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2 de marzo de 2018

A LA RECHERCHE

Viernes, 9 de febrero
Paso toda la mañana en la cama con un libro de Madame de Staël. Esta señora está realmente obsesionada con su padre, Jacques Necker, por tres veces ministro de finanzas de Luis XVI. Claro que su obsesión se extiende también, aunque en sentido contrario, nada menos que a Napoleón, quien dijo: “La culpa de la Revolución la tuvo Necker, aunque sin ella yo nunca habría sido emperador de Francia”. Madame de Staël emplea seiscientas páginas para defender a su padre. Pero lo importante es que detrás respira una mujer de una inteligencia finísima. Ya saben lo que Benjamin Constant destacó de esta señora en su diario: “Todos los volcanes son menos ardientes que ella”. Dicen que no era muy agraciada en lo físico, pero los hombres caían rendido a sus pies por su magnetismo personal. Al parecer tuvo una buena manada de amantes.
         Me levanto para comer. Después voy a tomar café al Hotel Palace. Me encuentro con mi amigo Julio, una de las personas más aburridas que conozco. Es el motivo por el que me cae bien. Hoy hemos hablado de “blues”. Coincidimos en que a Billie Holiday hay que escucharla en verano y durante la siesta. La intensidad del calor y el adormilamiento propio de la hora son las circunstancias más idóneas para saborear placenteramente las emociones que genera esa música. Le digo a Julio que mi canción preferida es “Lover man”. Me responde que él, en cambio, prefiere “Summertime”.
         A las seis y media me paso por la Fundación Maphre para ver la exposición de Derain, Balthus y Giacometti. Nunca me gustaron las obras de arte amontonadas tanto en museos como en exposiciones, pero es la única manera de contemplar a los grandes maestros. Para como de males, confieso con cierto pesar que, en la de esta tarde, he sentido una terrible decepción. Buscaba la pederastia pictórica de Balthus y me encuentro con los restos de un naufragio. ¿Acaso ha sido censurado? Recuérdese lo que han sido capaces de hacer, tanto los ingleses como los alemanes, con la obra del austríaco Egon Schiele, pintor áulico de vaginas y otros enseres enigmáticos. Entre otras lindezas le han llamado pornógrafo.  Pues bien, de la misma logia son Balthus y Gustave Courbert, que también son pintores vocacionalmente vaginales. Claro que a Balthus las vaginas que más le gustan tienen mucho que ver con el sector de las “Lolitas”, como a Humbert Humbert, el personaje de Nabocov. Pues bien, que nadie busque en esta exposición madrileña, en pleno arroyo Valnegral, cualquier atisbo de pecado mortal u otros incentivos al uso. A la salida, en la tienda, compro las “Memorias” de Balthus. Las compro con la esperanza de que me den más satisfacciones que los cuadros de la muestra.
         Después de cenar veo por televisión una película: “La edad de la inocencia”, una adaptación de la novela de Edith Wharton. Se trata uno de los pocos casos en que las imágenes me gustan más que las palabras. Scorsese realizó, desde luego, un trabajo perfecto. Creo que lo habría firmado el mismísimo Visconti.  Imperdonablemente, a las doce ya estoy en la cama. Como un buen chico.

