fiesta en los jardines de su mansión. Ahora está esperando a que se muera Mia Farrow para ser completamente feliz.
--¿Qué tienen de atractivo los barrios bajos de Nueva Orleans para que se haya decidido vivir allí?
--La música negra, claro está. Y le juro que también soy exageradamente feliz entre macarras, soplones, prostitutas, timadores, proxenetas, borrachos, drogadictos, tahúres, pederastas, camellos y músicos de jazz. Al fin y al cabo, es la clase de mundo en que viví desde que mi madre me parió, un mundo que luego yo forjé en mis novelas. Le juro que no sabría ser feliz en otro lugar ni con otra gente.
--¿Entonces, qué hacemos en Detroit?
--Detroit es mi ciudad natal y lo he citado aquí porque quería echarle un vistazo por ver más que nada cómo ha quedado después de la quiebra del 2007.
--¿Y que le ha parecido?
--Que por fin ha adquirido un aspecto magnífico. Lo cierto es que siempre fue una ciudad de una fealdad incomparable, pero esta quiebra providencial y esta soledad consecuente han hecho de ella una ciudad bellísima, surrealista, maravillosamente fantasmal. Le confieso que paseando por sus calles vacías casi me encuentro como en casa, aunque le puedo asegurar por experiencia que en el Otro Mundo existen ciudades más pobladas y, por lo tanto, menos fantasmales que ésta.
--Sin embargo, usted prefiere Nueva Orleans.
--Cómo no voy a preferirla. Nueva Orleans es la ciudad del mundo cuyos bajos fondos son estéticamente de una belleza incomparable y, por supuesto, tan inmorales como los de cualquiera. Tenga en cuenta que a esta pequeña comunidad de marginados y delincuentes, casi todos ellos de una vocación a prueba de bomba, les acompaña como música de fondo el mejor repertorio de blues y de jazz que pueda sonar en el Universo. Le aseguro que Nueva Orleans, cuando se echa la noche sobre sus tejados, se convierte en una ciudad teñida por el color violeta de sus bares, surgiendo de sus entrañas todo un océano variadísimo de personajes, tipos a cual más diferente de todo modelo humano que pueda imaginar.
--Pensé que usted era un escritor políticamente comprometido y que escribía sobre estos barrios marginales por llevar a cabo una crítica social. 
--Al principio así fue, incluso me afilié al Partido Comunista, pero enseguida me di cuenta de la estafa de esta ideología, castradora hasta la barbarie de cualquier clase de libertad. Así que mi idea sobre el mundo empezó a variar desde la política a la estética. En realidad, fui sincero conmigo mismo y me di cuenta de que el mundo me gustaba tal como era. Pienso que el mundo debe ser variado, ecléctico, un lugar donde puedan tener cabida todos los colores del arco iris. Lo mismo debería ocurrir en la literatura. ¿Se imagina usted si todos los escritores escribieran como Proust y sus temas rebosaran de duquesas de Guermantes, paseos por los Campos Elíseos, cortesanas carísimas como Odette de Crezy, noches parisinas en el Teatro de la Ópera, actuaciones de la Berma, dandis como el marqués de Charlus y, sobre todo, una taza de té con la magdalena del cuento? La literatura no puede ser prisionera ni del romanticismo ni del realismo ni del naturalismo ni de cualquier otro istmo que a usted se le antoje. La literatura tiene que hacerse cargo, con más o menos acierto, de todos y cada uno de los ambientes de este mundo, desde los más bajos, sucios y rastreros, como se dan en  mi obra, hasta la estética más aristocrática y de buen gusto, como en La Recherche de Marcel Proust, por otro lado la obra más sublime y el mejor escritor de todos los tiempos, si es que en algo vale mi opinión. Sin embargo, amigo mío, tanto si describimos  un ambiente como otro, en el fondo terminamos reflejando tragedias y pecados idénticos. La diferencia que hay entre seres humanos digamos que es puramente estética, ya que en sus corazones anida siempre la misma virtud e idéntica miseria.
--No obstante, en mi opinión, se pasó usted de la raya en esa novela que tituló “Un paseo por el lado salvaje”. ¿No le parece? Demasiada suciedad y sin un claro donde el lector pueda aliviarse, descansar y desprenderse de la porquería que le han volcado encima. Además, todo el mundo dice de esta novela que lo salvaje radica principalmente en su estructura narrativa, ya que los personajes surgen y desaparecen como por encanto o a su libre albedrío, como si usted se fuera inventando la historia según la escribe.
--Mi novela transcurre como si fuera la vida misma. Tenga en cuenta que los acontecimientos de nuestra existencia sólo están ordenados en el tiempo, pero los personajes que intervienen van y vienen, entran y salen, sin otra razón que sus propios intereses o los nuestros. La mayoría de los personajes con los que compartimos la vida no tienen la obligación de perpetuarse a nuestro lado y la mayoría suele evaporarse sin dejar su nueva dirección. De modo que si esta novela no cumple el requisito de tener una trama más o menos lógica, sí al menos se asemeja con más exactitud a lo que en realidad es el normal transcurrir de la vida. Sin contar, naturalmente, con la infinita variedad de imágenes que sugiere, desde las más románticas a las más escatológicas. Se podría decir que esa novela, "Un paseo por el lado salvaje", es una novela concebida puramente en imágenes, y así es como hay que leerla. Yo creo que Dmitrik perdió una gran oportunidad de hacer una magnífica película.  
--Es verdad, la novela fue llevada al cine por Edward Dmitrik con el título en español de “La gata negra”. ¿Entonces, no le gustó la adaptación cinematográfica?
--John Fante, que fue el guionista, me llamó para decirme que la historia, tal como yo la había escrito, era imposible llevarla a la pantalla. De modo que se limitó a utilizar ciertos personajes, inventarse otros nuevos y con ese material construir una trama más o menos lógica, aunque inexistente en la novela. De modo que si analizamos la película como una obra independiente, se la podría considerar como de un acabado aceptable. Pero no me gustó que confiriese a los bajos fondos de la vieja Nueva Orleans un barniz de buen tono, casi aristocrático, y sin un ápice de esa estética barriobajera, chillona y de mal gusto con que están teñidos los personajes y los ambientes que yo inventé. Fíjese que hasta el mismísimo Oliver, un chulo de metro y medio, feo y repugnante, aparece en la cinta vestido de smoking y con la facha de un galán de Hollywood. En mi opinión, la película  podría estar rodada tanto en el mismo balneario de Marienbad como en un club nocturno de Baden Baden. En cualquier lugar menos en Nueva Orleans. Creo que Dmitrik tiró a la basura un montón de imágenes magníficas que le novela le puso en bandeja. Una pena.
Nelson Algren se marchó sin querer responder a las preguntas que le formulé acerca de otra de sus novelas más famosas, “El hombre del brazo de oro”, ni tampoco quiso decir ni media sobre sus relaciones amorosas con Simone de Beauvoir, una mujer de mucha exigencia, según el decir de los que la trataron. No obstante, me prometió concederme otra entrevista en cualquier otro siglo, adelantándome que hablaremos de lo que me venga en gana, incluso de la voracidad de su famosa amante francesa. La verdad es que Algren despareció de mi vista como la mayoría de sus personajes novelescos, es decir, casi a la mitad de nuestra conversación, dejándome con la palabra en la los labios. Algo así como a la francesa.