Domingo, 11 de febrero.
A la una menos cuarto, misa en San Antonio de los Alemanes. Hace tiempo que descubrí la poesía que hay en las palabras rituales de una misa. “Llenos están los cielos y la tierra de Tú Gloria”. El problema surge en el momento de la homilía. Hace siglos que los curas no saben por dónde se andan. La homilía de hoy, la del cura sustituto, ha sido verdaderamente lamentable. Hemos echado de menos la ingenuidad angelical del padre Javier.
         Comemos en el restaurante “Nimú”, calle Barquillo, 40. Cada día me gusta más el vino de Toro. Mi nieto Mario, veinte años, nos dice que si no fuera por la muerte no se notaría el paso del tiempo.
         Tertulia en la terraza del Capuccino. Me acusan de hablar demasiado de mí mismo. Tienen razón. ¿Pero qué otro tema podría ser tan interesante? Al menos, para mí. Téngase en cuenta que la naturaleza, desde hace unos años, me prohíbe no sólo el placer sino el deseo. Sólo me faltaría que también me impidiera cantar las alabanzas de mi gloria. Mi hija, entonces, me echa en cara las palabras de La Rochefoucauld: “el hombre honesto es aquel que no se vanagloria de nada”. ¿Y quién ha dicho que uno sea honesto?
Al final, alguien me pregunta si, a estas alturas de la vida, me arrepiento de algo. Por Dios Santo, a estas alturas de la vida me arrepiento de casi todo. Entre otras cosas me habría gustado ser más artificial desde el principio. Habría preferido en realidad construirme una personalidad razonablemente fingida, enmascarada, trazando una raya limítrofe entre la realidad y mi conciencia. Me refiero, más que nada, a un muro pedregoso de cinismo. El cinismo es la vacuna quimérica que previene el sufrimiento debido a contactos innecesarios.
         No tengo ganas de cenar. Me quedo dormido con un documental que muestra los océanos arenosos de Marte. Recuerdo a un tipo que aseguró, en un programa de Televisión, que vivió en Marte en una vida anterior. Cuando le preguntaron por su profesión en dicho planeta, dijo que había sido chapista. Ahí perdió toda credibilidad.

Lunes, 20 de febrero.
Hoy he visto a varias mujeres con los pantalones rotos. ¿Me pregunto por qué las ricas quieren parecer pobres? Por la mañana, como a eso de las una y media, entro en el bar del Hotel Only You. Me cobran nueve euros por una copa de vino tinto. Seguramente, dos veces el precio de la botella. Como es natural, no hay clientes en cien metros a la redonda. En realidad sólo quería celebrar que había mandado una novela al premio Fernando Lara. Nada del otro mundo. Digamos que mi fiesta ha sido de un aburrimiento conmovedor.
En casa me espera una ensalada de tomate, arenques y aguacates. Me duermo durante el telediario, entre muerto y muerto. Lectura a las seis. Otro placer inigualable la acción  de pasar hojas y hojas sin que el autor se mueva del mismo punto. Sin que sirva de precedente, Proust me intriga con el misterio de las “madres profanadas”. Promete explicarlo más adelante. También dice del barón de Charlus que se comporta como una “lady like”. Creo que quiere decir que sus maneras se asemejan a las de una verdadera dama. Cada vez me gusta más ese estilo cadencioso de frases interminables. Digamos que Proust convierte la monotonía de sus circunloquios y digresiones en una maravilla literaria. Por la noche, después de cenar, elijo una película de vídeo: “El año pasado en Mariembad”. Es el colofón lento y poético de un día perfecto.


Domingo, 25 de febrero
Si mi vida es aburrida, lo más inteligente es convertir el aburrimiento en una obra de arte. Por ejemplo, no hay nada como empezar el día leyendo a Porfirio. Las cartas que le escribe a su mujer, Marcela, son verdaderamente plúmbeas, una ristra de consejos para catecúmenos a punto de jurar los votos de la vida monástica. Naturalmente, todas esas cartas parecen encaminadas a que a la pobre chica no se le ocurra echarse un amante sustituto. El caso es que me las he leído todas de un tirón, metido en la cama.
O sea que desayuno a las doce en punto. Ducha caliente y me visto para ir a misa. Iglesia de San Antonio de los Alemanes. Oficia don Javier Repullés. Un jesuita de tal inocencia que no parece jesuita.
Aperitivo y comida en Las Rozas. Nos invita mi amigo José Antonio García Marcos, doctor en psicología. Buena comida y mejor bebida. Nos presenta a su nueva novia, Isabel, mucho más joven que él. Hablamos largamente de un tema lleno de colorido: el suicidio. Resumiendo: personalmente me decanto por cortarme las venas, como Petróneo, que se desangró en la bañera, poco a poco, conversando con los amigos, incluso con tiempo para un par de copas de champán. Él prefiere, en cambio, el suicidio de George Sanders, llevado a cabo mediante una buena dosis de barbitúricos, en un hotel de Casteldefels. Por cierto, George Sanders es un actor que siempre me gustó por su dandismo. No es extraño, en consecuencia, que se quitara de en medio por propia voluntad. La muerte natural del dandi es, sin lugar a dudas, el suicidio. Sin embargo, en la nota que Sanders escribe para el juez, confiesa que se quita la vida por aburrimiento. Intolerable desde cualquier punto de vista. El aburrimiento es el caldo de cultivo de la existencia del dandi. La energía que lo mantiene en pie, además de ser la forma más elegante y digna de pasar la vida. No puede haber dandismo sin aburrimiento. La clave es, como digo, tratar de convertirlo en obra de arte. Si bien hay quien prefiere, en vez de aburrimiento, decir esplín, que viene del griego, splën, palabra que determina al bazo. La Academia también la traduce como melancolía o tedio. Los franceses, siempre tan suyos, escriben “spleen”. Sin ir más lejos, Baudelaire, el dandi por antonomasia, tiene una obra titulada “Spleen de París”, que es un conjunto de poemas en prosa sobre la vida parisina.
Los antiguos romanos señalaban a Saturno como al dios responsable de la melancolía. Después, en el Renacimiento, algunos filósofos, como Marsilio Ficino y Pico de la Mirandola, también hablaron del “Síndrome de Saturno“ como un estado melancólico del hombre, muy propio de poetas, artistas y filósofos. Es lo que hoy día se llama depresión. 

Lunes, 26 de febrero.
No he salido de casa en todo el día. He leído en la cama hasta la hora de comer. Por la tarde he visto una película magnífica: “La juventud”. Los cometarios de algunos amigos no fueron, recuerdo muy bien, demasiado favorables a esta cinta. Excesivamente lenta, decían. Pero el caso es que ahora me gustan las películas lentas, sobre todo cuando la fotografía es buena y los diálogos inteligentes. Antes prefería que mantuvieran un ritmo trepidante, pero creo que me ha llegado el momento de disfrutar de la quietud, la parsimonia, el sosiego y, también, por qué no, del silencio. Como escribí ayer en este diario, ahora trato de entrarle al aburrimiento por su lado hedonista, acomodarme en el esplín que me ofrece, subirme a horcajadas sobre su grupa. Una forma como otra cualquiera de parar el tiempo que no cesa. Si la sociedad nos ofrece un espectáculo de tres pitas a cada hora del día y de la noche, a cambio propongo el aburrimiento como una forma estética y digna de vivir.

Jueves, 1 de marzo
Leo toda la mañana. Salgo de casa a las dos menos cuarto. A las dos he quedado a comer con Marigel. Decidimos entrar en Public, calle del Desengaño. Después vamos al cine. La película es de Klint Eastwood. Se titula “15.17 Tren a París”. La verdad es que no hay por donde cogerla. Los últimos quince minutos son los únicos que logran mantenerme despierto. La hora y cuarto restante no es aburrida sino insulsa y banal. Una cosa es el aburrimiento y otra la banalidad. Sin duda es una película rodada para el olvido. Cuando salimos del cine llueve torrencialmente. Paramos un taxi y nos vamos a casa. Se impone una taza de café con leche y un cruasán con jamón de York y mermelada de naranja. A las nueve hay fútbol en la televisión. Leo tranquilamente hasta esa hora. Ceno un poco de jamón, queso, almendras, nueces y un yogur. A las doce ya estoy en la cama. Sigo con “La Recherche”.


        
        
   

8 de febrero de 2018

ANDRÉ GIDE, LORD CHESTERFIELD Y CHODERLOS DE LACLÓS


Jueves, 18 de enero 2018

Correcciones hasta la una del medio día. Cuatro horas de trabajo. Un par de llamadas telefónicas. A la una y media, copa de vino tinto en el bar Cabreira, justo al lado de la plaza del Dos de Mayo. Hace sol y pongo los huesos a calentar. Marigel me saca del letargo invernal. Almuerzo en el restaurante Moncalvillo, calle de San Lucas. El menú es de 16.50 euros. De lo mejorcito que hay en la zona. Paseo digestivo de una hora. Café en la terraza del Capuccino, frente a la Puerta de Alcalá.
De vuelta a casa, paramos en el Instituto Cervantes, calle Barquillo. Exposición sobre la vida y obra de Enrique Jardiel Poncela. La muestra deja mucho que desear. Una vez en casa, estiramiento de los gemelos para aliviar la fascitis plantar. En la televisión, película de Roman Polanski: “Luna de hiel”. Magnífica, esplendorosa, plenipotenciaria. Me refiero, claro, a Enmanuelle Seigner. Una mujer que rezuma erotismo a través de las costuras de sus vestidos entallados. Un culo soberbio. Me provoca violentamente. Para colmo de males, está  muy bien dirigida por su marido en las escenas de sexo. Me pregunto cuál de los dos disfrutaría más. Supongo que Peter Coyote, que es el actor que la magrea y la lame a conciencia. No he leído la novela de Pascal Bruckner, aunque sí otros libros suyos. No suelen gustarme las novelas de los filósofos. La película, sin embargo, resulta excitante.
Después de la derrota del Madrid ante el Leganés, me meto en la cama a leer el diario de André Gide. Creo entender que Boris Pasternak le dejó el corazón tocado del ala. Entre líneas se sobreentiende que entre ellos hubo algo más que mutua admiración. Gide se refiere al encuentro que tuvo lugar durante la visita que realizó a Rusia, invitado por el gobierno soviético, en 1936.
Gide también nombra a otro escritor ruso al que no he leído: Isaac Babel, encarcelado, torturado y asesinado en una de las purgas del padrecito Stalin. Me gustaría empezar por su diario, pero no está traducido al español. Sí lo está, en cambio, la novela titulada “Caballería roja” (140 euros en Amazon).
Gide también menciona a Mijail Koltsov, periodista de Pravda, y uno de los artífices en España, según dice Koestler en su autobiografía, del Frente Popular. Casualmente, Koltsov fue también protagonista destacado del terror rojo en el Madrid republicano. Posteriormente, en agradecimiento a su ardor revolucionario, Koltsov fue detenido, torturado y asesinado por Stalin.
Lo curioso es que a la vuelta de su viaje ideológico a la Unión Soviética, Gide escribe un libro, “Regreso de la URSS”, por el que es reprobado públicamente. El encargado del vapuleo fue su amigo José Bergamín, en un congreso de escritores antifascistas que se celebró en Valencia en 1937. Se autocalificaron de antifascistas porque les dio vergüenza de llamarse comunistas. 


Martes, 30 de enero.

Me traen un paquete a la hora de comer . Se trata del “Diario íntimo” de Benjamin Constant. Toda la mañana la paso corrigiendo un capítulo de mi última novela. Estoy de ella hasta por encima del pelo, como decía mi abuela. Después de comer salgo a dar una vuelta por Madrid. Llego hasta los confines del Paseo del Prado. Después subo por Montalbán y me siento en la terraza del Capuccino. Me encuentro con mi amigo José Antonio y hablamos de un artículo que ha escrito sobre la Guerra Civil. No llegamos a un acuerdo.
De vuelta en casa veo la película “Terciopelo azul”. Me dejo llevar por las imágenes, siempre impactantes, de David Linch. No recuerdo haber visto tan hermosa a Isabella Rosellini. Ni tan deseable a Laura Dern.
         Por la noche me llevan a ver la actuación de dos cómicos andaluces en el Nuevo Apolo. Hay una cola que inunda la plaza de Tirso de Molina. Quiero decir que el teatro está de gente hasta los adornos barrocos del techo. En cuanto al espectáculo, no creo que haya en el mundo algo de tan mal gusto. Jamás había visto tanta chabacanería fluyendo entre el escenario y el patio de butacas.
         A la salida del teatro ceno en una “trattoría” del centro. Espaguetis a la napolitana. A las doce ya estoy en la cama con el “Diario” de Gide. Me hace sonreír, sin que sirva de precedente, porque en una de las entradas alude maliciosamente a Clara Goldschmidt, la mujer de Malraux. Después leo una carta de lord Chesterfield al hijo ilegítimo que mantiene en París. Le encarga que compre, en una subasta pública organizada por el señor Araignon-Aperen, ayuda de cámara de la reina, un par de cuadros de Tiziano. Como en casi todas sus cartas, lord Chesterfield trata de convertir a su hijo en un hombre de mundo, una faceta olvidada en la educación de los jóvenes de hoy. El libro se titula “Cartas a su hijo”, El Acantilado, y vienen como unas doscientas cuarenta misivas. Casi todas ellas, como digo, de carácter didáctico.
         Sobre la una de la madrugada suena el teléfono. Me llevo un susto de muerte. Es Dora Malengo desde Aspen Mountain, una estación de esquí situada en el condado de Pitkin, Colorado. Sólo me llama para decirme que ha encontrado mi última novela, “Baja conmigo al infierno”, en una librería de Aspen. Una circunstancia que me lleva a creer que los milagros existen.

Viernes, 2 de febrero.

Me levanto a las nueve, leo el periódico y escribo hasta las dos. Me aburre lo de Cataluña y apago la televisión. Después de comer damos un paseo. Hace un frío propio de zonas polares. Marigel se cae en la calle. Justo en la plaza de Oriente. Es la tercera caída en menos de un mes. Se trata de una torcedura bastante seria. Hemos tenido que coger un taxi para volver a casa. Encima nos toca un pelmazo de taxista.
El pie de Marigel se inflama a cada momento. Nada más llegar le he puesto hielo y después, antes de vendarlo, una pomada antiinflamatoria Ya veremos como evoluciona.
Paso toda la tarde leyendo las “Memorias de Talleyrand”, uno de los grandes políticos de la historia. Un personaje con mala fama en ciertos círculos intelectuales. Tengo pensado escribir algo al respecto. Ya veremos.
Después de cenar veo en la televisión una película policíaca. Ella es Nicole Kidman. Su presencia siempre consigue hacer memorable cualquier engendro.
En la cama leo el diario de Benjamin Constant. Se trasluce un tipo amargado y terriblemente presuntuoso. Me habría caído bien de haberlo conocido. Es probable que sea casi tan misántropo como yo. El diario de Gide me parece algo más vital. Sobre todo más sencillo en lo que se refiere al estilo. La lectura de un buen diario es lo único que ahora soporto antes de dormir. Tampoco me importa que sean cartas. Sobre todo si transmiten aburrimiento y cansancio. Quiero en realidad que me confirmen que el autor lleva una vida tan aburrida como la mía. Mañana probaré con el diario de Jules D´Aurevilly, del que ya he leído bastante. Tampoco deja traslucir una vida repleta de aventuras. En cambio, recuerdo que Boswell, en su diario, sin llegar a considerarse como un hombre de acción, deja que pensemos que llevó una vida algo más inquieta. Incluso se atreve a presumir de lo grande que la tiene.



Sábado, 3 de febrero

Un repartidor me trae a primera hora una novela: “Las amistades peligrosas”. Siempre me impresionó el nombre de Choderlos de Laclós. La novela es de segunda mano y cuesta poco dinero. La necesito para saber acerca de los títulos y tratamientos en la Francia del siglo XVIII. Conozco la historia por la película que dirigió Stephen Frears en 1988. Una historia que empezó siendo prometedora, por lo libertina, claro, incluso brillante, pero terminó abismándose en una moralidad gravemente provinciana. ¿Qué tendrá la moral que le gusta tanto a la gente?
         El pie de Marigel mejora ostensiblemente. Le hago una cura mañanera, después le preparo el desayuno y, una vez libre de servicios domésticos, logro por fin meterme en la ducha.
Trabajo hasta la hora de comer.
Doy mi paseo vespertino y entro en el bar “Quintín”, calle Jorge Juan, donde me clavan cerca de cuatrocientas pesetas por un café. Llego hasta la calle Fernán González, entro en la librería “El desván del libro”. Es una librería de viejo y nunca se sabe qué tesoro escondido puede uno encontrar. Por dos euros me hago con “Los Buddenbrooks”, en una edición de la colección Reno de Bruguera.  
         Una vez en casa, duermo la siesta acunado por el fragor bélico de una mala película protagonizada por Randolph Scott, el gran amor de Cary Grant. Con razón se preguntaba Jessie Royce Landis, en “Atrapa a un ladrón”: ¿cuál sería el defecto de un hombre tan completo como Cary Grant? La muy zorra seguro que ya lo sabía.
         Estoy tan cansado que me acuesto cerca de las once. Antes de dormir leo algunas cartas de “Las amistades peligrosas”. Las que más me gustan son las de la marquesa de Merteuil, de una maldad exquisita. Creo que me dormí con una sonrisa en los labios.

Miércoles, 6 de febrero.

De mal humor todo el santo día. No hay cosa más molesta que dedicarse a los asuntos del dinero, sobre todo si a mi alrededor respiran personas poco razonables. De vez en cuando, ejercitar la razón, por muy tedioso que resulte, se hace tan imprescindible como necesario.
         Me ataca la ansiedad en plana calle de Alcalá, según llego a Cibeles. Es tal la costumbre que me sobrepongo, pero no sin un gran esfuerzo. Me duelen los dos brazos. También siento una enorme presión sobre los hombros. Apenas puedo respirar.
Llego sudando a la oficina de Correos. Me atiende una señora demasiado simpática. No está uno para un intercambio verbal de idioteces. Franqueo la carta y salgo de allí a toda velocidad.
         En la calle espanto a un par de mendigos negros que me asaltan. Si algo no soporto en esta vida es que me cuenten historias de un sentimentalismo intolerable. Ni a Dickens se lo permito. Tan sólo su Mr. Picwick y sus papeles póstumos merecen mi respeto.
         Son casi las dos de la tarde. Hora del aperitivo. De modo que realizo una parada en un bar de la Gran Vía. Una copa de vino tinto y una tapa de guacamole. Pero al guacamole lo han sazonado con tanta pimienta que me arde desde la garganta a los mocasines. Aquella lava volcánica me cuesta, para colmo de males, más de cinco euros. Me dura tanto el incendio que vuelvo a parar en otro bar. Uno de la calle Fuencarral. Se llama Orio y me clavaron más de tres euros por una copa de vino tinto. Un tinto joven. Digo yo que la botella no llegaría en la tienda a los dos euros. Mi enfado con el mundo llega a cotas insospechadas.
         Después de la siesta, voy al cine con Marigel. Vemos “La librería”. Lo mejor de la película es que resulta aburridísima. Sin embargo, parece tan pretenciosa que me hace sonreír. Quiere tratar de libros y sólo consigue una versión actualizada del cuento de “Blancanieves y los siete enanitos”. Por lo menos esta vez la historia termina con la victoria de la bruja. Una pena que el único personaje interesante esté tan mal aprovechado. Me refiero al que interpreta Bill Nighy, que se salva de la mediocridad por un comentario jocoso sobre las hermanas Bronté. Lo demás es de una vulgaridad imperdonable.
         Después de cenar veo en televisión un documental acerca de la vida y la obra de Slim Aarons, un fotógrafo de gente guapa, rica y famosa. Creo que combatió en la segunda guerra mundial y en la de Corea. Slim era uno de esos americanos altos, bronceados y exitosos, que tanto gustan a las mujeres.
         Me meto en la cama con la marquesa de Merteuil. Qué rancios y vulgares quedan algunos guionistas y directores de cine respecto a las novela que adaptan. Cuántos matices se pierden en la pantalla. 



          



 

        
        

         

18 de abril de 2017

CHESTER HIMES


Martes, 18 de abril del 2017

Anoche entablé amistad con una señora inglesa que se vino conmigo a casa. Qué menos que prepararle el desayuno esta mañana: zumo de limón, café con leche, tostadas, mantequilla y mermelada de naranja amarga sin azúcar. Se lo sirvo en la terraza. No hace nada de frío ni de viento ni hay señales de lluvia y el mar está en calma, como una alfombra de color blanco. Después del banquete nos tomamos sendos sobres de colágeno y unas pastillas enormes de magnesio. Dicen que el colágeno es bueno para la piel y el magnesio evita los calambres musculares. Ambas cosas, incluida la teoría, las pone ella, mi amiga. Casi me atraganto con la pastilla de magnesio. En cambio el colágeno se licúa con facilidad en el agua y sabe a fresas silvestres y me gusta.
Quito la mesa y coloco la loza sucia dentro del lavaplatos. Ella, mientras tanto, se fuma un pitillo. Desde la cocina percibo el aroma picante del tabaco rubio. Después le digo que en una hora tengo concertada una entrevista con un escritor. Responde que, si no me importa, me espera tranquilamente en casa, leyendo cualquier libro que yo le preste. A no ser, continua diciéndome, que mis planes sean otros y desee que desaparezca de mi vida.
Al principio como que estoy por la desaparición, pero luego recuerdo lo bien que lo he pasado con ella y le ruego que se quede. Después pienso un libro para dejarle. Enseguida me viene el nombre de la inglesa a la cabeza: Clarissa, y con arreglo a este nombre se me ocurre que el mejor libro para ella, desde mi punto de vista, puede ser “Diario de una dama de provincias”. Es un libro que me ha regalado una amiga que se llama Lina, una fanática de la literatura femenina, sobre todo de Virginia Woolf, aunque este “Diario” no es de la Woolf sino de E. M. Delafield, seudónimo de una tal señora Dashwood. Algo me dice que este libro convertirá su espera en algo más leve. Es lo que le digo al entregárselo. Ella se limita a sonreír y a darme un beso en la mejilla.
         Pues bien, el escritor con quien estoy citado se llama Chester Himes. Tolo el mundo lo conoce. Bueno, no todo el mundo, tan sólo los buenos lectores y la gente de Moraira, provincia de Alicante, que es el pueblo donde vivió los últimos quince años de su vida. Hemos quedado aquí en Marbella, en la cafetería del Hotel Vinci. Pido un café con leche mientras espero. Me siento detrás de un ventanal desde donde se ve el mar. Uno nunca se cansa de contemplarlo. Además, la imagen del mar cambia al variar la atalaya.
El escritor llega quince minutos tarde. Es un hombre de frente amplia y de pómulos muy marcados. Tiene los ojos hundidos, pero terriblemente brillantes. No es muy alto. Viste un traje de lino de un gris claro y la camisa es blanca de rayitas rojas, casi imperceptibles, verticales. Se disculpa y justifica la demora a cuenta del tráfico. Me dice que prefiere sentarse al aire libre. Llamo al camarero y le informo de nuestro traslado a una mesa del jardín.
El señor Himes pide una taza de té con leche. Me dice que cuando estaba vivo sus preferencias iban más por la cosa alcohólica, pero que de muerto se ha aficionado al té y lo toma a todas horas, incluso por la tarde, como los ingleses. Confiesa que es una afición que le ha contagiado Graham Greene, que vive en su misma urbanización. Graham, me dice, no ha probado ni gota de licor desde que murió, y sólo se ha ido de putas un par de veces, dos excusiones nocturnas que le han costado muchos puntos, puntos que tendrá que recuperar espiando para la causa.
Después de tanto esoterismo le pregunto que si con el té no le apetecen de esas pastas redondas con una guinda roja en el centro. Acepta encantado. Otra cosa que para mí se ha convertido en un vicio, las pastas, me dice, y por eso ahora cortejo a la señora Dalloway, que tiene unas manos primorosas, no sólo para las flores, sino para toda clase de dulces. Le digo que, según mis informes, sus aficiones, cuando estaba vivo, eran muy distintas. Y tanto que eran distintas, me contesta: cuando estaba vivo lo que prefería era el champán y el caviar. ¿El champán y el caviar? Naturalmente, el champán y el caviar eran mis vicios más queridos. Los tomaba por mañana, por la tarde y al llegar la noche. Y, después, como final de fiesta, me gustaba fumarme un “habano”. Los tres únicos vicios que saqué de la cárcel. ¿Se acostumbró al caviar en la cárcel? Así fue, amigo mío, y sabe gracias a quién. Pues nada menos que a Al Capone, que estuvo conmigo un tiempo, no recuerdo cuanto, en la cárcel de Atlanta, antes de que lo trasladaran a la de Alcatraz, donde se volvió loco por culpa de la sífilis. Además de un buen putañero, lo mismo que Graham, Capone era un auténtico sibarita y nadie supo jamás qué funcionario le proveía de todos los lujos. El caso es que yo le hice varios favores dentro del talego y, a cambio, ese santo me recompensó con estas pequeñas bicocas que le digo.
Cuando en 1937 me concedieron la libertad, me di cuenta de lo bien pagado que estuve. Menos mal que al poco tiempo, gracias a mi primera novela, “Por el pasado llorarás”, me hice famoso y empecé a ganar el dinero suficiente para seguir con mis vicios preferidos. No obstante, una vez muerto, y a pesar de que donde estoy tengo a mi disposición todo el caviar y el champán que se me antoje, ahora mis vicios han dado un giro a lo Copérnico. Quiero decir que al caviar y al champán los he sustituido por el té y las pastas de la señora Dalloway. Incluso he dejado de fumar. ¿Qué le parece? Me he convertido en un aristócrata inglés de lo más estirado y aburrido, aunque en la versión negra de Jefferson, Missouri. Entonces va y suelta una carcajada que hace temblar los mimbres de todas las butacas del jardín. Nunca he visto unos dientes más blancos y grandes que los suyos. A decir verdad no debería reír así, me dice, los negros hemos de reprimir nuestra risa para que los blancos no nos tomen por bufones.
Nunca le tomaría por un bufón, señor Himes, sino por un gran escritor. En mi opinión, uno de los mejores escritores americanos del siglo XX. Yo diría que ha llegado usted a la altura de Faulkner. Menos mal que no ha dicho a la altura de Hemingway, como me solían decir entonces, ya que a la altura de Hemingway llega cualquiera que sepa juntar dos palabras. En realidad no quiero que me coloquen a la altura de nadie, pero si lo hacen me halaga estar al menos al lado de alguien que sea de mi gusto. Y Faulkner, desde luego, no deja de ser una buena compañía.
Después hablamos del resto de su obra y también de su estancia en Moraira, el pueblo de la provincia de Alicante del que se enamoró la primera vez que lo vio, eligiéndolo para pasar sus últimos años de vida. También me dice que huyó de América para no tener que soportar la humillación y la vergüenza del racismo sureño. Estaba tan indignado que salir de aquel país, mi propio país, fue una liberación para mí, como si me hubiera despojado de un montó de grilletes.
Chester Himes me parece un hombre feliz. Pienso en ello cuando, desde su descapotable amarillo, vuelve a sonreír con todos sus dientes y me dice adiós con la mano. Un estilo de coche ese descapotable que le va como anillo al dedo. No sabría decir por qué.
Cuando llego a casa, Clarissa me dice que se ha tomado la libertad de organizar una fiesta. Resulta que ha utilizado mi listín telefónico, además de su propia agenda, para llamar a todos mis amigos y a buena parte de los suyos. Al parecer les ha convocado para las diez  de la noche. Me dice que ella misma se va a encargar de las flore y de las pastas. Entonces, extremadamente mosqueado, fue cuando se me ocurrió formularle la pregunta del millón de dólares. Perdona, Clarissa, ¿tú sabes cómo demonios se hacen las pastas inglesas? ¿Te refieres a esas que son redondas y llevan una guinda en el centro? A esas, precisamente, me refiero. Pues resulta que esas pastas son mi especialidad culinaria. Un escritor americano, muy amigo mío, está empeñado en casarse conmigo sólo por cómo me salen. ¿Conoces a Chester Himes? Cuando quieras te lo presento.